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El dueño de la pelota

Por: Ricardo Plazola

Libro: Pelotas chicas, pelotas grandes.

A mí me pusieron Diego por Diego. Es decir, un destino marcado. Por mí, encantado. Por mi viejo, más todavía. El había jugado en la primera del club  Compañía General, hasta que por trabajar tuvo que dejarlo.

Yo me pasaba la tarde en el patiecito de atrás, con una pelotita de tenis pelada, y pateaba con la derecha y con la izquierda, le apuntaba a los sifones o jugaba a meterla en el hueco que se formaba entre dos cajones, y sólo paraba para comer.

Me levantaba y antes de ir al colegio pasaba por el patio para pegar dos o tres tiros, todavía con la tostada en la mano. Y en el colegio no había otra cosa que hacer en los recreos que pegarle a una chapita o a un bollito de papel.

Cuando entré a las inferiores de Compañía no había pibes tan chiquitos como yo. Fue la gloria  cuando me puse la camiseta y se la mostré a mi viejo que se reía. O lloraba, no sé. En el pueblo  decían que a los pibes de Compañía siempre los estaban mirando tipos del Renato Cesarini o de Central Córdoba para llevarlos a jugar a Rosario, y para después pasarlos a Central o a Ñuls. Yo imaginaba ya mi destino inexorable: jugar primero en Rosario y luego en Buenos Aires. El problema era que me pidiesen de River. Sería mejor que no dijera que era hincha de Boca.

Pero mucho antes de entrar a Compañía, mi cancha favorita era la de la parroquia que estaba a dos cuadras de mi casa. La parroquia del padre Toni, un gran tipo.

Toni había levantado no sólo la canchita, con una pared a la altura de una persona para que la pelota saliera menos, y alambres detrás de cada arco. Había hecho una casita para él y un comedor para pibes. Ahí tomábamos un mate cocido después de los partidos que se armaban casi todos los días. Toni siempre tenía preparado mate cocido. Los domingos, después de misa, además de  un mate cocido nos comíamos un alfajor. Si podía, yo manoteaba otro y se lo llevaba a mi hermanita más chica.

Ahí pasé largas tardes con el padre Toni. El me enseñó catecismo, y luego me entrenó para ser monaguillo. Yo admiraba a Toni por su sacrificio, porque siempre estaba contento y porque nunca se cansaba. Yo quería ser como él, alguien al servicio del prójimo. Un día le pregunté como se hacía para ser cura. Me dijo entonces que esperara, que quizá Dios me llamara. Recién entonces podríamos hablar de estudiar para cura, recién cuando fuera mucho más grande.

Toni era de Excursionistas, un equipo de Buenos Aires, de donde él venía. La Máquina del Bajo, decía Toni, “por el Bajo Belgrano, mi barrio”, decía. Yo me hice hincha de Excursión y los lunes le preguntaba cómo había salido. No podíamos ascender y seguíamos en primera C. Toni decía que los de Defensores de Belgrano eran todos gallinas.

Él me planteaba claramente el dilema: “Jugador o cura, las dos cosas no vas a poder”. Yo pensaba que, sin embargo, a veces Toni se levantaba la sotana y entraba a la cancha a jugar con nosotros un ratito. Yo iba a poder estar en una parroquia, entrenar a la noche, dar misa los domingos y a la tarde jugar.

Un día, Toni nos armó un paseo: ir a la iglesia del centro, que tenía un patio trasero enorme, con tres canchitas de mosaico  y arco con redes. Era para jugar un campeonato relámpago con otras dos parroquias. La salida incluía confesarse, ir a misa y desayunar. Un día perfecto.

La iglesia era enorme. Bancos de madera de esos que tienen una tabla para poner los pies, en dos filas largas, y santos contra las paredes de los costados, una fuente enorme de agua bendita, y dos confesionarios de madera antigua, para confesar a dos personas a la vez. Y muchas velas, y muchas luces. Y un techo altísimo. Era una iglesia como yo había visto solamente en televisión. Una catedral.

La misa me emocionó. Fue un poquito más larga que las de Toni. El cura tenía tres monaguillos vestidos como de fiesta, bien planchada la ropa y reluciente, y no se equivocaban como nosotros, ni se reían. Lo que más me gustó fue la música, que retumbaba, y la voz maravillosa de esa mujer cantando “ave… ave María…”

Cuando terminó la misa, como nos había prometido Toni, nos dieron un desayuno de primera: chocolate o mate cocido, una medialuna y un alfajor. Y enseguida, lo mejor: el patio.

Efectivamente, era enorme. Tres canchas, una al lado de la otra. Los arcos eran de caño y tenían red. Arriba había aros de basquet. Detrás de cada  arco había alambres para que la pelota no rompiera ventanas o se fuera a la calle del otro lado. El piso era de mosaico y estaba todo pintado con rayas y líneas rojas, azules y amarillas. Una de las canchas tenía faroles para jugar de noche.

Nos armamos por edad en tres equipos. Mi partido lo empatamos. Los otros chicos jugaban muy bien. Uno a uno. Después nos tocó esperar que se jugara la segunda ronda y me quedé viendo el partido. En el entretiempo, cuando todos los chicos entraron a pelotear, yo me quedé mirando cerca de la puerta de metal que estaba abierta para ir a buscar alguna pelota que se fuera a la calle.

De pronto, una pelota efectivamente saltó la pared y salí a buscarla. Demoré unos segundos en encontrarla porque había hecho alguna carambola rara y estaba debajo de un auto, atascada contra uno de los ejes. Me metí entre dos autos, acostado, y la saqué. Fue ahí, entre los dos paragolpes, cuando se me presentó la idea. Me quedé quieto, como para saber si la idea persistía y también si alguien me venía a buscar.

Salí por el lado de la calle, medio agachado, para que nadie me viera, y recorrí la fila de autos y colectivos con la pelota bajo la camiseta, hasta que llegué al colectivo nuestro. Por suerte, la puerta estaba abierta. Fui hasta el fondo del colectivo, levanté un asiento y dejé la pelota en el hueco. Y volví, asustado, azorado por lo que había hecho. Pero también pensaba en una pelota nueva, de baby fútbol, para la parroquia.

Pasé el resto de la tarde temiendo que alguien me hubiera visto, hasta que terminó el campeonato y llegó la hora de ir a confesión. Ahí me dí cuenta de que alguien me había visto: Dios. Me había visto pecando Dios. Entonces decidí que iba a confesar el robo de la pelota. No podía mentirle al cura, Dios sabía todo. Dios me iba a perdonar. La fila de la confesión fue bastante rápida a pesar de que había muchos chicos porque eran dos los curas que confesaban, en los confesionarios dobles.  Cuando confesaban a uno, el otro ya estaba del otro lado, arrodillado y listo. Hasta último momento me decía  que no podía ocultar el robo al cura, que no le podía mentir en el acto de la confesión. “Padre, me robé un alfajor en la merienda, un alfajor para mi hermanita”, le dije. “Qué más, hijo”. Y ahí fui: “También me robé una pelota de fútbol, padre”.

Antes de que terminara de sentirme liberado del peso del secreto, antes de que tomara aire, escuché la pregunta que no había previsto: “¿La pelota es de aquí, hijo”?

Me pasó como a los que están a punto de morir, y lo saben. Dicen que en el segundo previo pueden recorrer toda su vida en un segundo. Yo en un segundo tuve varias sensaciones diferentes, según pude recordar después, muchos años después: sorpresa, fastidio, miedo, decepción, angustia. Tenía que decir la verdad, con lo cual me vería obligado a ir a buscar la pelota al ómnibus y a entregarla.

Me ví caminando por el patio con la pelota en la mano entre todos los chicos que se señalaban, unos para lamentar la devolución, otros para reírse. Me vi frente a Toni, mirándome fijamente, para colmo sin hablarme. Me vi frente a mi padre, con cara de furia, y a mi madre con cara de triste.  Me ví también perseguido por Dios, condenado por pecar doblemente: robar una pelota y mentir en el acto de la confesión. La pregunta quedó resonando en mis oídos: “¿es de aquí la pelota?”. Respondí aterrado: “No, padre”.

Sin poder creer lo que había hecho, me fui con la recomendación de que no robara más,  perdonado y a rezar mi penitencia, apenas cinco avemarías y un padrenuestro que no recé. La vocación de jugador terminó un día cualquiera de la adolescencia, cuando el técnico se emperraba en mandarme al banco de suplentes. La otra vocación, la de cura, terminó esa tarde en aquel confesionario.

Durante meses, durante años, aquella pregunta me quedó dando vueltas como en una calesita, y cada vez que pasaba frente a mí me señalaba: ladrón, pecador y cobarde. Necesité de muchos otros pecados para perdonarme y para volver a querer a ese chiquilín que defendió su pelota hasta perderse en el Infierno.  Y ahora estoy tratando de perdonar al cura que preguntó.

 

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