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Colombia vs. Ecuador: Un partido Macondiano

Fue una tarde teñida por la magia del encantamiento.  Un viaje  de contrastes  adobados por sensaciones disimiles. Una jornada que tuvo de todo, sol y lluvia;  la incertidumbre de un partido que no iniciaba y la certeza que de todas formas se jugaría; fallas en el fluido eléctrico;  alegría y angustia;  euforia y algarabía como expresiones  de una clasificación anhelada ; en fin una tarde de locos vivida para y por el futbol en el estadio Metropolitano de Barranquilla.

En Macondo llovió cuatro años, la lluvia inició un domingo después de misa, cuenta García Márquez en “Cien años de soledad”,  en Barranquilla  el aguacero llegó este viernes después de almuerzo y  duró dos horas como epílogo a 16 años de sequía mundialista.  

El caluroso y brillante día caribe de pronto se tornó oscuro.  La voz estertórea de la naturaleza sonó en forma de trueno y se desgranó un aguacero insólito que parecía sólo concentrado en el estadio. Se vino el agua;  la gente no se movió de sus puestos so pena de regresar y no encontrar donde hacerse para ser testigos de este capítulo de historia futbolera.

Al comienzo los asistentes  al templo del Metropolitano agradecían al cielo con sonrisas el envío de esas gotas de lluvia que refrescaban el calor del medio día.  Del  refresco se pasó al temporal que luego se transformó en vendaval  que, no muy lejos de allí, se paseaba  como monstruo zigzagueante en forma de arroyos por la ciudad. Barranquilla se inundaba y arrastraba consigo los bienes de algunos y las esperanzas de muchos. En el estadio la gente no lo sabía,  bailaba en un ritual extraño y hermoso de camisetas amarillas empapadas de alegría e ilusiones. La cancha mostraba charcos que  invitaban a darse un chapuzón como niños chiquitos y el estadio sorpresivamente mostraba que también tenía arroyos.

La incertidumbre llegó al estadio en forma de noticia sobre la realización del partido;  los árbitros vestidos de luto como monjes inquisidores inspeccionaron el campo demostrando con gestos ser los únicos poseedores de la verdad.  El juez central con su cabeza rapada de clérigo medieval anunció que esperarían a que escampara.  La lluvia amainó;  la cancha como tocada por la magia  chupó toda el agua que empozó, y lo que antes parecía  un rio con estepas se convirtió en un maravilloso campo verde que invitaba a jugar al futbol.

Los equipos saltaron al campo rápidamente como queriéndole  ganar su carrera a la naturaleza. Colombia vistió de amarillo, Ecuador de azul. La pelota se movió y comprobamos que las sospechas sobre un duro rival se hicieron evidentes. Colombia no hacía tres pases seguidos sin que la pelota quedara en poder de los visitantes. El ecuatoriano Montero probó  con sus propios ojos que el mejor arquero de esta eliminatoria es David Ospina.   

El partido pasaba  en medio de dudas colombianas y certezas ecuatorianas.  Al minuto 29 de este partido demencial,  el suspenso tuvo su clímax; Ecuador perdió a su central Achiller por expulsión.  Segundo Castillo se demoró en acomodarse como central y Falcao vivazmente remató al arco; el arquero Banguera, de incierto inicio pero seguro final, dio  un rebote que  aprovechado por James Rodríguez hizo saltar al país para cantar Goooollll… Todos nos abrazamos   espiritualmente  con el muchacho humilde nacido en Cúcuta que hoy vive en un  principado.  Sí, todos queríamos bajar a la cancha y  bailar al compás de Pablo Armero esa danza africana imposible de imitar.

En el segundo tiempo la historia fue la misma, Ecuador jugaba bien y Colombia pasaba afugias. Ospina se llevó un golpe en la cabeza que hizo temer lo peor, cayo inmóvil al campo y un silencio profundo se tomó el país.  Mondragón su suplente calentaba, en casa del arquero en Medellín y Francia  rezaban… Al fin el gran David se levantó, preguntó dónde estaba, qué había pasado; le contaron que estaban allí para hacer historia y que él era fundamental en esta batalla decisiva,  se incorporó como inyectado por las hazañas de sus antepasados y volvió al arco. La angustia pública se convirtió en aplauso y su nombre retumbó por todo el Caribe colombiano.

El drama continuaba su camino,  Ecuador buscaba  recompensa a su buen juego  y esta llegó en forma de penal. El convaleciente Ospina estaba más solo que nunca al frente de un fusilamiento. Un veterano de mil batallas Walter Ayovi,  colocó la pelota, apuntó y…. falló.  El corazón volvió al cuerpo de los colombianos y se marchó del alma ecuatoriana.  La lluvia no cesaba.

El árbitro cruelmente prolongó  5 minutos de agonía. Cuando sonó el pito indicando el final, la angustia dio paso  a la algarabía, cerrando una tarde angustiosa e invitando a una noche de locura.

Colombia ha clasificado al mundial. Pensar quedarnos por fuera es el colmo de los pesimismos sólo digno de la falta de fe que suele acompañarnos.

Cuando los jugadores se abrazaban en la cancha, cuando se veían correr de un lado para el otro sin dirección fija, cuando Pékerman era cargado en hombros,  nos dimos cuenta que por fin en Barranquilla había escampado.

RafaV

rafael.villegas@colombiasports.net

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