Columna LÍDER

En escudo ajeno

Por Orlando Buitrago Cruz. En la larga lista de mujeres que me han mentido en el transcurso de mi biografía, por orden cronológico, la camiseta de líder le corresponde a la profesora Teresa, mi maestra de temas varios, entre ellos la educación cívica.

Conocí su bello rostro una mañana de febrero, y de un vistazo me enamoré con una intensidad solo comparable con la del amor de un político por el presupuesto nacional

El amor por mi maestra Teresita ha sido eterno, así haya terminado aquel día del acto de clausura y entrega de notas definitivas de segundo de primaria, curso que me hubiese gustado repetir.

Así pues que, en un pupitre plagado de rayones más o menos infantiles, con agujeros hechos algunos por humanos y otros por gorgojos, una mañana de febrero despertaron mi capacidad de amar y el pervertido que llevo dentro.

Gracias a la profesora Teresa descubrí que mientras a Pinocho le crecía la nariz por decir mentiras, a mí me crecían otras cosas por tener ciertos pensamientos. En ese momento de mi vida prometí que jamás diría mentiras pues era obvio que mis intereses eran distintos a los de Pinocho (y me cuidé de no hacer promesas con respecto a los ciertos pensamientos).

La fecha de ingrata recordación durante mi relación con Teresa (de la cual ella jamás se enteró), fue el día en el cual mintió:

Ese día Teresa colgó frente al tablero un pendón con un título que decía “Escudo de la República de Colombia”, luego tomó una silla se sentó frente a nosotros, con movimientos delicados para que su falda ajustada no se fuera a rasgar. Cuando pensó que estaba cómoda, dio una orden con aire severo pero con timbre de mermelada: niños saquen el cuaderno de dibujo, el lápiz, los colores y pintan este escudo.

Todos fijaron la mirada en el escudo menos yo, pues fui el único que se percató de lo mal sentada que había quedado la profesora. Quedé como en trance hipnótico (creo que no es necesario dar más explicaciones).

Un regaño de Teresa me sacó del letargo: ¡el joven Buitrago es que nunca ha visto un escudo, cierre la jeta!

– No sabía que eso era un escudo profesora- respondí, mientras con un cuaderno trataba de cubrir las consecuencias de la mirada indebida.

– Pues ahí dice Escudo de la República de Colombia o ¿es qué tampoco sabe leer?

Solo en ese momento me percaté de que la profesora estaba hablando del pendón. Bastante turbado esgrimí una excusa tan inocente como mi edad de entonces: disculpe profesora es que estoy como atolondrado, anoche me trasnoché viendo el pájaro loco.

Su mirada castigadora no hizo juego con el suave de su voz al decir:

– Joven me pinta bien ese escudo y le voy a bajar cinco décimas en la nota.

Guardé silencio y pensé: valió la pena la inversión, cinco décimas por lo que vi no es costoso, es más, estaría dispuesto a gastarme otras cinco.

Teresa se incorporó a dar explicaciones con respecto al escudo. El cóndor se veía imponente, nadie lo podía negar, pero nada que ver con los muslos de la profesora, que eran como para izar bandera.

Muy ceremoniosa la profesora Teresa describió y enalteció cada uno de los componentes del escudo, cosa que me hizo sentir timado e intelectualmente estafado. Y a ese respecto, hoy quisiera controvertir y diría que más exactamente, desmentir a Teresita, que espero siga con vida, disfrutando lo que en este momento deben ser sus 87 años.

  1. En la parte superior hay un cóndor con las alas abiertas que sostiene en su pico una cinta con la leyenda “Libertad y orden”.

Habría que decir que el cóndor está en vía de extensión y en su lugar debería estar un mico de los que los congresistas suelen ponerle a las leyes. Lo de libertad y orden se podría dejar, pues corrupción y polarización (el nuevo orden establecido), son tan grandes que no creo que quepan en la cinta.

  1. La primera franja del escudo es de color azul con una granada, tallos y hojas de oro; a cada lado hay una cornucopia de la cual salen monedas de la parte derecha y frutos de la zona tórrida del izquierdo (las monedas significan la riqueza de la República y la fertilidad de las tierras).

Respecto a este punto no se si escribir SNIFF!! SNIFF!!JE JE Sería más coherente colocar la portada del expediente del Carrusel de la contratación, o de cualquiera de esos otros que han desangrado al país, y traído ruina a muchos compatriotas.

  1. En la segunda faja, hay un gorro frigio clavado en una lanza, que significa la libertad del país, y un metal precioso, en este caso el platino.

La libertad está tan devaluada que solo sirve para colocársela como nombre a empresas de buses, estadios de fútbol, barrios pobres, compraventas y similares. Creo que como están las cosas, en lugar del gorro frigio debería colocarse una cachucha con la imagen corporativa de alguna de las empresas de Carlos Slim, por ejemplo.

  1. En la última faja, está el istmo de Panamá y los dos mares ondeados en plata, acompañados de un navío a vela, simbolizando la importancia del istmo que hacía parte de la República.

Esta franja me hace (censurado) de la risa. Nuestros nexos con Panamá se limitan a guardar plata en sus bancos y a recibirles uno que otro futbolista a veces borrachín.

El escudo de Colombia fue diseñado por Santander en el año de 1834. Desde ese año no ha sufrido modificaciones. Como se nota que Santander poco y nada sabía de diseño gráfico y que nosotros no nos hemos percatado del transcurrir de nuestra historia. Como diría mi abuela (Q. E. P; D) no hemos cambiado el escudo por JATUTA pereza.

El escudo para nada nos identifica. Le pasa lo mismo que a la camiseta de la selección Colombia, que ya no se sabe cuál es, pues cada año la cambian para beneficio de una industria, y al aficionado le generan la necesidad de comprarla bombardeándolo con un patrioterismo tan barato y tan mentiroso como el de mi querida Teresa, sobre todo cuando se ponía la palma de la mano sobre su desequilibrante y bellísimo corazón izquierdo, para hablarnos del símbolo patrio. Miro el escudo de Colombia y me siento en escudo ajeno.

El pervertido que llevo dentro es ficción, la profesora Teresa también es ficción, pero por lo que me imaginé, me hubiese encantado conocerla. No se deja de reír cuando se envejece, se envejece cuando se deja de reír. Un abrazo.

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