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(Opinión) Columna Impublicable: El rugido del “Tigre”

Por: Wilfrido Franco García. Alberto de Jesús Benítez en la memoria. Un grande. Un “Tigre” de verdad. La huella certera de una fiera que dejó gratos momentos para que quienes gustamos del fútbol bueno y no del cicatero de ahora, arropado en la táctica difusa y obtusa. ¿Cuántos momentos de inconmensurable hermosura le regaló el “Tigre” Benítez a los hinchas del Deportivo Cali y a los seguidores del fútbol suramericano? Muchos.

No habrá tiempos, ni espacios, para guardar en la memoria tanta gracia, tanta belleza, tanta hermosura, tanto fútbol. Ha muerto uno de los ídolos de mi infancia y uno de los mejores futbolistas extranjeros que vinieron a Colombia. Llegó del Banfield argentino. Las cifras son contundentes: fueron 136 goles en 293 partidos con el equipo azucarero. Segundo goleador histórico del Cali detrás de Jorge “Gallegol” Ramírez. Catorce goles en Copa Libertadores en 33 cotejos disputados.

De los delanteros que más veces vistió la casaca verdiblanca cuando era un orgullo y los jugadores la hacían respetar. Además, en Manizales el 23 de marzo de 1977, ante el Once Caldas, anotó el gol más rápido de la historia del club vallecaucano a los diez segundos. Conformó la delantera del recuerdo; un poema de Federico García Lorca o de Eduardo Carranza. “Torres, Scotta, Benítez” un verso famoso, una jauría del gol. Y con el gran Willington Ortiz en una noche bonaerense del 21 de abril de 1981, instituyó el ataque que dispuso Eduardo Luján Manera en “El Monumental”, para derrotar al mismísimo River Plate con la base campeona del mundial 78. El “Tigre” y Willington volvieron girones a Tarantini, Fillol, Luque, Passarella, Kempes y Alonso. En 1987, en un equipo de olvidos llamado Ferrocarril de General Pico, se fue del fútbol activo. Dicen que sufrió alzhéimer. Murió de tristeza y olvido. Cuentan.

Cuando el Deportivo Cali era grande y respetado en el concierto internacional, Torres, Scotta (ya fallecido también) y Benítez entonaban himnos perfectos. Cuando los grandes equipos de Suramérica disputaban palmo a palmo la Copa Libertadores de 1978, el Cali de Bilardo iba a todas las plazas y aplastaba. En Montevideo al gran Peñarol (2-0) de Maneiro, Venancio Ramos, Fernando Morena y Rubén Paz; en Lima al añorado Alianza Lima de Cueto, Larosa, Sotil y Cubilla (4-1) y en Asunción al Cerro Porteño (4-0) de Morel, González Aquino, Bataglia, Américo Jiménez, Insfrán, Florentín y la “Aplanadora” González (recordado en el Deportivo Pereira).

En los tres partidos de inolvidable colección, el “Tigre” Benítez anotó a todos los rivales y en cuatro ocasiones. Eran otros tiempos, eran tiempos de deidades y perfecciones. No de mediocres como los que ahora intentan ensuciar la historia azucarera. Tanta trivialidad junta en un club sin directivos de peso, con un técnico quemándose en la silla eléctrica y con futbolistas que desdicen de la gloria eterna que Benítez dejó como herencia. Desbordar el costado izquierdo, sacar el centro en una baldosita, rematar con la zurda prodigiosa o darle con un martillo cuando sin duda, fue el mejor cabeceador que ha visto el fútbol colombiano. Artilugios de un mago. Nadie como él en el ataque aéreo. Era un misil. Fuerte, rotundo y mortífero.

Viene a mi memoria la tarde de un domingo. Domingo 3.30, hora exacta. Todos sabían cuando era el fútbol colombiano y quienes jugaban. No como ahora que ni los técnicos saben contra quién y cuándo jugarán. Se recitaban las alineaciones. Catorce equipos, todos tradicionales, todos con hinchadas. No mediocridades de barrios, empresas o particulares.

Yo un chico con sueños y calamidades; año 1977, el viejo ‘San José’ del barrio Quindío en Armenia. Llegaba “El Tigre” Benítez y en la pequeña capital, retumbaba el eco de su visita. El pequeño escenario bullía en los tres extremos, pues sur era un vendaval de plataneras y cafetos. No había espacio para un tinto. Repleto. El ídolo con la casaca verdiblanca desteñida, creo que ‘Baboo’ fue una marca de jeans que inscribió el Cali en su camiseta como pioneros de la publicidad en las camisetas.

Duelo de pasiones y estragos. El Quindío del paragua – argentino Julio Gómez, Alcides Saavedra, Paciencia Escobar, Alfonso Tovar y Jorge “El Hacha” Bermúdez. Partidazo. No de los tediosos de ahora que se olvidan rápido. Esos eran duelos. Juegos grandes y ambiciosos. Música, potencial, danza y goles. Un 2-2 apretado escribía la tarde llena de goteras corpulentas y vendavales. ¿Sería abril tal vez? ¿Sería? …Benítez no había marcado. Los goles eran del “Obelisco” Landucci y el recordado “Tola” Scotta que ya viejo y cansado fue a quemar sus últimos cartuchos en el mismo Quindío.

Bermúdez, el “Hacha”, el papá de Jorge Hernán, apretaba hasta el viento. Era una ballesta en la defensa. Le pegaba hasta el viento. A todos los ‘cascaba’. Perverso y peligroso. Intimidante. “El Tigre” no tenía miedo, tenía ganas. Benítez en un frentazo, su especialidad, se ganó un codazo de Bermúdez que le rompió la nariz.

No había tregua para reponer camisetas untadas de sangre. Eran otros tiempos. Además no había más. Eran trece y dos buzos para arqueros, “Pepo”, el utilero no tenía repuestos. Pitaba “Mecato” Aristizábal, creo. Los árbitros eran más honestos. Por lo menos lo aparentaban mejor. El aguacero desgajaba girones y la pelota era dura y rotunda. Pesaba. De plomo. Restaba la nada en el cronometro añejo.

Nuestro héroe con la nariz rota, Bermúdez y Waltinho esperándolo como mastines. Un reto. Con el rostro bañado en sangre como Lucho Herrera en Morzine, y su cabellera al viento como un apache, “El Tigre” peleó en medio de la tempestad. Ángel María “El Ñato”, el único que sobrevive de la terna “Torres – Scotta – Benítez”, limpió el carril derecho, centró perfecto, como siempre.

El charco en el área del arquero Alcides Saavedra era inmenso: lodazal y piscina. Apretados entre gotas y sueños, los chicos guardábamos la esperanza de una última emoción. La pelota redonda fue arriba, giró sin tornillos y Benítez se subió al cielo por una escalera que solo el “Tigre” tenía. Dos peldaños más arriba que el brasileño Waltinho y tres más que el “Hacha” Bermúdez. Mitad sangre, mitad lluvia y Alberto de Jesús metió el férreo testazo que aún retumba en la red sureña del viejo estadio “San José”. Rugió el “Tigre”. Fue 3-2. ‘Mecato’ se llevó el pito a la boca.

Momentos eternos. Fuga de sueños. El verdadero y gran Deportivo Cali ganaba. Y a penas a esa hora, cuando la guerra había terminado y se pactó la rendición cafetera, Benítez se limpió la sangre. Bermúdez maldijo. Había perdido el duelo. Eran otros tiempos, era la gloria. Gracias “Tigre” por tanto y por todo. Monstruo. Grande. Ídolo de mi niñez. Los tiempos se van. Paz en su tumba.

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