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El blanco de la enfermera y el colorido del equipo amado

Por: Orlando Buitrago Cruz.

Todos los días, desde que salimos de casa, nos estamos cruzando con un aparentemente romántico paisaje de gente uniformada:

El policía de tránsito escondido tras un árbol: esa es la hermosa variedad de los ecosistemas. Para los perros los árboles son simplemente un inodoro, para nuestros valientes guardianes del flujo vehicular son una trinchera en donde encuentran su más sentida inspiración para escribir comparendos.

El portero fascista (a pesar de haber votado por Gustavo Petro): que nos somete a un duro interrogatorio antes de dejarnos entrar al edificio. De milagro nos salvamos de choques eléctricos con su bastón de mando, los cuales hubiesen sido posibles en un eventual gobierno de “Pachito” Santos.

La secretaria de falda breve: que mantiene su cargo a pesar de que escribe cajón con “G” (bueno, pobrecita, no me voy a ensañar con ella, un error lo comete cualquiera).

Los chicos somnolientos que van al colegio, con cara de oposición a la ropa que llevan puesta: Los uniformes escolares a través de los tiempos se han caracterizado por su permanente distancia con la moda, y generan sospecha en torno a si acaso no son el punto de reciclaje de telas a cuadros, o de paños de  colores rechinantes, que parecen haber sido manteles alguna vez.

Lo cierto es que gran parte de la ciudad está uniformada: el mesero del  restaurante, la cajera del supermercado, lo empleados de las empresas… y  en todos hay un rasgo común: los uniformes causan el mismo placer estético que podría generar un carro visto por debajo, son usualmente horribles, y en el mejor de los casos insípidos.

La excepción es el uniforme de las enfermeras, ellas sí lucen bellísimas con sus atuendos mayoritariamente blancos, y son mi única razón para no salir corriendo cuando veo una aguja hipodérmica, todo lo contrario, me quedo pegado a la silla o con ojos soñadores acostado bocabajo sobre una camilla (aclaro, si es un enfermero, por supuesto que salgo corriendo, y los motivos son múltiples, ni de fundas me pongo bocabajo en la camilla).

Un uniforme tiene una densa carga sicológica y social, va mucho más allá de una manera de vestir. De hecho, a su alrededor hay debates encendidos, y se les ha sentado en el banquillo acusados por sus connotaciones muchas veces opresivas, discriminatorias y clasistas.

Lo cierto es que los uniformados casi siempre pertenecen a Juan pueblo, los poderosos no se ponen uniformes, salvo contadas excepciones (como por ejemplo los altos rangos militares). Sería curiosamente interesante uniformar a algunos estratos altos de la sociedad, a gran parte de nuestra clase política podría venirle bien un uniforme de rayas transversales blancas y negras.

Para algunos el uniforme es símbolo de esclavitud, de discriminación y una manera odiosa de refregarte cuál es tu papel en el colectivo social.

Para otros el uniforme es el que te hace sentir parte de un colectivo, crea identidad,  genera lazos afectivos y determina una serie de comportamientos.

A lo mejor el uniforme permite hacer ejercicios de doble personalidad, una cosa eres cuando lo portas y otra cuando caminas con ropa de paisano, puedes pasar de valiente a cobarde (como puede suceder con un policía), o de obediente de normas a anarquista (como pasa con muchos estudiantes).

En los últimos 30 días he sabido de tres reacciones airadas a causa de un uniforme:

 

1.     El tribunal en donde se juzga al depuesto presidente egipcio Mohamed MURSI suspendió la sesión porque el reo se negó a vestir el uniforme de acusado. 

2.     A Margarita, una vecina mía, de edad digamos que post adolescente, la monja rectora del colegio la condenó a 37 padrenuestros y 37 avemarías por llevar la falda del uniforme 37 centímetros más arriba de la rodilla (semejante lio por tan poquito territorio me parece una exageración). Cabe señalar que mi vecina debería estar ya en la universidad, pero cierta histórica indisciplina la mantiene estacionada en la secundaria.

3.     A Santa Fe la DIMAYOR lo multó por jugar 45 minutos sin uno de sus uniformes oficiales frente al CHICÓ.

 

Que a un reo le suspendan el juicio por no estar uniformado, me parece retrogrado, que a Margarita la hayan puesto a rezar por su noble intención de ahorrarse un poquito de tela, también me parece retrogrado, pero que a SANTAFE  le hayan multado por no portar su uniforme oficial me parece un acierto.

 

Al contrario de lo que pueda suceder en otros renglones de la actividad social en donde el uniforme si es un signo de opresión y discriminación, en el fútbol tiene un valor simbólico fraterno. Últimamente los equipos han optado por modificar intempestivamente su indumentaria, y a veces uno no sabe si el que está en la cancha es el equipo amado o el de un banco, o el de un taller de latonería y pintura, o el patrocinado por el supermercado de un barrio popular. Ello no deja de lacerar la identidad y el sentido de pertenencia.

 

Hay dos cosas con  las que nunca podré transar: que me cambien el histórico uniforme del equipo amado, o que me cambien la indumentaria de las bellísimas enfermeras.

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