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Cuento de fútbol / Ese día… se pareció mucho al cementerio

Por José M. Pascual.

Fue un día que, no sé por qué, lo recuerdo nublado y pálido. Un día que guardo en la memoria como grabado a fuego y que, no sé por qué, me esfuerzo en olvidar; un día que hubiera preferido vivirlo del lado de enfrente; un día en que las explicaciones quedaron enterradas bajo la sombra de tres postes blancos y una línea de cal pintada con desgano.

La llegada a la cancha fue una prolongada procesión de pies arrastrados y esperanzas golpeadas, de santos que no escucharon las plegarias y de rostros resignados al filo brillante del verdugo.

Las puertas se abrieron y esta vez no había apuro, las banderas flotaban en el aire con el mismo orgullo que muestra el sentenciado cuando rehúsa un último deseo. El verde se veía muy gris, las redes parecían cansadas, el cemento no era más que cemento y los alambrados estaban aburridos por el tiempo que había pasado sin que la alegría los zarandeara.

Pisé el tablón en el mismo lugar de siempre, paso a paso, ese recorrido, que nunca se me había hecho tan largo, parecía retumbar como el eco de aquellas tardes en que las sonrisas y los ojos bien abiertos iban al encuentro de los presentes de siempre.
Subí más alto, a lo mejor porque quería estar un poco solo, a lo mejor porque quería estar más cerca del cielo para sentirme más acompañado.

El partido comenzó como un trámite sencillo, la explosión de la tribuna visitante no encontró la respuesta de siempre en la local. Un nudo en la garganta impedía que la tibia brisa de himnos futboleros acompañe los giros de la pelota y las ganas que los jugadores ponían a pesar del horizonte oscuro.

Pasó el primer tiempo y el descanso no sirvió para otra cosa que para gritarnos en la cara que eso no era un sueño. Mirar la camiseta con esos gloriosos colores parecía nublar la vista del más duro. Sentir que los buenos tiempos quedaban atrás emocionaba al más insensible y lo que antes era fiesta, ese día, se pareció mucho al cementerio.

Cuando prácticamente todo había terminado comenzó a llover, o fui yo que empecé a llorar, no recuerdo; ya sé que los hombres no lloran, pero me parece que ese día aflojé. Estaba sintiendo en cada parte de mí: la pesadilla del hincha. Estaba viendo ante mis ojos como esa maldita tarde inolvidable se hacía realidad. Esa camiseta, esos colores, esas banderas no alcanzaron para secar las lágrimas ni calmar el dolor que venía de no sé qué parte del alma.

Y llegaron las palabras más tristes que el enamorado de la pelota puede pronunciar; el equipo, ¿hace falta que lo diga?, el equipo se fue al descenso; y con él se iba la camiseta, los colores, las banderas, los jugadores, el utilero, el canchero, el boletero, cada pedazo de alambre, las redes, el cemento y toda esa hinchada que poblaba esa cancha cada domingo.

No recuerdo el resultado, pero sé que, no sé por qué partido que se jugaba no sé dónde, la sentencia había sido firmada. Porque el fútbol tiene las postales más coloridas y felices, pero también tiene de las otras. Esas que sólo los que las vivieron en carne propia saben que gusto tienen. Pero faltaba algo, porque siempre hay algo más, porque si bien no recuerdo el día ni tampoco el resultado, no voy a olvidar nunca el tímido susurro que lanzado por el orgullo inundó toda la tribuna; ese que nos invitaba a ver más allá, a pensar en la vuelta, a soñar con el regreso de los buenos tiempos.

Ese susurro que terminó en estruendo, ese grito que tuvo más sentido que nunca y que decía: «Yo te sigo a todas partes donde vas, cada vez te quiero más…» Una frase que sólo puede entender el que estuvo en las buenas y en las malas, el que vio como unos simples colores pueden llevarte a la oscuridad de un día en el que todo puede irse al descenso menos el orgullo de serle fiel a un amor. Un amor maltrecho que aquella tarde me sonrió con resignada mueca melancólica desde la puerta del cementerio.

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