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Cuento de Fútbol / Che, cambien al viejito

Por Luís Luján.


Es importante en el jugador un espíritu joven, más en el caso de un veterano como Arsenio Verón, que lucía nombre y apellido de buen fútbol.

 Arsenio siempre fue cuidadoso de su imagen, consideraba que una impecable presentación en el campo de juego favorecía y sumaba a la hora del desenlace. Imagen y espíritu, excelente conjunción para este deporte.

 

En las últimas épocas, la cabeza del veterano había sido invadida por impertinentes canas que hacían un mal pase en su imagen y evidenciaban cierta debilidad que, aunque no fuera real, parecía y eso era suficiente para el comentario soez: “Che… cambien al viejito…” y otras bajezas  por el estilo.

Cuando Arsenio tomó conciencia de su blanquecina testa, en víspera de un partido importante, decidió, sin miramientos, teñir sus canas al tono original. Así fue como el día del partido, el veterano entró en el campo de juego con su moral intacta y su cabeza negra: radiante corona en el caballero de la esbelta figura. Entonces le salió el Quijote que los futbolistas llevamos adentro. Estaba en todos lados, arriba, abajo, marca y ataque, anticipo y contención, brillaba en el juego, pero más brillaba su cabellera al viento como una bandera pirata en pleno ataque.

Promediaba el segundo tiempo en un partido difícil, el equipo de Arsenio perdía uno a cero, y eso, en un jugador de espíritu joven y moral intacta, es determinante: “hay que empatar, muchachos…”. Dicho esto, escuchó un trueno y enseguida otros truenos menores y refucilos que atravesaron el cielo.

Minutos más tarde, cayeron las primeras gotas y al rato, una llovizna suave y persistente se instaló en la cancha como para seguir. Esta inclemencia no amilanó el ánimo del veterano, al contrario, incentivó su espíritu desbordado y la firmeza necesaria para conseguir el ansiado empate. 

Trabe aquí, corra allá, salte, baje, suba, vuelva, toque, pise, déle sin el menor escozor, mientras la llovizna pasaba de humedad a mojadura en la tornasol cabeza de Arsenio Verón, que empezó a destilar una sustancia negruzca, un petróleo de tintura fresca que dibujó rayas verticales en la blancura de la camiseta.

A medida que la cabeza se aclaraba, se oscurecía su ropa y ya no tuvo espíritu alto ni moral intacta. Como un Quijote recién recobrado en su cordura, escuchó los gritos que provenían desde afuera y reconoció la saña que caracteriza a los contrarios: “Che, cambien al viejito…” 

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