Columna LÍDEROtros

De Boyacá y sus campos, al Camp Nou

 

Por: Orlando Buitrago Cruz.

En los años sesenta, fui excelso guardavallas de un equipo de banquitas del noroccidente de Bogotá. Participé en torneos que contaron  con la presencia de River, Botafogo, Estudiantes de la Plata, Emelec, Barcelona, Real Madrid, Dínamo, Nápoles de Italia y el Gornick de Polonia. Claro está que, esas escuadras estaban integradas por cundinamarqueses, bogotanos, boyacenses, costeños, vallunos, paisas, llameros, pastusos, santandereanos, amazónicos, opitas y tolimenses,  que le plagiaban la razón social a equipos del exterior.

                  

Ninguno de los jugadores de los equipos antes citados había hecho un viaje más largo que el de su tierra natal  a Bogotá. Los que éramos de aquí a lo sumo habíamos ido a Chía, Usaquén, Fontibón o Soacha a comer fritanga, y los de familias medio “acomodadas” conocían Melgar, Mesitas y Girardot.

Los únicos que habían tenido algún contacto con el exterior eran un pastuso que muy niño vendió hervidos en el lado de allá del puente Rumichaca,  un cucuteño que había ayudado a sus padres a cargar costalados de contrabando provenientes de San Antonio del Táchira, y un leticiano que habían perdido la virginidad en un burdel de la frontera con el Brasil.

Con mucho orgullo, debo señalar,  que el único equipo que tenía nombre criollo, era el mío, se llamaba: SATUPSOL. Siempre que me preguntaban por la procedencia de dicha denominación, muy comedidamente solicitaba que lo leyeran al revés.

Yo era titular indiscutible de SATUPSOL, tres  veces campeón del intercuadras de banquitas del barrio Tabora. Mi puesto era el de arquero, aquel que se reservaba a los troncos de la época, sin embargo me gané cierto prestigio porque casi siempre era la valla menos vencida de los torneos, pues como era bien chiquito, y bastante gordito, copaba todo el arco, y este quedaba como la Bogotá soñada: ¡Sin un solo hueco!

La charla técnica en mi caso era muy sencilla, y me la daba cualquier compañero del equipo: “Buitraguito, usted limítese a acomodarse bajo los tres palos, cúbrase los genitales con las manitos, por la cara no se preocupe que si le pegan a lo mejor se la arreglan… En cambio si me le pegan en la zona noble, me lo matan y nos quedamos sin la gónada del equipo”.

Otro de los motivos para ser titular indiscutible, era mi condición de dueño del balón: me lo había traído el niño Dios, pues por aquellos tiempos Papá Noel aún no había ingresado al mercado colombiano, a pesar de que su imagen aparecía en unos tarros de galletas que se consumían en Semana Santa acompañadas de un Copa de Vino Cinzano, el cual nunca podré olvidar, porque fue el causante de mi primera vomitada en estado de embriaguez (justo en la celebración de uno de mis títulos).

En mi calidad de arquero presidente, fui el encargado de colocarle el nombre al equipo, y así nació el glorioso SATUPSOL (reitero, léase al revés), el cual se hizo a un lado de la moda de colocarle nombres extranjeros a nuestras escuadras, la cual, de paso, fue el primer asomo de nuestra fiebre por equipos de otras latitudes: hoy todos, incluidos los periodistas y comentaristas, son hinchas confesos, del Real Madrid o del Barcelona (Yo me quedo con el sufrido fútbol del Arsenal).

Esta semana, después de más de 40 años, me encontré con “El Boyaco” Rodríguez, otrora defensa de SATUPSOL, quien tenía una bien ganada fama de coleccionista de tibias y perones, pues el balón rara vez fue su objetivo.

Hoy el “Boyaco” Rodríguez es alcalde de un pueblito de su departamento, y hace esporádicos viajes a un consultorio médico de Bogotá, en donde un homeópata le está solucionando sus problemas de flatulencia. Le pregunté por su vida, y le hice el interrogante futbolero de rigor:

Boyaco ¿Eres hincha del Patriotas o del Chicó?

Con crudeza me respondió:

Buitrago. No sea campeche. cómo se le ocurre. ¡Yo soy hincha del Barcelona!

 

Cualquier comentario  o insulto a orlandobuitrago10@yahoo.es

 

 

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