Columna LÍDER

(Opinión) #FIFAGATE: Un negocio difícil de explicar y fácil de enseñar

Lo esbozó en su tiempo el filósofo argentino Carlos Alberto Solari. Ayer fuimos, hoy somos y mañana seremos parte de la historia de uno de los más inmensos derrumbamientos delictivos que se hayan registrado en la cronología del Siglo XXI. El castillo de naipes, cimentando con fría calculación durante la dictadura de Joao Havelange, se desmorona lentamente.

El fútbol, el regocijo popular en masa, lentamente se fue transformando en el negocio más rentable para los amantes del libre flujo chupasangre de capitales y para los visionarios del empresariado rancio y hostil, que ofrecen al total de los todos al deporte en ese caso como mercancía ficticia e ilusoria.

En el reino de la corrupción, en el palacio de los sobornos se encontraban los príncipes del delito que cometieron un asalto a traje armado ante los ojos que no quisieron ver y ante los oídos que prefirieron no escuchar. El olfato dolarizado, el sabor del poder y el tacto de la impunidad fueron los sentidos que se enaltecieron.

Bien en el fondo quedamos nosotros: los fanáticos de la pelota. Los burlados, los ingenuos, los que creíamos que la esencia del fútbol jamás sería ultrajada por los infames intereses de los demagogos de turno. Estos barrigones de frac y corbata, malhechores de etiqueta, se robaron lo único que nos quedaba: ese juego que se hizo deporte. Valdría preguntar ¿cuántos de estos personajes han jugado alguna vez en su vida? Ojalá se mantenga la misma horizontalidad en su condena, como las que reciben los ladrones de harapos, esos que la sociedad descartó.

Vivimos un día histórico donde cayeron dieciséis directivos, directores del crimen. También otros admitieron que hicieron, hacen y harán parte vital del circo romano del abuso y otros rufianes que enarbolaron odas a la delincuencia ofrecieron sus más sinceras renuncias. Aún faltan más y queremos conocerlos a todos.

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