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Calero inmortal.

El gran Miguelito Calero estaría cumpliendo 42 años de vida. Nacido en Ginebra Valle, hoy su ausencia nos inunda el alma. Aquí nuestro homenaje al que se quedó a vivir por siempre en el recuerdo, con sus cenizas repartidas entre sus dos amores:  Colombia y México.

Miguel: a las puertas del Cielo.

Por Rafael Villegas.

Miguel Calero se ubicó en su hábitat natural para la ejecución que se venía, era la tercera de una tarde plagada de penales;  estaba allí defendiendo su portería, la posición que él escogió desde niño cuando con la inocencia de su infancia acompañaba a su hermano a las prácticas de la Selección Valle en las cercanías de Pance, ese remanso verde esperanza al sur donde el río con sus aguas cristalinas van regando con frescura los calurosos días de Cali.  Allí, en medio de la melodía del río al pasar, sentado en una de las milenarias piedras que se negaron a marcharse, Miguel decidió ser portero de fútbol.

En medio de su soledad con treinta mil espectadores como testigos, reflexionó que  una portería será siempre la misma no importa el estadio en donde esté ubicada, un inmenso espacio de nada limitado por tres palos donde se juega todo.  Es el santo grial, la matriz  donde alumbra la emoción del gol.  El alfa y omega del fútbol

Al frente de la pelota estaba Martín Palermo con su uniforme manchado por la humillación de haber desperdiciado dos penas máximas en un mismo partido.  El orgullo magullado del sureño le marcaba la piel como hierro candente, su cabello rubio ardía en llamas de desespero y  frustración.

Sí, para un arquero un penal es como estar parado frente a un pelotón de fusilamiento esperando el disparo final que acabe con tanta angustia.  Miguel con su ceño fruncido y mirada de águila era el dueño de su suerte; recordó uno a uno los minutos vividos hasta ese momento, desde cuando vendieron su pase por veinte docenas de guayos, sus primeros aprendizajes en la escuela Carlos Sarmiento Lora bajo la conducción siempre sabia del maestro Carlos Portela, los consejos de su admirado Pedro Zape, el más grande, sus títulos como campeón con Nacional y Deportivo Cali, la selección Colombia 1992  y sus cuatro participaciones anteriores en Copa América desde 1991… ¡Eran tantas evocaciones gratas que lo llenaban de confianza y seguridad!

El estadio de Luque estaba en silencio, Colombia expectante, Argentina angustiada, Palermo nervioso y Calero tranquilo. El gaucho tomó impulso de cinco metros, en su pierna iba incrustado el misil de su pie izquierdo cargado de inmodestia e historia, listo para borrar afrentas…. Cuando llegó a la pelota vio cómo una sombra se movía desde la raya de gol. Se asustó con lo que vio y un frío helado de muerte lenta  le recorrió toda su humanidad. Cuando quiso reaccionar ya los 1.89 de Miguel Calero habían detenido el disparo. Calero sonrió y Palermo sufrió. Fue una escena dantesca que recorrió el continente en un instante,  un  fusilamiento donde el condenado despachó a su verdugo con una herida imborrable en el alma. Colombia ganó 3 -0 ese juego inolvidable.

Después, Miguel se marchó a seguir escribiendo historia, aterrizó en un equipo que pocos conocían: Pachuca, en Hidalgo, aquel estado que lleva el nombre de un cura que se matriculó en la revolución mexicana dejando de lado la comodidad de un convento. Allí, como el cura,  se hizo héroe. Su profesionalismo, sus atajadas espectaculares y hasta los goles marcados cuando se iba de excursión ofensiva, porque no había más remedio, quedarán incrustados para siempre en la leyenda del cuadro manito.

Calero consigo catorce títulos, ha sido un agradecido con la vida al sentirse querido por todos, ha sido feliz al haber hecho lo que más le gustó, ser portero de fútbol, Miguel traspasa la frontera de lo humano para convertirse ¡en  leyenda!

 

RafaV.

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