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Faustinos no nacen todos los días

Por Rafael Villegas.

“Tino” es de Tuluá, un pequeño pueblo del centro del Valle del Cauca en Colombia, el cual Faustino Asprilla colocó en el mapa de los principales titulares del fútbol mundial.

Desde muy temprano demostró que estaba para grandes cosas, su capacidad física y esa malicia propia de los cracks eran los ingredientes que adobaban su talento. Nació para el fútbol en la escuela Carlos Sarmiento, para marcharse rápidamente al Cúcuta Deportivo desde donde sus zancadas y gambetas  lo ubicaron en Atlético Nacional  y de allí, su meteórico salto a Europa por una cifra, hasta ese entonces, nunca antes pagada por un futbolista colombiano:  cinco millones de dólares.

Asprilla desde siempre mostró lo que iba a ser un genio rebelde adentro y fuera de la cancha. Su primer sueldo en el verde de Antioquia lo utilizó para comprar un reproductor de sonido antes que guayos; en un viaje internacional le vendió la sudadera del equipo a un aficionado que acompañaba al equipo, y en las concentraciones buscaba cómo conseguir llamadas gratis a su familia en Colombia.

Sus escándalos por fuera de los campos así como su excéntrica vida personal lo hicieron protagonista  de las revistas del corazón.  Intentó ser cantante de salsa con el grupo Niche, modelo publicitario, fue pareja de mujeres exuberantes y  bellas modelos, posó desnudo para una revista, protagonizó un reallity de televisión…, en fin, Fausto se ha gozado la vida como ninguno.

Como futbolista, “El Tino” era un rayo de ébano cuando arrancaba al ataque, con su gambeta en velocidad hacía demasiado complicado poderlo frenar, además le pegaba a la pelota con una fuerza inusitada.

Era todo un crack que hizo historia por donde pasó: en Nacional fue campeón al lado de Víctor Aristizábal en una delantera demoledora; en Parma con Zola, Crespo y Verón ganó cinco títulos, y en el Newcastle inglés todavía hoy hablan de sus proezas.

En el Nou Camp de Barcelona aún retumban como fantasmas  los tres goles que le marcó al equipo culé en un partido memorable que culminó 3-2 a favor de los ingleses por la liga de campeones.  Terminó su carrera internacional en un desfile por clubes del continente: Palmeiras de Brasil, Atlante de México, Universidad de Chile y Estudiantes de la Plata.

Faustino Asprilla, pudo ser el mejor del mundo si se hubiera concientizado que el fútbol es un ratico y que en ese ratico no solo se gana mucho dinero si no que se asegura el resto de la vida.

Asprilla era un fenómeno, lo tenía todo, habilidad, picardía y una potencia física envidiable. Recuerdo cuando con la camiseta de un equipo chico como el Parma al lado de otros jugadores importantes, escribieron sus páginas más doradas.

“La bestia”, como lo llamaban cariñosamente, era el niño mimado de un pueblo de gente veterana que lo veía como su mascota frente a la admiración que despertaba en toda Italia. Vivía una vida de ensueño en un palacete inmenso con su familia y una chica de Tuluá contratada exclusivamente para que le cocinara.

Fausto pudo ser el mejor del mundo pero… ¡no le dio la gana!…Fue nominado a balón de oro en dos ocasiones, en el 93 incluso al lado del italiano Roberto Baggio y el brasilero Romario.

Protagonista de primer orden de la camada de futbolistas brillantes de la selección Colombia de la década de los 90 con la que jugó dos mundiales (1994 y 1998) al lado de Carlos Valderrama. Arnoldo Iguarán, Leonel Álvarez, René Higuita, Adolfo “Tren Valencia y Freddy Rincon entre otros.

Faustino Asprilla llegó este 10 de noviembre a 45 años de una vida de película, espejo de un crack como lo han sido Heleno da Freitas, Pelé, Garrincha o  Maradona.

RafaV.

@lidervillegas

Rafael.villegas@colombiasports.net

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