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Cuento de Fútbol / El día que me recibí de hincha

Por: Mario Meriano.

El día amaneció raro, lluvioso; como presagiando la tragedia deportiva venidera, como si el diós del sol se conjurara para amargarle la fiesta a los mas de seis mil que íbamos a estar esa tarde ante la mirada atónita de la historia futbolera de la región, ante la serena y altiva resurrección del balompié de nuestra amada Concepción, ante la fulgurante y extraordinaria sensación de que nosotros, los seis mil que íbamos a ir esa tarde podríamos con los dos mil que venían de allá, de la urbe, de donde Dios atiende a pesar de que esté en todos lados…


y sabíamos que los que venían eran experimentados personajes acostumbrados a la amargura corrosiva de la derrota y a la fortificadora sensación de la victoria, pero en cambio nosotros, nosotros necesitábamos esto como el agua, hacía 7 años que no rascábamos nada desde el enorme equipo de Atlético Uruguay jugó el nacional, nosotros veníamos cabizbajos y sedientos vagando por el desierto de las frustraciones futboleras.

Nosotros éramos todos, éramos el quiosquero, éramos el diariero que la mañana de ese domingo nos había despertado con los gritos más resonantes y eufóricos que otros tantos, éramos Rodríguez y Espiro en lt11 (la radio de la ciudad) queriendo relatarnos lo que esperábamos, éramos los 50.000 de la ciudad y muchas más de los pueblos aledaños detrás de una ilusión y una esperanza, no había equipo ni de uno ni de otro, porque yo ni siquiera era del Lobo, yo era soy y seré de Almagro, del taita del América, pero esto era diferente, esto no era un club, era una ciudad y muchas más porque sé de gente que se venía desde muy lejos para verlo y no solo este partido, se venían todos los domingos para ver al Noni Alba tirar los tiros libres, a Carlitos Valente señorial de la zaga mandando y controlando a cada paso, al nono Díaz que tenía mas huevos que el gallinero de mi abuela; perdón del exabrupto, pero es que me pongo a recordar y se detiene el tiempo en esos mágicos domingos del Boulevard Irigoyen de camino a la cancha, después de comer los ravioles caseros o un asado y ante la soledad y la rectitud infinita y perpetua de la nombrada avenida marchaba cual soldado a una guerra de alambrado e insultos insipientes al juez de línea que tocaba aquella tarde; con el girasol en una mano, una mandarina en la otra y por supuesto infaltable, mi radio y mis auriculares para escuchar la previa del partido; perdón que me valla por las ramas, ¿ donde estaba?… ah ya sé ahora me acuerdo del enorme Jorge Herrera, arquero más respetado de toda la provincia, de Manzanita Almirón dueño de la banda izquierda, del gran Aldo Rolaiser… perdonen que me explaye y divague ante la anarquía que ofrecen mis dedos al teclado, es que esa tarde…

Ahora me acuerdo de la formación: Jorge Herrera; Carlos Valente, Ángel C. Rojas, el “pichi” Lorusso y Manzanita Almirón; Aldo Rolaiser, “pocho” Sánchez, el “nono” Díaz y el “noni” Alba; Claudio Gutiérrez y Fabio Bujón; esos eran los once, que por lo menos me acuerdo; disculpas eternas a los demás que formaron parte del batallón, pero mi precocidad y mi anhelo de recuerdo limitan la fortaleza mental para rememorar tantos apellidos ilustres y merecedores de tamaña distinción.

Y muchos podrán decirme ahora, y ! pero… si Atlético (eterno rival de Gimnasia y primer equipo de la ciudad que había jugado un nacional y nada menos que contra River, Huracán, etc.) había hecho lo mismo, inclusive algo un pelín superior; ya lo sé, ya lo sé; y no por quitarle protagonismo a semejante hazaña y tamaña proeza mesopotámica, este hecho, este acto, este camino trazado desde hacía miles de momentos y de tardes de sol con las pipas del girasol atragantadas en la garganta, no mancharían aquella intachable trayectoria de los Velazquez, Carlitos Jiménez, Mario Artusi, Mario Wurtz; etc.; pero entienda querido lector, que yo en el 83, cuando pasó lo del nacional era un niño de 6 años incapaz de recorrer a solas la distancia que separaba el estadio Simon Luciano Plazaola de mi humilde casa, que si lo pensamos bien no era muy distinta que la que recorría para ver a este mágico equipo del 91; con la insalvable diferencia que, cuando uno tiene 12 años y ama el fútbol por sobre todas las cosas, excepción irrefutable del amor a la familia de por medio; decía que con 12 años uno era, en un país como el nuestro y en aquella época, lo suficientemente independiente para decidir salir un domingo de su casa a las dos de la tarde y volver a las ocho de la noche con la garganta rasposa y el corazón encogido, los ojos repletos de várices que denotan la tristeza profunda de la derrota o la exaltación eterna, extrema y absoluta de la victoria;.

A esa edad uno comenzaba a nadar en el extenso facultativo que todo argentino debe superar cuando comienza o forjar su adolescente sentido del deporte rey; comenzaba a ser técnico; si, me escucha bien querido lector y usted lo sabe mejor que yo, porque a usted le pasó lo mismo, puede que haya sido más tarde o mas temprano, pero usted también paso por aquellos exámenes que requerían memorizaciones de alineaciones propias y ajenas (las mas difíciles); aquellos movimientos delicados de comprender y mas aún de plasmar en un papel cualquiera que encontrásemos, cuando el miércoles o jueves abríamos el diario y nos ponían el equipo confirmado del venidero domingo; pero la pucha… otra vez estoy divagando…

La tarde estaba fría, 26 de mayo de 1991, final del campeonato regional ¿saben quién había sido el árbitro del partido de ida?… El Sheriff Castrilli, si señor, empatamos 1 a 1, lo tuve que escuchar por la radio porque fue difícil que mis viejos, que respetaban mis deseos de asistir a los partidos de local, me dejaran viajar a Buenos Aires para ver el partido de la ida… había sido una semana antes y lo teníamos todo para ser campeones, para dar la vuelta, para ascender al Nacional B y tener derecho a jugar un dodecagonal por un ascenso a primera división, ¿se imaginan?, que fiesta montamos, mamita; como estaba el Boulevard Irigoyen, a las 11 de la mañana, cuando llegamos a la cola, y digo llegamos porque ese día no fui solo y aquí radica gran parte de mi emotivo relato; había como cuatro cuadras de gente, se vendían banderas, gorritos, paraguas(estaba lloviendo); la gente pasaba con los autos y gritaba alentando a un equipo del que seguramente ni siquiera eran hinchas; quizá fueran de Parque Sur, de Rivadavia, de San Martín de Herrera, de defensores de Colón, pero en realidad eran ellos, los hinchas de todos los equipos, lo iguales a mí; estando en la cola miré al cielo y me dije, pero si yo soy como ellos, yo soy de Almagro y acá estoy, como si viera mis colores reflejados en esa camiseta, es ese emblema regional e histórico en el que se había convertido, en esa ilusión monumental alimentada por la masa necesitada de logros ajenos para fortalecer el alma repleta de derrotas propias y llenar el corazón del sabor de la victoria que, a esta altura de la circunstancias, era propia; jugábamos todos, los once que les nombre, los suplentes, nosotros los hinchas, el diariero de la mañana temprano, el quiosquero… todos estábamos tirando del carro alentador y esperanzador hacia el final del camino donde nos esperaba la gloria mas fulgurante y absoluta, la de sentirnos parte de un todo que hablaba de fútbol, de un país que lame sus heridas sociales con la lengua de este sensacional deporte, que digiere sus diferencias culturales y las expulsa a la tribuna popular de la igualdad, porque los que estarían en la platea y los que íbamos a estar en la popular, queríamos exactamente lo mismo, nos disgustaba exactamente lo mismo y lo mejor de todo, luchábamos todos por lo mismo… aquellas sensaciones hacían de esto algo místico, yo sé que el fútbol siempre fue así, pero esto tenía algo diferente…

El partido creo que comenzó a las tres de la tarde, frío y lluvioso día de mayo, no me voy a explayar mucho en su desarrollo ni en detalles insulsos que denotarían y delatarían mi precocidad e inmadurez técnica de aquel momento; usted señor, señora que estuvieron ahí se acordaran, pero para el lector que no lo sepa, el partido termino, en los 90 minutos, 1 a 1, ¡por diós! Que manera de sufrir y en un momento lo veo a Aldo Rolaiser que se agacha y en un gesto de guerrero herido y maltrecho, pone sus dos palmas de las manos apoyadas en cada una de sus rodillas y me di cuenta que la cosa iba a ser apocalíptica, si este tipo que jugaba de cinco y se los comía vivos a todos estaba así…, claro yo tenía doce años, en el campito jugábamos tres horas seguidas y nos íbamos porque se acababa la luz o porque estábamos locos del hambre que no dábamos más, pero que él después de 90 minutos en cancha llena de barro y lloviendo, el la final de un torneo regional dejara caer sus rulos desde su inclinada cabellera me alarmó.

Quedaban 30 minutos, recuerdo como gritaba la gente, nunca los había visto tan unidos y con tanta sed de victoria, como si el agua que había caído desde las primeras horas de la mañana no fuese suficiente para calmarlos, sedientos seguían alentando como el primer momento de las once de la mañana en la cola para entrar.

Terminaron los 120 y había que ir a penales…

Si no recuerdo mal, fuimos a patearlos a donde estaban ellos, vos sabes que en ese momento sentí una sensación rara, mire hacia el cerrado y tenebroso cielo que se abalanzaba sobre el campo como un infierno sombrío y me dije a mi mismo, esto me huele mal… y como un martillazo sublime y perpetuo, doloroso y ardiente, el destino quiso que ellos ganaran 3 a 1 en los penales, el cielo se salió con la suya, la historia machacó sin piedad los anhelos de seis mil que no habíamos parado de alentar, de muchos miles que lo escuchaban por la radio y yo con 12 años no entendía porqué carajo después de tantos domingos de sol a las cuatro de la tarde volviendo por el Boulevard Irigoyen con la garganta rasposa de gritar la canción de la victoria, hoy, justo hoy, tenía que volver a casa con las várices rojas de las lágrimas de la derrota, con el corazón en el puño de la desazón, justo hoy que yo había hecho un trato con la historia, que me iba a recibir para siempre de hincha, que me pondría la camiseta de la hombría gloriosa y recordaría después de 20 años que estuve aquel 26 de mayo del 91; cuando me doy vuelta veo que mi hermano, el verdadero hincha, el que sentía los colores de la camiseta, el que había jugado toda su vida en Gimnasia y Esgrima de Concepción del Uruguay, sonreía tímidamente como queriendo evitar la inevitable catarata de tristeza que pretendía brotar de sus pupilas, en un acto irreprochable de gratitud y respeto a aquellos once y sobre todo a aquellos seis mil que estábamos allí, comenzó a aplaudir hasta que las palmas de las manos se le quedaron rojas y todo el estadio se fundió en un eterno y perpetuo aplauso hacia aquellos hombres, que a pesar de la derrota, derrochaban orgullo y fortaleza e indicaban el camino que había que seguir para llegar al inevitable destino que a la postre le esperaba al fútbol de nuestra, hasta ese momento, olvidada ciudad…

Entonces una pequeña y sigilosa lágrima me empezó a escapar sin querer y bajaba lentamente por la mejilla izquierda hasta que inevitablemente dio sin más con la parte superior de mis labios, entonces comprendí que ya no era la lágrima del sabor de la derrota, era la lágrima de la felicidad de la victoria y entendí con tan sólo doce años que en el fútbol como en la vida no hay que ganar para ser campeón, que se puede ser campeón como estos tipos, que se puede ser campeón como estos seis mil que estaban en la cancha, como esos que estaban en sus casas escuchando la radio y la vuelta a casa fue llorando, pero por la felicidad de lo que mi amado deporte me había enseñado con tan sólo doce años

Fuente: http://www.cuentosdefutbol.net/2010/12/el-dia-que-me-recibi-de-hincha.html

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