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James Rodríguez, el chico 10.

Por Rafael Villegas. Escrito para MI SELECCIÓN. CO de Caracol Radio.

James Rodriguez, a la derecha, en la academia Tolimense

El profesor Yulbrainner Calderón levantó la mirada, dos jóvenes bien vestidos habían llegado hasta la oficina de la academia tolimense de futbol, un muchacho alto acompañado de una bella joven ingresaron saludando con amabilidad; la cadencia y el deje al hablar que caracteriza a los tolimenses estaba entremezclado con el cantadito de los paisas marcando de forma particular los sonidos del diálogo. El profe no lo podía creer, allí estaba de visita frente a él James Rodríguez, convertido hoy en figura del futbol mundial. La acompañante era su joven esposa, Daniela Ospina, hermana de David el arquero de la Selección Colombia.  James Rodríguez había vuelto, no se había olvidado de ellos como suele suceder con tantos otros en sus momentos de grandeza. El abrazo fue enternecedor y alguna que otra lágrima corrió sin apuro por la tez blanca y tostada del entrenador.  James sonreía escondiendo el nerviosismo y la ansiedad que ese encuentro le producía, Daniela observaba, los testigos guardaban silencio. Era un momento íntimo, el encuentro de un sacrificado profesor anónimo con su alumno más famoso.

Yulbrainer Calderon Director de la Academia tolimense

La emoción y sorpresa del momento remontó al profe a cabalgar en sus recuerdos y nostalgias; volvió a vivenciar el día cuando Pilar, la madre, y Juan Carlos, el padre adoptivo de James, le llevaron al niño de 5 años a la academia para que le enseñaran a jugar futbol.  Esa misma cancha de arenilla donde aún hoy decenas de chiquillos tolimenses aspirantes a futbolistas profesionales sueñan con la gloria regándola con su sudor temprano en medio de la algarabía infantil, allí en esa misma cancha “el niño maravilla” comenzó su recorrido exitoso por el mundo del balón.

Los padres se habían trasladado de Cúcuta donde nació James hasta Ibagué a explorar nuevas posibilidades de vida. El niño soñaba con ser futbolista como el héroe de caricatura Oliver Atom, protagonista de los Supercampeones, una serie animada japonesa que se pasaba en capítulos por la TV colombiana los sábados en la mañana cuando era obligación de los padres sentarse con sus hijos a observar la trama que contaba las aventuras de un chico y sus amigos en las canchas de futbol hasta llegar a formar parte de la selección japonesa.

El futbol ha corrido siempre por su sangre, su padre Wilson James Rodríguez fue parte de aquella maravillosa selección juvenil del 85 en el Campeonato Juventud de América en Paraguay guiados de la mano del maestro Luis Alfonso Marroquín. En ese equipo que delimitó un antes y un después en el futbol colombiano donde el progenitor derrochó talento para ganar la clasificación al Mundial juvenil de la URSS, allí en Eriván el viejo Wilson James marcó un gol;  después jugó futbol profesional entre los años 1985 y 92 en Independiente Medellín, Cúcuta Deportivo y Deportes Tolima.  Aparte su tío Arley Rodríguez hermano de su padre y desaparecido en medio de la violencia de los años 90, también jugó futbol profesional en el DIM.

Las evocaciones seguían llegando a borbotones a la memoria del profesor Calderón y este en medio de sonrisas y abrazos se regocijaba al recordar que James escribió la página más gloriosa de la academia tolimense en 2004 cuando se coronaron campeones del torneo del pony futbol en Medellín con una brillante actuación del monito de 12 años a quienes todos los periodistas corrían a entrevistar. En ese festival de futbol infantil fue la gran figura, inmortalizándose en la memoria colectiva del torneo al marcar un gol olímpico en la final frente al deportivo Cali.

Yulbrainner Calderón, director de la escuela, sabía que después de ese momento de gloria, el tiempo de James Rodríguez en la academia tocaba a su fin. Ya no se le podría retener, le sobrarían ofertas y posibilidades después de ese maravilloso torneo para mejorar su vida. El niño aprendiz de futbolista se convertía en un brujo especialista del balón que volaría muy alto.

El Envigado Futbol Club se apuró en contactar a los padres para que el pequeñín jugara en las divisiones menores de la camiseta naranja. Como parte de la transacción el Envigado correría con la manutención y empleo a sus padres en el municipio antioqueño. Hasta allí supo el profe Calderón de su pupilo. Luego vino un silencio profundo y largo de noticias que se rompió con el tiempo, cuando una querella de tutela tocó a su puerta  ordenando que debería entregar a la justicia toda la documentación del chico que había sido cedido, por decisión de los padres, al equipo del sur del Valle del Aburrá. Lo consideró una injusticia, una afrenta a su dignidad de docente que lo único que buscó siempre fue el desarrollo futbolístico de sus pupilos. En definitiva una falta de respeto y consideración hacia alguien desinteresado en los negocios del futbol.

Luego vino la historia que todos conocen, debutó con 14 años en el futbol profesional, jugando el torneo de la B y solo hizo un juego con el equipo profesional en la A el 10 de septiembre de 2006 frente al Quindío 1-0, para marcharse con 16 años a Banfield de Argentina donde se tituló campeón, de allí al Porto lusitano donde fue campeón de la triple corona: Liga de Europa, Liga local y Copa de Portugal. Después al Mónaco francés vendido por 45 millones de euros.

Alvaro Guzman entrenador del Pony Futbol 2004

Al correr de los años en el colegio San Simón de Ibagué, cuna de grandes hombres y deportistas tolimenses, el profesor Álvaro Guzmán, entrenador de ese equipo infantil campeón del pony futbol, con el pelo totalmente blanco por el paso del tiempo pero con el vigor y fogosidad de siempre, recuerda cómo vaticinaba que ese pequeñito sería un jugador grande, un chico nacido para triunfar. Los ojos claros del profesor que han visto tantas cosas se inundan de lágrimas, se le hace un nudo en la garganta, siente que se ahoga y prefiere mirar para otro lado antes que llorar, como queriéndosele escapar al reconocimiento que se merece y que nadie le ha brindado, cuando se le pregunta por aquella gesta.  Él como Yulbrainner es también otro de esos héroes anónimos de los que está lleno este mundillo del futbol colombiano. Seres abnegados, olvidados y entregados a una causa en condiciones de sacrificio inconmensurable como enorme cuota inicial para el éxito de otros.

James en su maravillosa pierna izquierda tiene tatuada la imagen de Jesucristo como protección y demostración de fe plena en su religión católica. Su primer gol con la Selección lo marcó de zurda frente a Perú como un milagro llegado del cielo, como augurio de todas las cosas buenas que acompañaron a esta Selección y que culminarían con la clasificación a Brasil 2014, la cita orbital donde James llevará la camiseta número 10, la misma que lució Carlos Valderrama, su ídolo en el futbol colombiano a quien vio jugar por televisión el último Mundial en Francia 1998, cuando tenía solo 7 años, hipnotizado por el futbol del “pibe”. Hoy muchos lo comparan con él por sus pases, goles y actuaciones. Al Mundial llega en un momento excepcional, como figura de élite, con 23 años (los cumplirá el 10 de julio), con más de 250 partidos en 8 temporadas jugando en primera.

James Rodríguez es un “pelao” y como los muchachos de hoy es amante de la tecnología, quizás al lado de Falcao es el jugador colombiano que mejor utiliza las redes sociales. Tiene más de 4 millones de seguidores en Facebook y Twitter. Sabe y entiende que la interactividad con sus seguidores es fundamental y parte de su profesión como figura de consumo masivo. Su imagen de niño bueno y exitoso aparece en las campañas publicitarias más importantes del momento. Es un modelo de chico a seguir, un ejemplo. En definitiva es un chico 10.

Mientras todo eso sucede en la vida de James Rodríguez, Yulbreinner Calderón y Álvaro Guzmán continúan trabajando a diario sin descanso en la cancha de arenilla en Ibagué formando los “James” del futuro que engrandezcan el prestigio de la escuela como cracks del futbol colombiano… o simplemente educando como personas de bien a tantos chicos tolimenses cuyas fotografías engalanarán las paredes ya repletas de la oficina de la academia como demostración gráfica de que están haciendo patria… sin ningún reconocimiento, solo con la satisfacción del trabajo bien hecho.

 

rafael.villegas@colombiasports.net

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