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La malicia indígena venció 3 x 0 la filosofía griega.

Por Rafael Villegas.

Pasaron 16 años para que regresáramos a un mundial, fue una larga condena sin poder disfrutar de nuestro mejor plato.  Fue muy larga la abstinencia de este menú de emociones que encierra ver un partido de la Selección en la cita orbital   No era solo clasificar si no ratificar en el partido inicial que hemos regresado, no de cualquier manera ni simplemente para ser parte del cuadro de 32 selecciones, le hemos gritado al mundo como gritó Armero su gol, que estamos en el Mundial para ser protagonistas con nuestro fútbol de una manera brillante en el mejor escenario que podríamos tener la tierra del “jogo bonito”.

 

Teníamos que ganar el primer partido por todo lo que representa, sacudirnos de esa maldición que representó para nosotros los dos inicios de los últimos mundiales donde perdimos siempre con el mismo rival, Rumania, de una manera lamentable y triste.

El fútbol colombiano nos debía esta alegría después de semejantes frustraciones. La Selección inolvidable de los 90 se nos quedó en la expectativa de mucho más. Hoy esos nombres han sido reemplazados por otros que retoman la bandera del buen jugar.

El encuentro frente a Grecia nos llegaba con las dudas que siempre nos acompañan por esa falta de confianza de sentirnos ganadores. Nos hemos acostumbrados a ser perdedores a pesar de tener los valores que nos acompañan. Que si  Yepes  está bien, que si está viejo, que sin Falcao no tenemos gol, que Armero no juega en Inglaterra, etc., etc. El “tensionadito bacano” del cual habló algún día  René Higuita, se sentía en la boca del estómago desde la primera hora al despertar. Sin embargo, la fe que nunca nos abandona, del que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, nos llevó a vestirnos de amarillo para esperar lo que tendría que ser.

Colombia saltó al terreno de juego con la ilusión de todo un país en estos once muchachos de la formación titular. Al frente Grecia, aquel equipo rocoso que alguna vez se coronó campeón en una Eurocopa a punta de defenderse. La ilusión pasaba por marcarles un gol rápido y saber que si eso acontecía ganaríamos el juego porque los helenos no se ha caracterizado por su poder ofensivo.

 Pasaron solo cinco minutos para que Armero confundiera la cancha del “Minerao” con cualquier cancha en una playa deshabitada de su Tumaco del alma para marcar el gol más importante de su vida, un gol en el Mundial. Todo  nos unimos al morocho que corrió con toda su alegría reflejada en su cuerpo de pantera a buscar el abrazo de un país que gritaba enloquecido por una diana  que marcaba el jugador más simpático de la Selección.  Aquel que nos ha enseñado que en Colombia el fútbol se baila. En ese momento nadie se acordó que Armero venía sin fútbol en una liga donde su cuadro el West Ham no lo ha tenido en cuenta, pero qué importa ya “Miñia” les hizo ver que son ellos los que se pierden su fútbol.

El instinto de conservación tan común en los colombianos, apareció en el campo y los griegos se nos quisieron venir encima.  La agilidad felina de David Ospina les ahogó su mala intención de empatar y así se cerró la primera etapa.

 

El segundo tiempo fue de ensueño, manejamos la pelota, nos paramos mejor en defensa liderados por el “viejo” Yepes. En el minuto 12 un cobro de esquina terminó en el segundo gol marcado por Teófilo Gutiérrez quien con el sigilo y la malicia que aprendió en las calles peligrosas de “la chinita”, su barrio en Barranquilla, se les metió  hasta el arco para marcar el gol que siempre soñó desde niño, un gol en un Mundial.

Los desconcertados filósofos griegos no entendían qué estaba pasando, sus principios lógicos se derrumbaban ante la malicia indígena de un grupo de muchachos que se sentían locales en un estadio que se había transformado en un holograma del estadio “Metropolitano “de Barranquilla. Las tribunas vestidas de amarillo y el ruido ensordecedor de un pueblo bullanguero cuya principal cualidad es la alegría.

El partido ya estaba ganado… pero faltaba el postre. El niño maravilla de Colombia es James Rodríguez, y él no se podría ir sin marcar su gol. Arrancó Colombia por la derecha con Zúñiga y Cuadrado, el de Necoclí desliza la suela de su zapato para un pase y el “chico maravilla” marcó el tercero para desatar una locura colectiva en todos los colombianos que nos veíamos recompensados después de tanta espera, 16 años que llegaban a su fin como una condena futbolística, como cuando te abren la puerta del penal y ves las luz del sol golpeándote la cara y la brisa refrescándote el espíritu.

 

rafael.villegas@colombiasports.net

 

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