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Orlando “El Fantasma” Ruiz

Por: Claudio Cherep
En el libro: Pelotas chicas, pelotas grandes

En la tribuna, Rubén. Estatura media, vientre inocultable de hombre que acaba de superar los 40 y se cuida poco. Jean gastado. Camisa escocesa de mangas largas. Gorro rojiblanco. Un tipo normal, Rubén. Padre, tío, buen hijo. Futbolero de ley. Apasionado. Vive apurado, por no decir atolondrado. En verdad, no era así, pero en la oficina lo hacen vivir apurado. Es pasional, Rubén. Nervioso. Fumador empedernido. Dos atados de lunes a sábado y un bonus track los días de partido. Kent fuma.

En la tribuna de Pujato lo conocen -entre otras cosas- por los Kent. No hay nadie en la cancha  que fume Kent. Es más, en el país quedan pocos fumadores de Kent. Vive cerca de la cancha Rubén. Va temprano a ver el preliminar. Es de los que se la agarran con el 3 de la reserva o con el juez de línea. Le da igual. Cuando va al 15 de Abril se transforma. Le grita cosas increíbles a los jueces asistentes. No tolera que lo llamen así, con ese status. “Tísico”.

Le gritó a uno un día. Podes creer que se le ocurra gritarle “tísico” a una linesman. Hay que ir con un diccionario de puteadas para entender a Rubén en la cancha de Unión. Y sabe de fútbol, Rubén. Conoce las formaciones de todos los equipos. Le decís tal o cual jugador y él, zas, te tira toda la trayectoria por la cabeza. Un día lo estaban jodiendo con que no se iba a acordar de un 9  de Guaraní, Antonio Franco de Posadas y él se llevó el pulgar y el índice a la pera, pensó unos quince segundos y tiró: “Raschle”.

También se lo recuerda porque supo que el  10 de Central Norte de Salta en el Nacional del ’82  se llama Pedro Alberto Rioja Nogales. Dos novias no lo soportaron y lo dejaron porque se la pasaba repitiendo formaciones, no sólo de Unión, sino incluso del Huracán del amateurismo o de Yupanqui. Es la única persona de la Tierra que ubica en una foto del extinto Alumni a todos los hermanos Brown con sus respectivos nombres de pila y apodos. Además, le gusta saber las direcciones de las canchas. Le decís, así, al azar, por ejemplo “Claypole”, y te contesta en el acto “Pedro Lacaze y Pedro Agrelo”. Y no sólo conoce los nombres. También conoce las tácticas. Te dice cómo se para el Oriente Petrolero de Bolivia, te dice cómo defiende el Galatasaray de Turquía.

 Todo sabe. Y no se pierde un partido de local. De visitante no va porque no tiene guita. Pero de local no se recuerda que haya faltado. Fue hasta cuando perdieron con Ituzaingó una noche que se armó un tole tole y casi matan a varios periodistas. También estuvo el día que Kempes, jugando para River, reventó el travesaño del arco de La Bomba o cuando la noche del apagón ante Sarmiento, o el día del triunfo ante Central Córdoba cuando debutó el Laucha  Garate o cuando Toresani los traicionó y les gritó un gol en la cara con la camiseta de Boca. Los amistosos tampoco los yerra. Va siempre. Y discute siempre. No falta desde la época del Fantasma Ruiz. Ahí empezó a ir a la cancha Rubén y lo tiene todo el día en la boca. “Qué vas comparar a estos con el Fantasma Ruiz”, es su frase preferida.

Como todo vínculo afectivo de la infancia, a él se le quedó pegado el Fantasma Ruiz. Lo siguió toda su carrera desde su debut en el ’67, hasta el  ’68. Tiene grabados en el chip de la memoria los 25 goles que el Fantasma convirtió con la rojiblanca. Y es tal su berretín, que incluso le perdonó su paso efímero -pero paso al fin-  por Colón en el ’69. Todavía guarda la foto que su papá  le sacó con el Fantasma Ruiz acariciándole el pelo y sosteniéndolo  mansamente por el cuello un día que lo esperaron a la salida de un partido. Y al hijo de él a su único hijo le puso Orlando, ¿cómo le iba a poner? Es más si lo hubieran aceptado le ponía Orlando y de segundo nombre Ruiz. “Orlando Ruiz Campello”, que ese es el apellido de Rubén. Pero por suerte para el pibe no se lo aceptaron y le puso Orlando solo.

Lo cierto es que Rubén, acaso por eso de que vive apurado, nunca se lo bancó a Cabrol. Dice que es pecho frío, que nunca gana un clásico. Y que no corre. Sobre todo eso. Rubén no le perdona a Darío que no corra. Cada vez que el equipo pierde, sale de la tribuna caminando por la calle La Paz y putea a Cabrol hasta que llega a Fray Cayetano Rodríguez. Dice que no pone huevos. Y que con los huevos también se ganan los partidos. Si Cabrol mete un gol o un pelotazo mágico, él se hace el pelotudo. Le grita, sí, pero después se pone reflexivo. Dice que no marcaba nadie, que la empaló muy mal y tuvo orto. Una no le reconoce a Darío.

Y es discutidor, Rubén. En la tribuna de Pujato ya lo tienen calado. Primero porque lleva 25 años yendo al mismo lugar, cerca del codo, a diez metros más o menos. Segundo porque se pelea con todos. Y tercero porque nunca pierde una discusión. Que va a perder si los tipos de la tribuna no andan haciendo consideraciones tácticas. Los de la tribuna son gente simple. Él porfía incorporando elementos a la discusión, impensados para la popular. Le dice un tipo que Moner deja todo y él sale con que regala las espaldas y con que los últimos cuatro partidos perdió 21 pelotas divididas. Lo torea otro con que el pibe Moretto tiene futuro y él les dice que ya lo sabe, que nació en Alto Verde, que fue convocado por Pekerman y que en la Quinta División, que juega los campeonatos de la AFA se come la cancha, además de ser el capitán del equipo. Y qué le van a decir…

Es calentón, Rubén. Antes quedaba al borde de las trompadas dos por tres. Pero ahora que consiguió una esposa que le banca los recitados de formaciones como si le leyera “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, y sobre todo desde que tiene un pibe, se calmó un poco. De todos modos, es muy calentón. No es mal tipo, pero es obcecado y apasionado.

El otro día, en uno de los últimos partidos de Darío, cuando el equipo no daba pie con bola, por primera vez lo vieron perder una contienda verbal. Estaba meta repartir insultos para el diez, meta a decir que si se quería ir que se vaya ya. Meta decir que era hora de que se lo sacaran de encima, que había fracasado en Lanús, que lo habían echado de Racing, que era camarillero, hasta que un tipo, uno que no hablaba nunca, de esos que parecen estar en otra dimensión cuando van a la cancha, uno que da lo mismo si va a o no, uno de esos que parecen imparciales porque llevan la procesión por dentro,  se le plantó a Rubén.

El tipo tranquilo le dijo que Cabrol la descosía y le dio a entender que él no sabía nada de fútbol. A él, justo a él le iban a decir eso. Rubén se le fue encima, le dijo de todo, le reprochó las ausencias en algunos encuentros importantes. Le tiró veinticinco formaciones de corrido. Pero no alcanzaba. Estaba tan herido que quería pelear. Mientras más firme y sereno se mostraba su contrincante, más veneno acumulaba Rubén. Y en medio de esos desafíos de quedar nariz con nariz, de espetarle al tipo el clásico “¿Pero qué sabés vos de fútbol?”, el tipo no aguantó más. No le pegó una piña, como se hubiera merecido, le hizo algo peor. Algo que todavía le duele en los huesos, que lo hizo dudar de volver a la cancha por vergüenza. Que lo convenció para que nunca más se le ocurriera insultar a nadie. Que lo obligó a volver por la calle La Paz sin insultos y con los ojos clavados en el pavimento.

El tipo, con la serenidad de mil combates, como si fuera Muhammad Alí antes de derribar a Liston, con la valentía de Galíndez ante Richie Kates, con el dominio de la escena de Alfredo Alcón, como la soltura y la firmeza de Kirk Douglas en los viejos westerns americanos, le apartó la mano de las solapas bruscamente, salió un segundo del anonimato al que lo sometieron las injusticias de los dirigentes, infló el pecho como para bajar la número cinco en un centro y le dijo:

– Yo soy el Fantasma Ruiz. Orlando Ruiz. ¿Y vos cómo te llamás

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