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Cuento de fútbol / El gordo Herrera

 

Por: Juan Manuel Orbea.

Creo que al Negro no le quedó de otra; aquella patada por detrás al diez de ellos bien que lo ameritaba. Varios viajes etílicos y chocarreros de discusión tras necias e innumerables noches de insomnio, de cada uno de los que subíamos a las canchas creyendo ser un “Maradona” por lo menos dentro de nuestra ebria imaginación, lo confirmaban. Más aun, justificaba todo tipo de agresión (ojo, que no violencia) en el terreno futbolero.

Al pobre tipo le quedó la pierna hecha añicos. No quisiera describir aquel rictus de dolor donde parecía extinguirse toda conexión con la realidad y el mundo virtual. Pero al cabo, el futbol era para nosotros una batalla más dentro de la guerra (donde como en el amor, todo se vale) que librábamos clavadamente y en pos del campeonato sábado a sábado, año tras año, y el cual se nos negaba una y otra vez cada temporada.

Sin embargo, la problemática -si así se le puede decir- en ese instante crucial radicaba en otra parte. Quedaban sólo siete sobrevivientes (una verdadera carnicería de expulsiones gracias a la enjundia del nazareno en turno) de ese sueño guajiro y medio que nos mantenía unidos justo en los momentos últimos de tan importante partido. Nuestra figura, El Negro, portero de porteros, estaba expulsado por su no muy noble contacto en interior del área. Aunque lo peor era que ninguno de los restantes que manteníamos contra viento, rocas, polvo y hoyos-topo (y una que otra “tentación sustancial”) la esperanza de conquistar tan anhelado título, tenía la entereza, el valor y los “tamaños” suficientes de enfrentar la extrema y complicada situación de para el penal. No quedaba de otra: alguien sería elegido. Pero… ¿quién?

El encuentro de nuestra vida o muerte era favorable a nosotros por 2 a 1 y, sólo si se ganaba, estaríamos celebrando como inadaptados en una próxima guarapeta de antología, una de aquéllas… inolvidablemente hermosa. Empatar significaba el deceso formal, sin necesidad del acta de defunción correspondiente, para todo el equipo, un grupo de jóvenes sanos con ganas de, tan sólo, un poco de gloria en cuestión de futbol amiguero, o llanero, según dirían los más versados. Fue entonces cuando por obra y magia de algún dios que todavía no conozco que El Nervios, temblando un tanto bastante más de las rodillas que de costumbre, tuvo una idea descabellada pero no por eso dejaba de ser genial, inclusive sublime. Fue así por lo cual tuve que tomar una decisión al respecto(mi condición de capitán designado me obligaba, ni pecs), aunque con ello me arriesgara a perderme en el anonimato y olvido de una sarta de desubicados pasionales del pambol: mis amigos, un clan frustrado pero bastante simpático de balompedómanos.

Nadie dio crédito cuando me dirigí a la banca y pedí el cambio del Nervios por el del inexperimentado Gordo Herrera. Aquello fue indescriptible, cuasicatatónico. Ni siquiera la incredulidad del mismo Gordo, ni la digna y valerosa actitud del Nervios de prestarse a ese juego morboso y descabellado, se comparaban con aquel cliché del silencio casi casi sepulcral (salvo el pasmado, hueco e interrogativo ¿eh? a coro de los presentes) que nos envolvió a todos en un acto ritual cómicamente suicida.

El Gordo Herrera había jugado una sola vez en toda la cruzada pambolera. De hecho jugó únicamente dos minutos: todo un récord. Su experiencia en el ámbito de las patadas y el esférico sintético -otrora de cuero- se resumía en una acción aislada y lejos, muy lejos del contacto con la pelota: una zancadilla del tipo criminal al contrario, que devino en veinte partidos de castigo y una cuenta pendiente en el Sanatorio Buenaventura para pagar los gasto médicos del agraviado. Como se puede ver, sin necesidad de analizarlo demasiado, la idea de su ingreso en ese trascendental instante del partido era, absolutamente, un insensata y delirante locura, valga la justificada redundancia.

Si vieran la cara del Gordo cuando ingresó a la cancha. Parecía salir del orgasmo más grande que jamás había sentido en toda su existencia y algo más. Su descomunal masa corporal y el 1.95 de estatura se admiraban como al más ridículo monumento nacional patriotero por excelencia. Nunca, y digo en ningún tiempo del resto de mis días podré olvidar aquella cara como de piedra caliza, como si atrás de ella despertara otro ser, uno totalmente distinto, más allá del bien y del mal o lo que signifique estas dos caras juntas de la disputa de poder tan milenaria como la humanidad. Después, sólo me queda la imagen de un contrincante tomando una considerable distancia entre él y el balón. Y al Gordo, como si fuera un bloque del más impenetrable cemento biológico sobre la línea de gol, curiosamente, al mismo tiempo que el cielo comenzaba a congestionarse de nubes y, cerca o lejos, el ruido de los relámpagos que vaticinaban un incierto destino allá, más allá de los linderos donde la imaginación liberada reconstruye por sí sola las historia y a sus protagonistas.

Lo que es escuchó, me parece, fue como lo que escucharon los habitantes de San Juanico en aquella trágica explosión al amanecer de un día cualquiera: tremebundamente ensordecedor. Aunque esta descripción no se le puede comparar en lo más mínimo, con ese gesto que quedó grabado en el aparato de nuestra memoria colectiva, que puso el ahora mítico y legendario héroe de héroes, El Gordo Herrera, cuando el proyectil se impactó con auténtica violencia y de lleno contra su rostro impávido, resoluto y sorpresivo. El endemoniado objeto desvió su trayectoria. Nadie, ninguno de los que presenciaron aquella escena como de película hollywoodense melosa pero a la vez surtidora de un efecto difícil de explicar, lo pudo o podrá creer el resto de sus días.

Ya pasó algún tiempo de ese impactante y sin embargo mágico episodio. El Gordo Herrera pudo salir dos meses después del hospital. Diagnóstico final: una mandíbula rota, la nariz partida en tres pedazos, casi la pérdida del ojo izquierdo y un dolor que hasta el día de hoy le persigue en algún espacio indefinible, volátil, de su cabeza. Eso sí, ya nunca volvió a jugar al futbol. Pienso que es prudente y más seguro para él. Además de que afuera del campo se le ve definitivamente mejor. A pesar de que, según los especialistas, esa cara de ido, como de encontrarse en otro sitio, en una realidad aparte y paralela, nunca desaparecerá.

Todo se compensa con recordar la inmensa alegría que gracias a su infortunio nos produjo a todos, al equipo y sus fieles seguidores, y claro, al mismo Gordo. Y es que cada vez que le mostrábamos el horrible trofeo, pero galardón la fin, le transformaba el rostro. Sí, por unos instantes siquiera la cara de antes le retornaba, incluso con mucho mejor semblante. Parecía de vuelta a este bizarro mundo, donde alguien, quien quiera que sea, le toca ser el héroe, al menos, una vez en la vida. Esté dentro de sus planes, o no.

 

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