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Pica Guájaro: ¡Feliz Cumpleaños!

El narrador de moda en Bogotá a finales de los 80 era Sergio Ramírez, un barranquillero que cambió el relato deportivo por el púlpito de pastor de su iglesia, quien con su voz nasal cantaba a través del micrófono: “ ¡Pica guájaro, pica guájaro…!”, para terminar en un agudo grito que acompañado de: “Iguaráaaaaan camisa 11”, lo que significaba gol de Millonarios.

El gol era el momento de éxtasis y clímax personal de Arnoldo Iguarán, un guajiro nacido en la península norteña del país, en el seno de una familia rica en necesidades que no alcanzaba a cubrir su padre don José María como chofer en las polvorientas carreteras guajiras.

Los Iguarán son parte de las historias de rancherías, Úrsula fue la madre del clan de los Buendía en Cien años de soledad y Arnoldo, el mayor, goleador de la selección Colombia de todos los tiempos, marcó 25 tantos con la camisa nacional.

Como en todas las historias del Caribe, tan bien reflejadas en las correrías de “Francisco el hombre”, la vida de Arnoldo parece un vallenato: futbolista nacido en las entrañas de la necedad infantil, destruyendo zapatos, corrió de niño tratando de equiparar la velocidad del viento que llegaba del mar; soñando -detrás de una pelota- salir de la pobreza, gambeteando necesidades y marcándole goles a la miseria.

La polvorienta canchita del barrio quedaba atrás de su casa… y allí esperaba, sentado a pleno rayo del sol, que le dieran la oportunidad de jugar cuando el dueño del balón, -casi siempre un tronco de solemnidad- , se cansara para que él pudiera dejar volar todo su talento de atleta goleador. Sí, porque eso era Iguarán, una ráfaga que con el balón a sus pies parecía un dios alado del fútbol. Esa era su gran ventaja, la mezcla de velocidad con gol; así consiguió impresionar a quienes lo veían dejar contrarios regados por el piso…

Por esas condiciones innatas, llegó primero al Junior su equipo del alma, desde aquella tarde en que el cuadro barranquillero fue a Riohacha lleno de futbolistas brasileros a jugar con la selección Guajira. Allí, viendo a Ayrton, Othon , Quarentinha, Dida, o Scurinho supo lo que quería ser: futbolista profesional, reconocido y nombrado en la radio como los que aprendió a conocer dibujados en su mente infantil por la magia de los narradores deportivos, quienes contaban hazañas balompédicas relatadas con el pincel mágico de sus palabras.

Con el tiempo Dacunha, ya técnico de juveniles, lo llevó a Junior. En Barranquilla conoció a su mentor, el argentino Juan Ramón Verón, su padre futbolístico quien en muchas ocasiones le sacó de la cabeza la idea del retiro porque la oportunidad no llegaba.

Explotó como futbolista en el Cúcuta Deportivo, jugando por izquierda a pesar de ser derecho.

Dio vueltas por otros clubes dejando la impronta de su velocidad y goles hasta que llegó a Millonarios, el otro club de los guajiros que comparten su amor tripartito con Junior y Unión Magdalena.

Con los azules de Bogotá alcanzó su gloria, hasta convertirse en el segundo goleador histórico de Millonarios, sólo superado por “la muñeca” Castillo, un argentino de la época del  “Dorado”.

Serio, callado y casi taciturno, con su pinta de cantante de vallenato romántico, llegó a la inolvidable selección de los 90 de la mano de Pacho Maturana quien le aconsejaba, no como técnico sino como amigo.

Ganó la clasificación para el mundial de 1990 en Italia, fue goleador en dos versiones consecutivas de la Copa América en la Argentina y en Brasil.

Aún está fresca en la memoria aquella tarde cuando en Rosario le marcó tres goles al “gato” Fernández, arquero guaraní en el año 87 titulándose goleador de América con un gol por encima de Diego Maradona.

Hoy a sus 56 años, vive allá en la Guajira, recorriendo las calles polvorientas de su Riohacha que lo vio nacer un 18 de enero de 1957, -calles que no han cambiado mucho desde su época infantil-; a la espera de encontrar algún nuevo talento para el fútbol colombiano, viviendo en medio del calor abrasador, con la brisa que le golpea su humanidad sin lograr que sus ojos se cansen de la inmensidad del mar, del olor Caribe que le llena sus pulmones, recorriendo las arenas de su Guajira, saboreando una tortuga bien guisá y escuchando vallenatos que son la historia cantada de su raza al compás melodioso y a veces tristón de un acordeón.

¡Feliz cumpleaños Guájaro!

RafaV

rafael.villegas@colombiasports.net

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