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Cuento de fútbol / Camino a la final

Por: Pablo Pedroso.

Apenas Alemania clavó el cuarto se le ocurrió la idea. Sacrificio, pensó. En la tele repetían el gol de Klose, los alemanes festejaban —otra vez contra Argentina— mientras Maradona caminaba e intentaba mostrarse serio, entero. Él, en cambio, era una estatua desde el minuto dos; sin reacción, como si se hubiera contagiado de Demichelis, Otamendi y el resto del equipo. Se sintió lejos. Cuando el árbitro pitó el final, él juró que en Brasil la historia iba a ser diferente. Nunca, hasta el gol de Klose, había amagado a viajar. Ni siquiera en sueños.

Este no va a ser un viaje, aclaró como si alguien lo estuviera oyendo. Un segundo después, como para que no quedaran dudas, agregó: Sacrificio.

Apagó la tele, desenchufó la compu, no contestó el teléfono y silenció el celular. Hasta que pase el chubasco, pensó. De inmediato se dio cuenta de que el camino a Brasil se había iniciado. A partir de ese momento no volvería a ver o a escuchar partidos de la selección, ni oficiales ni de los otros. Tampoco podría leer, por más mínima que fuera, información acerca del equipo argentino. Ni siquiera tendría permitido una charla de fútbol con amigos, parientes o conocidos.

Para oficializar el compromiso buscó un almanaque y con un marcador rojo tachó la fecha: 3 de julio. Miró los días que restaban hasta fin de año, pensó en julio de 2014 y lo sintió lejos. Cuatro años es tiempo suficiente para organizar cada detalle, pensó.

A la semana comenzó a entrenar: diez cuadras, veinte, treinta. Un año después usaba el auto sólo para lo esencial. Modificó los horarios, se acostumbró a acostarse temprano para poder levantarse con tiempo como para ir caminando al trabajo. Eran tres horas entre ida y vuelta (al principio un poco más). Día a día anotaba los kilómetros que caminaba y el tiempo que le llevaba recorrer esas distancias. Sobre la mesa de luz se le iban amontonando libretas repletas de datos y apuntes.

Cada Semana Santa aprovechaba para ensayar. En la del 2011 caminó treinta y ochos kilómetros y llegó a Escobar. La noche del jueves la pasó en el primer hotelito que encontró cerca de Panamericana. Colgada en una pared de la habitación vio una imagen de Cristo llevando la cruz. A pesar de que era una impresión barata, con el marco torcido y berreta, él, que nunca había sido muy religioso, se emocionó. Las piernas se le doblaron, creyó que por el cansancio, y quedó frente a la imagen, de rodillas. Lloró sin saber si lo hacía por tristeza, alegría o dolor. Más tarde se quedó dormido pensando en el Vía Crucis, en el sacrificio de Cristo y en su decisión de llegar a Brasil en el 2014. El viernes descansó todo el día y el sábado, renovado, caminó de regreso a Buenos Aires.

Al año siguiente se atrevió a más: el Jueves Santo caminó hasta Escobar, pasó la noche en el mismo hotel y en la misma habitación que el año anterior. Al otro día salió muy temprano hacia Zárate, quería atravesar el puente con luz de sol. Fue la primera vez que lo cruzó a pie. La subida le resultó suave y la senda peatonal, angosta; del otro lado del guarda rail los autos pasaban veloces y muy cerca.

Al llegar a la parte más alta el viento era demasiado intenso, un par de Scanias sobrecargados hicieron que el puente vibrara, pero él nunca dejó de caminar. Al atardecer, agotado, paró en un recreo sobre la isla Talavera. Consiguió alquilar una cabaña diminuta donde pasó la noche con los pies elevados, apoyados contra la pared.

Tenía miedo de que al día siguiente las zapatillas no le entraran. El sábado se dedicó a descansar, a hacer ejercicios de relajación, y a remojarse los pies en el río. El domingo regresó a Buenos Aires en micro. En el 2013 hizo el mismo trayecto: primero Escobar y al día siguiente Zárate. Repitió hotel, habitación y recreo. El sábado cruzó el segundo puente y caminó hasta Ceibas, Entre Ríos. Llegó cómodo y con ganas de andar más, pero desistió, al otro día debía regresar a Buenos Aires.

Cuando volvió a su casa revisó las libretas con apuntes, hizo cuentas por centésima vez y anotó los nuevos valores que se parecían a todos los anteriores. Velocidad recomendada, cinco kilómetros por hora. Frecuencia, ocho horas diarias repartidas en dos turnos de tres horas y uno de dos, con dos horas de descanso entre turno y turno. Entre paréntesis anotó: 3 + 3 + 2. Ese detalle lo hizo pensar en fútbol y en las discusiones de táctica de los equipos. Extrañaba esas charlas. Se preguntó qué estrategia estaría utilizando Sabella y después de mucho tiempo sintió nostalgia por la celeste y blanca.

Una tarde en el trabajo escuchó en el ascensor que alguien decía: Los mundiales se juegan cada cuatro años para que tengas tiempo de olvidarte de lo mal que jugó tu selección en el mundial anterior. Lo primero que recordó fue el entusiasmo que le habían provocado los equipos de Basile en el ’94, Bielsa en el 2002 y Pekerman en el 2006; luego recordó la dura frustración que sufrió con cada uno. Necesitado de ánimo repasó los partidos de Maradona en el mundial del ’86, pero poco a poco sintió que esos recuerdos le quedaban cada vez más lejanos.

El año 2013 se le pasó volando. Recién en octubre se enteró de que Argentina había terminado primera en las eliminatorias. En diciembre se permitió ver el sorteo del mundial para conocer en qué ciudades jugaría la selección. Cuando los comentaristas opinaban sobre la suerte del equipo nacional, él bajaba el volumen del televisor.

Conseguir la entrada fue más complejo y más duro que todo el entrenamiento. Le llevó meses concretar la compra. Las idas y vueltas, los intentos sin suerte a través de la página oficial, los escandalosos precios y paquetes que le ofrecían las agencias de viajes autorizadas y las negociaciones con revendedores quedaron atrás. Va a ser plata bien gastada, se repetía cada vez que recordaba el valor que había pagado por un lugar en la final.

En las fiestas pudo aprovechar una promoción y comprar tres pares de las zapatillas que consideraba ideales para su aventura. A mediados de febrero las empezó a ablandar. El último mes fue el más difícil, cargado de dudas y de ansiedad. Cuando le costaba dormir revisaba las cuentas y los apuntes que había acumulado en las libretas o volvía a chequear si la distancia que lo separaba de Río de Janeiro seguía siendo dos mil seiscientos veinte kilómetros. Una de esas noches repitió el cálculo que había hecho tantas veces, dividir la distancia a recorrer por la cantidad de kilómetros que caminaría por día: 2620/40. El resultado era el de siempre, sesenta y cinco días y doce horas.

En números redondos, sesenta y seis días. Miró el papel donde había anotado sesenta y seis y algo no le gustó. Revisó cálculos anteriores, se preguntó si le molestaba que hubiera alguna relación con el mundial del ’66 y preocupado volvió a la cama. En la oscuridad de la noche descubrió que tal vez la incomodidad se debía a que sesenta y seis era demasiado parecido al número del diablo. Fue así que decidió adelantar la salida un día, la fecha elegida sería el jueves 8 de mayo.

Esa mañana, bien temprano, sentado sobre el borde de la cama se calzó las zapatillas como si sus pies fueran los de Cenicienta. Desayunó poco. Revisó la mochila. Lo que más llevaba eran medias, todas nuevas, mullidas. Donde le sobraba espacio metía un par. En un iPod Touch había cargado mucha música, la planificación de cada día, los mapas con el itinerario —una larga lista de pueblos, pueblitos y ciudades— y el fixture. Estaba listo. Dejó el celular y no se despidió de nadie.

En casi cuatro años nunca había contado lo que pensaba hacer, sentía temor de que alguien fuera capaz de alterar su plan, de boicotearlo, y él no podía permitirse un error. Estaba convencido de que si caminaba rumbo a Río de Janeiro sin saber qué ocurría en el mundial, sin conocer quienes ganaban y quienes perdían, Argentina llegaría a la final. No podía explicar por qué tenía ese convencimiento, era un acto de fe y la fe se tiene, se siente pero no se explica.

Ahora sólo tengo que caminar —dijo—, un pie delante del otro.

Se calzó los auriculares, subió el volumen de la música y salió convencido de que en lugar de emprender un viaje, comenzaba una misión. En cada paso soñaba con una lluvia de papelitos que estaba por llegar. En cada paso se sentía más cerca del Maracaná.

 

Fuente: pequeños cuentos defutbol.blogspot.com

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