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El Ladrillo de Carmelo y algunos demonios

Por: Orlando Buitrago Cruz.

“El fútbol es para vivos y no para bobos”, dijo Carmelo Valencia en el 2009, luego de engañar al árbitro Adrián Vélez e inducirlo a pitar un penal que significó el empate de Millonarios, y la expulsión de Agustín Julio -en aquel entonces arquero de Santa Fe-.Después a Valencia le aplicaron una fecha de suspensión por el hecho y ahí terminó la historia, como si el castigo fuese una inyección para introducir una dosis de ética al infractor.

En aquel 2009, a raíz del hecho en mención, el suscrito, escribió un artículo titulado “El vivo vive del bobo”, el cual a partir de la frase de Carmelo planteaba las diferencias entre ética y moral, esta última más de carácter local, y la primera con más sentido universal.

Lo que es moral en países árabes puede ser inmoral en Colombia, y lo mismo en sentido contrario, como diría cierta señorita Antioquía. Pero a la luz de la ética, lo que no es ético, no lo es, ni aquí, ni en Cafarnaúm: así decían mis abuelas, pero ninguna sabía en dónde diablos quedaba Cafarnaúm, y me mandaban a comer desecho orgánico si me atrevía a preguntárselo.

La pena de muerte puede ser aceptada por un grupo social y por lo tanto no trasgrede la moral de ese grupo (Ejemplo, los estados gringos que la tienen establecida), pero frente a la ética (la mirada universal) quitar la vida siempre implicará un conflicto ético, por la vía que fuere, y en la situación que se diere.

En aquel 2009, la fecha de sanción a Valencia dejó tranquila a la sociedad futbolística bogotana, la moral quedo reivindicada, pero nadie se preocupó por saber que había sucedido con la ética, y si Carmelo Valencia seguía pensando que el “fútbol es para los vivos y no para los bobos”.

Si nos atenemos al comunicado de Santa Fe, Carmelo siguió pensando igual,  la palabra empeñada y los compromisos, van a parar a un lugar relacionado con lo que me mandaban a comer mis abuelas cuando les preguntaba en dónde quedaba Cafarnaúm.

Faltar a la palabra, o dársela a varios, es algo moralmente aceptado por muchos (Gran parte de la sociedad futbolística lo acepta), por aquello de que es que son “profesionales”, su vida laboral es corta, él tiene que aprovechar los momentos, y todos los etcéteras que la dan valides moral a la circunstancia, pero que desde la ética siempre dejarán mucho que desear.

Hace mucho rato me volví incrédulo frente al jugador que besa la camiseta, o dice militar en el equipo de sus amores… y cuando un futbolista habla de lo agradecido que está con el equipo y su afición, significa que han llegado aromas de fajos de billetes desde otros lares.

Cuando Carmelo Valencia llegó a Millonarios hablaba como si toda la vida hubiese sido el hincha número del cuadro azul, yo llegué a pensar que sería un buen candidato para ocupar ese sitial, que quedó desierto desde que DARIO SILVA se fue a pastorear una iglesia.

Hasta hace unos veinte días, Carmelo Valencia se refería a su equipo de turno como “Mi Equidad… quiero que a mi Equidad le vaya bien”.

A esta hora Carmelo ya  habrá hecho las averiguaciones idiomáticas del caso para poder decirle a la prensa China que… “me vine para este equipo porque lo amo… me enamoré de él desde que lo vi en una revista… y no lo pensé dos veces cuando me dijeron que si quería venir acá (esto último, si parece, absolutamente cierto)”.

Nada hay nada más complicado que pasar el retén de un empresario: pregúntele a Carmelo Valencia, y a todos los jugadores que por la mañana han entrenado con un equipo, por la tarde con otro, y amanecen en un tercero: un comportamiento del que solo podían jactarse quienes ejercen la profesión más antigua del mundo, pero que por condiciones del poco escrupuloso mercado del fútbol, se extendió a estas latitudes del balón.

Uno tendría que tomar con naturalidad el carácter mercenario de los futbolistas, si se atiene a las improntas de su profesión y a las características del mercado del fútbol. Pero la falta de seriedad no tiene excusas, pues hasta un soldado mercenario deber ser serio en sus negocios.

No se puede dar la palabra y firmar un papel para luego incumplir y dejar encartada a la contraparte. Carmelo se va para la China y el presidente de Santa Fe se queda en el barrio San Miguel echando cabeza a ver en donde va conseguir el delantero sustituto de Valencia, de quien se suponía comenzaba prácticas el 3 de enero, pero da nuevo curso a su DERRIERE el 2 por la noche.

El mundo del fútbol, a veces hace parecer que la trata de personas es una actividad legal… visión que en ocasiones parte del mismo jugador, el cual muchas veces exige “que lo compren”, de lo contrario no firma. El futbolista por lo general es directamente proporcional a su empresario, si este es de dudosa ortografía, el jugador también actúa como para un cuatro en conducta.

De otra parte la carrera de jugador es corta y es comprensible su deseo de asegurar cuanto antes el futuro. Para  los futbolistas y para quienes ocupan altos cargos públicos, la fiesta dura solo un cuarto de hora, por lo tanto se debe aprovechar al máximo. La diferencia es que los primeros deben matarse y sudar la camiseta, en cambio a los segundos por mucho les sudan las manos, por aquello de que no deja de dar un trisito de nervios.

En fin, se pueden esgrimir muchos argumentos para otorgarle aceptación moral a la falta de seriedad,  y  a la escaza honra de la palabra de los futbolistas,  pero bajo el lente de la ética siempre se verá roncha por cualquier prostitución, así sea moralmente aceptada.

 

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