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Cuento de Fútbol / Dolorosa Pasión

Por: Mauricio Cabrera.

Llevaba años ocupando un lugar en las gradas. Su presencia, tan habitual como poco notable, llegó a convertirlo en parte del mobiliario. Ahí, desde las tribunas, había tenido oportunidad de presenciar miles de partidos y de estar compartiendo recinto con millones de personas, mismas que no dejaban de aburrirlo con los comentarios de siempre.Estaba harto de tener que guardar silencio ante las pláticas de los supuestos conocedores, que no por abundantes dejaban de ser una auténtica pesadilla para los que tienen la mala fortuna de estar a unos cuantos metros de ellos. Pero esa no era la única categoría repudiada por él; también estaban los que disparan insultos a una velocidad endemoniada o los que asisten al estadio con la firme intención de salir embrutecidos por el alcohol.

No todo era malo, debía reconocerlo. Gozaba cuando el asiento de al lado era ocupado por alguna bella mujer, aunque el gozo no se equiparaba al asco que le producía el hecho de observar a un hombre con el estómago inflado gracias a la bebida etílica que inunda los eventos deportivos en México. Para su mala fortuna, lo segundo era mucho más frecuente que lo primero. En ocasiones, y debido a un inusual fenómeno de sinceridad, se sentía culpable por odiar a los que tenían la libertad de realizar lo que a él, por los propios materiales de los que está constituido, le resultaba imposible. Sin embargo, presentía que su momento llegaría. Y no se equivocó…

Condenado desde el mismo instante de su concepción a ser un fiel seguidor del cuadro local, ya estaba acostumbrado a los fracasos del equipo de casa y se había vuelto mucho más frío a la hora de analizar las derrotas. “El futbol siempre da revanchas”, pensaba. Por ello, nunca entendió la pelea suscitada tras la eliminación en la Copa Libertadores ni mucho menos la invasión de aficionados dispuestos a terminar con todo lo que pudiera asociarse al rival, el cual tuvo como única culpa el haberse impuesto a un cuadro soberbio y con escasa hambre de triunfo.

Al estar observando dichos incidentes, meditó sobre las posibles sanciones y se imaginó un castigo fuerte por parte de la Confederación Sudamericana de Futbol. Sin percatarse de ello, lo que tanto había añorado tocaba a la puerta, tal y como lo comprobaría dos días más tarde, cuando uno de los intendentes dejó su periódico tres filas más arriba de su posición; el fuerte viento que azotaba la Ciudad de México se encargó de desperdigar las páginas del diario hacia todas partes; una de ellas, la portada, fue a estrellarse justo en su rostro; teniéndola tan cerca y con su casi obligatorio interés por el futbol no pudo más que conmoverse inmensamente ante una noticia que a muy pocos agradaría: “América y Toluca jugarán a puerta cerrada en el Azteca”.

A lo largo de la noche previa tuvo dificultad para conciliar el sueño. Por primera vez estaría convertido en el foco de atención y se sentía privilegiado por ser el elegido para representar a la afición en tan importante capítulo. Los demás asistentes serían los presuntuosos directivos acompañados por sus respectivas familias, los representantes de los distintos medios de comunicación y uno que otro colado carente de relevancia. Pasó largas horas pensando en qué tanto disfrutaría su sueño y en el regocijo que viviría al sentir que la actuación de su escuadra estaría dedicada a él, el monumento realizado con la intención de honrar a los que contradictoriamente lo ignoraban.

El sol hizo su aparición. Los sonidos típicos de cada mañana comenzaron a escucharse. Pájaros sobrevolando el hermoso terreno de juego y la presencia de ciertos empleados administrativos de segundo orden eran los únicos elementos capaces de romper con la calma y la pasividad que se respiraba en el ambiente. Nuestro célebre personaje hacía todo lo posible para olvidarse de la emoción que lo embargaba: estiraba los dedos discretamente, tanto que ningún ser humano pudo darse cuenta, y se perdía en la siempre seductora magia de los recuerdos. Así permaneció un buen rato, hasta que ya no pudo abstraerse de la indescriptible sensación de protagonismo que le hinchaba de placer el corazón y que lo transformaba en un ser prepotente y hasta cierto punto burlón. “Hoy, buena parte de los que han evitado mirarme darían lo que fuera por estar en mi lugar”, era lo menos que alcanzaba a decirse, siempre con una leve sonrisa. Una vez que terminó de alabarse, decidió descansar y esperar a que el ruido se hiciera cargo de señalarle la aproximación del cotejo que, con absoluta certeza, marcaría su existencia.

El ruido atronador del sonido local puso punto final a su inactivad. De acuerdo con lo que tuvo ocasión de apreciar, durmió más de lo que él mismo había presupuestado, pues el rectángulo verde se encontraba cubierto por mantas de los patrocinadores y la publicidad estática ya funcionaba correctamente. Acto seguido, y guiado por una extraña incomodidad sobre los hombros, se miró de reojo y se sorprendió al ver que, durante su siesta, personas no identificadas lo caracterizaron como un aficionado común y corriente; vistiendo una playera, que por lo menos era oficial y portando una banderola verdaderamente desechable. Pero faltaba lo peor.

Al inclinar sus ojos se topó con un vaso de cerveza a un lado suyo, lo cual no le hubiera molestado de no ser porque estaba completamente vacío. “Los muy arrogantes me quieren hacer ver como un maldito bufón”, explotó lleno de ira. Sin embargo, no tardó en aceptar las escasas bondades dentro de lo malo y concluyó que la escena de la que formaba parte le sería de utilidad para aumentar el magnetismo que tendría más adelante con los medios de comunicación.

Mientras se adaptaba a la idea de parecer un auténtico payaso, un grupo de jóvenes comenzó a recoger las mantas que se localizaban sobre la cancha. Síntoma inequívoco de que la contienda estaba a escasos minutos de comenzar. No dejó de llamarle la atención el negocio que se genera alrededor del balompié. “Hasta sin gente venden espacios publicitarios”, se dijo tratando de asimilar la explotación comercial que se vive en un mundo que siempre le será desconocido.

Poco tiempo tuvo que transcurrir para que se registrara un notable aumento de vida dentro del estadio. Los periodistas y fotógrafos ocuparon sus lugares; el himno del América calentaba las obsoletas bocinas del Coloso de Santa Úrsula y los palcos de ambas directivas lucían repletos, especialmente el de los visitantes, parecía que hasta el perico estaba ahí dentro. Su añorado contacto con las cámaras no tardó en presentarse: dos expertos de la lente se acercaron a él y lo fotografiaron sin siquiera pedir permiso; un camarógrafo de la televisora de casa lo enfocó. No podía creerlo, su figura era vista en red nacional, millones de personas estaban siendo prácticamente obligadas a rendirse ante la imagen de una estatua.

¡Que alegría! Su sueño había dejado de serlo para convertirse en una realidad, y eso que apenas era el comienzo. Imaginaba lo que sucedería cuando, de acuerdo a sus deseos, los locales anotaran y los reflectores volvieran a centrarse en él, la estatua que gozó el privilegio que muchos desearon…Es mentira que soñar no cuesta nada, como le quedaría claro más adelante.

El partido comenzó. Ambos equipos presentaban ausencias debido al llamado recibido por parte de algunas de sus principales figuras a sus respectivas selecciones. El cuadro urgido de obtener la victoria era el América, por lo que no dudó ni un instante en pensar que vería un buen espectáculo. Transcurrieron los primeros quince minutos y nada pasó. “Se están estudiando mutuamente”, decía con confianza el afortunado aficionado y remataba: “Es cuestión de tiempo”.

Un cuarto de hora más adelante, su confianza ya no era tan firme: los americanistas seguían sin inquietar al rival y los medios no tenían motivo para voltear a ver a la inexpresiva estatua. “¡Bah! En cuanto se produzca la anotación seré, de nueva cuenta, el protagonista de las gradas”, insistía buscando encontrar su propio convencimiento. Llegó el silbatazo que indicaba la finalización de la parte inicial. Su experiencia le hacía presentir que el momento de felicidad, tanto para él como para los locales, no llegaría aquella tarde. No obstante, se apoyaba en su corazón para afirmar: “Saldremos de los vestidores con mayor determinación. Cuauhtémoc hará de las suyas y yo estaré ahí para dar la cara en la televisión y en las portadas de los medios impresos”.

El receso le pareció aburrido y desesperante. Él sabía que en esos momentos lo único que importaba para los hombres de negocios era la venta de espacios comerciales, por lo que su presencia pasaría inadvertida.

Los equipos volvieron a escena. Incomprensiblemente, el estratega azulcrema no realizó ninguna modificación al once inicial. “Espero que al menos haya hablado con ellos respecto a la actitud”, se permitía mencionar la inexpresiva estatua, sin saber que más tarde perdería aquella esperanza. Hugo León pitó la reanudación del cotejo. Se mantuvo el ritmo semilento, predecible y rutinario que caracterizó la primera mitad. A los diez minutos, Ariel González venció a Cristante, pero la pelota se estrelló en el poste. “Los rojos se salvaron. Ya será para la próxima”, se animaba el monumento.

El tiempo siguió corriendo a la misma velocidad con la que se extinguía la vida americanista. “No me hagan esto, regálenme un gol”, suplicaba fervientemente. El regalo no tardó en llegar. Para su mala fortuna, quien hizo caso de su petición fue Israel López mediante una anotación que sentencio la eliminatoria. “Ya todo está perdido. ¡Maldito futbol que no conforme con haberme convertido en su esclavo es incapaz de darme un día de gloria¡ ¡Por favor, que termine este suplicio!”, rogaba con dolor. Y sí, el partido acabó. La estatua al aficionado volvió al anonimato y los físicos poco agradables de los directivos del Toluca se llevaron la atención.

Empleados del estadio cuentan que desde ese día, 30 de mayo del 2004, los ojos del monumento evitan observar el centro del campo. Aseguran que su mirada está puesta en el vacío y que el hasta entonces fiel aficionado a los dueños del Azteca decidió olvidarse por completo del futbol, evitando pensar en el motivo original de su creación y descreyendo de una pasión que no le correspondió como él esperaba.

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