Columna LÍDEROtros

Conmemorando a doña Beatriz Uribe de Borrero

La Dama de Hierro

Por Rafael Villegas.

Corría el año 79 y América de Cali se transformaba del popular equipo de “la mechita” que “jugaba como nunca y perdía como siempre”, al poderoso cuadro lleno de luminarias venidas desde todos los rincones del continente para conformar una verdadera OEA futbolística.

El “Negro Mao”, reconocido periodista caleño anunció con bombos y platillos al inicio del año la contratación por parte de los escarlatas del “Lorenzo colombiano”,  aludiendo a Gabriel Ochoa Uribe que regresaba al fútbol después de algunos años de ausencia, cargado de títulos en Millonarios y Santa Fe.

Llegaron Bataglia y Gonzáles Aquino, Carlos Alfredo Gay quienes al lado de Pascuttini, Luis Eduardo Reyes, Gabriel Chaparro, Américo Quiñones, “el macuco” Alegría Valencia, entre otros, con goles del maestro Alfonso Cañón  y Víctor Lugo, se coronaron por primera vez campeones una noche cálida, mítica y eterna cuando los barrios americanos del Obrero, San Nicolás, y Siloé se fundieron en un solo volcán de alegría, y todos a una, como en fuente ovejuna, dieron la vuelta olímpica de sus vidas en el estadio Pascual Guerrero o en la manzana de su cuadra gritando hasta enronquecer, en aquella penumbra decembrina, cuando hasta los ciegos vieron la alegría, los mancos se abrazaron con el alma y los cojos saltaron con el corazón al compás de las lágrimas de todos que caían para fertilizar aun más este bendito Valle, al advertir que el árbitro brasilero Arphi Fhilo,  corría con su zancada de ganso al centro de la cancha para señalar que el partido había concluido, que “la mechita” era CAMPEÓN y que “la maldición del garabato” había quedado sepultada para siempre.

Cali se hundió en una lluvia de pólvora y serpentinas que teñían el cielo con una nube roja que se los quería llevar a todos. Gay corría hacia oriental para agradecer a la hinchada que lo consagró como ídolo, el capitán Pascuttini se abrazaba con los hinchas que poco a poco se habían tomado el césped sanfernandino; a Lugo y Cañón los besaban todos, “Pepino” Sangiovanni y Beatriz Uribe caminaban con rostros desencajados por la emoción hasta el centro de la pista atlética para atender la televisión, y allí frente a millones de colombianos, “Pepino” ofrendo el primer título a esta carismática mujer, que ejercía como gerente. La barra del diablo en sur permanecía estática ante la incredulidad de la hazaña conquistada.  Así se inició esa noche la vigésima segunda feria, que  aun retumba en la nostalgia de quienes la vivimos al compás de la melodía de “aquel 19” de Albertico Beltrán.

Pepino Sangiovanni era el presidente del América y quizás su mejor contratación fue Beatriz Uribe de Borrero, quien llegaba de ser cónsul de Colombia en Puerto Rico, después de haber ejercido la alcaldía de su natal Tuluá, cuando ningún hombre quiso hacerse cargo de esa posición por miedo a la violencia política de la época.

Mujer temperamental, elegante siempre maquillada y con un peinado que mantenía estacionada su cabellera rubia al rigor de las abrazaderas del fijador. Señora de armas tomar, ejecutiva por encima de cualquier consideración, con ese toque de ternura tan propio de las colombianas, que la convirtió en la  matrona del América para los futbolistas siempre difíciles y complicados en su trato. Los jugadores la veneraban como una segunda madre y ella les correspondía como tal, llegando a ser la madrina de algunos de los hijos de los jugadores escarlatas.

Siempre entregada y abnegada por la causa americana, Beatriz Uribe se convirtió en el motor emocional de “la mechita” para que el equipo alcanzara grandes logros. Se empeñó en montar las bastoneras del América y respaldar las barras como la del “diablo quizás la más emblemática del equipo para la época.

Fue la primera mujer en ocupar una gerencia en un cuadro de fútbol, como anteriormente había sido la primera alcaldesa del país. Escudera permanente del médico Ochoa Uribe, el gestor en el terreno de la grandeza del América de quien se despidió con la tristeza de sus lágrimas en 1991, considerando que su retiro era la más grande pérdida del América y del fútbol colombiano.

Sus anécdotas son incontables, como alguna vez que parada frente a un mayor de la policía en Barranquilla le gritó: -usted puede ser muy hincha del Júnior, pero aquí su obligación gran hp… es proteger al médico Ochoa; o el día que en pleno estadio increpó a Guillermo Ruiz. -por aquella época gerente de Millonarios-. por la presencia de porristas bogotanas para apoyar a los azules. Increíblemente creía fervorosamente en los minutos de silencio como una cábala para los triunfos del América.

El fútbol siempre fue un terreno vedado para las mujeres en cuanto a la dirigencia deportiva, y en Colombia aun mas, sin embargo, su ejemplo llevó a que otras féminas incursionaran no sólo en el campo directivo, igualmente en el arbitral o incluso como jugadoras.

Relacionista pública por naturaleza, Beatriz Uribe le dio la cara amable al equipo en una época donde la rigidez del médico Ochoa Uribe rayaba en lo espartano. Siempre fue el puente con los medios de comunicación, atenta a cualquier inquietud y solícita a todos los requerimientos.

Nacida el 30 de junio de 1926, murió el 02 de marzo de 2009 en Cali, pegada a una pipeta de oxigeno tras una penosa enfermedad, quizá olvidada por muchos de los que la conocieron en aquella maravillosa década de gloria del equipo rojo en los 80, rodeada solo de sus recuerdos y cantos de victoria americana aquel día en que de la mano dela Virgende Fátima pasó a ser parte del inventario de los imborrables personajes del América.

@lidervillegas

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