Columna LÍDEROtros

Cumplí un mes sin caminar

Ya pasó un mes desde el accidente y desde que quedé sin poder dar un paso.

Los días comienzan de noche. Antes del amanecer, el dolor en las piernas me saca de quicio, se hace insoportable. Siento que el pie derecho está gigante, inflamado, y que se está quemando. Acabo de cumplir un mes así desde el accidente, padeciendo el despertar de mi cuerpo y pensando a la vez en la inutulidad de la policía para buscar aunque sea un poco de justicia en mi caso.

La rutina ha cambiado. No pongo la alarma para levantarme a trabajar. Ahora, luego del dolor de todas las madrugadas, empiezo la drogadicción. A las 6:00 AM, gotas de Tramadol, dos pastillas de Acetaminofén, una pastilla más para la tiroides y la dura tarea de inyectarme en el estómago una droga llamada Clasina para evitar que se complique la “trombo” que apareció en mi pierna derecha. Eso toca hacerlo varias veces al día y sepa usted que es una dura tarea, acrecentada porque además debo tomar pastas de complejo B y una pastilla más para el dolor llamada Pregabalina. Repetir eso dos, tres, cuatro veces al día es exasperante. No se imagina cuánto.

El día se me puede ir pensando en la próxima inyección, en lo que viene para evitar el dolor, en la terapia para intentar mover las piernas, pero por fortuna hay tiempo para más. Un mes después del accidente que me dejó parcialmente inválido y que pudo matar también a mi esposa, dos cosas son constantes. La primera, imaginar al imprudente conductor tranquilo, sin remordimiento y sin temor al castigo, gracias a la omisión de la policiá. La segunda, el miedo a no recuperarme, lo que va de la mano del desespero, de no poder cambiar de posición en la cama sin dolor, de tener que pedir ayuda para ir al baño, para ducharme, para comer, para todo. De ser dependiente, de convertirme en una carga para los demás.

Un mes. Hasta ahora va un mes, pienso a cada rato. Y lo peor es que falta uno más para ver si puedo aunque sea apoyar los pies en el piso, según dijo mi médico. Es lo normal y eso es lo aterrador. ¡Un mes más como estoy hoy en día, sentado o acostado, es una eternidad! Por eso pregunto por qué aún no ha pasado nada. El “importaculismo” en Colombia es absoluto. Mi caso, gracias a la solidaridad de los medios y los colegas periodistas, se ha dado a conocer en Noticias Caracol, RCN, City TV, Noticias Uno, Especiales Pirry, Blu Radio, KienyKe.com y otras empresas dignas de rating y no ha pasado nada.

La presión mediática en este caso, aunque plausible, ha sido prácticamente inservible. He dicho hasta la saciedad que espero que el Helm Bank, propietario del Mercedes Benz C 200 que me estrelló, aparezca, así como su locatario, Correval SA. Sin embargo, lo que he recibido es solo una pregunta por teléfono del abogado del victimario: que si nos vimos afectados con mi esposa en el accidente. Imagine usted semejante cachetada a la realidad, semejante pregunta cuando la vida se me está pasando en una silla de ruedas. Lo demás ha sido poco: la posibilidad de una reunión para saber en qué estamos.

He acudido a la policía, desde luego. Y sigo sin entender por qué no puso siquiera un comparendo el día del accidente. Camilo Nariño Trespalacios, el niño de 23 años que aparece como responsable del choque, siguió su vida como si nada, como si en lugar de casi matarnos se hubiera pinchado y hubiera dejado el carro botado. Mi abogado con su equipo investigador ha pedido videos del accidente, pero la policía dice que no hay, que en la 187 con autopista norte no hay cámaras. Cada vez que lo recuerdo me suena irreal tal respuesta, pues ahora todo está grabado y, fuera de eso, si hubiera solidaridad por parte de la policía, me darían la mano para conocer los videos de calles anteriores al accidente. Al menos así la gente se podría dar cuenta de que este sujeto cometió una irresponsabilidad de enormes proporciones, que con su manera de conducir bien sabía que podía matar a alguien, como casi pasa. Pienso también que si fuera extranjero o de la CIA hace rato la policía habría dado con los responsables.

Un mes después del brutal choque, quiero que la gente sepa que está muy mal quedarse callado ante los atropellos, quiero ver la cara de los que han hecho mi vida un purgatorio y quiero saber al menos qué piensan.

Ya llevo un mes sin poder caminar y pienso que si el amor duele, una erección es una tortura. Literalmente, así lo padezco. Mi cuerpo responde de a poco y todo indica que va en mejoría. El dolor, dicen los médicos, se produce por la reactivación de los nervios atrofiados con el golpe. A pesar de todo, de llorar tantas veces por este destino, no me desanimo. Sé que aún faltan varios meses para saber cómo termina esta historia y el final es lo que vale. Como en un partido de fútbol, no importa jugar bien si a la postre pierdes 1-0. Queda lo que ya les dije en este texto, la incertidumbre y la indignación, pero no puedo terminar sin reconocer, casi con fantasía, tantas voces amigas que me han mostrado su apoyo y esa lección que muchas veces pasamos por alto: nada como la familia. No somos nada sin ojos que nos miren con amor. Solo, jamás me podría recuperar.

Javier Borda Díaz
Periodista
Twitter: @javieraborda
3112090887
javieraborda@hotmail.com

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