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Esa anestesia llamada fútbol

Por Mario Benedetti

Con un inesperado vaivén, el puntero elude al defensa e inicia una corrida hacia el centro, el entreala aprovecha la distracción y acompaña la carga desde la punta; otro defensa vacila y al final decide vigilar al entreala; entonces el puntero amaga un pase, alerta de ese modo los reflejos condicionados de dos o tres contrarios, se hamaca otra vez, e imprevistamente lanza la pelota a un ángulo; pero el golero curado de espanto, avispado como un radar, alcanza a pellizcar aquella envenenadísima intención y la saca al corner.  En las tribunas a medida que la jugada progresa, la gente se va incorporando, poniéndose tensa, para estallar finalmente  en un alarido estremecedor.

¿Cuál es el secreto impulso de esa reacción colectiva? ¿Se trata únicamente de un salvaje estallido o hay también una extraña asunción de la posible belleza, del innegable interés humano, incluidos en ese juego de escamoteo y fortaleza, de agilidad e inventiva, de elusiones casi intelectuales y trancadas demasiado corpóreas?  Tal vez haya de todo un poco.  Por algo el fútbol ha interesado a todas las capas sociales, y es quizás el único nivel de nuestra vida ciudadana en que el acaudalado vicepresidente de directorio no tiene a mal hermanarse en el alarido con el paria social.

Algún día habrá que estudiar la estrecha relación existente entre la institucionalidad del fútbol como deporte nacional y su contemporaneidad con el apogeo de nuestra democracia liberal  Por algo ambos deportes (fútbol y democracia) han decaído simultáneamente, no sólo en cuanto se refiere a la habilidad de sus cultores, sino también en el entusiasmo público.  Cada vez hay menos jugadas geniales en el Estadio; cada vez hay más trancadas desleales en la política.  Es descreimiento popular afecta hoy a ambos órdenes, y si el público sigue concurriendo a la Olímpica y al cuarto secreto, es más por un hábito que por convicción expresa.

Hace mucho que el deporte tiene entre nosotros, el significado de una anestesia colectiva.  Tal vez no haya habido premeditación, pero lo cierto es que a los poderosos este frenesí popular, este barbitúrico social, les vino al pelo.  El fervor de sábados y domingos es estupendo por varias razones, entre otras porque sirve para olvidar las incumplidas promesas de los jerarcas, la injusticia y las componendas del resto de la semana.  Sirve también para canalizar la violencia (desde el punto de vista de la empresa privada y otros religiones del Mundo Libre, siempre es preferible que la gente se la agarre con el árbitro y no con el oligarca o el latifundista) y canalizarla de modo tal, que no vaya a conmover las estructuras ni a amenazar los dividendos.  Para decirlo en términos futboleros: una violencia que tiene permiso para rozar el travesaño pero que obligatoriamente debe salir desviada.

Por otra parte, el fútbol se inscribe cómodamente en el mentiroso símbolo de nuestras gloriosas igualdades.  Allí no hay privilegiados: todos (el senador, el industrial, el empleado, el obrero, el menor inadaptado) posan democráticamente sus respectivas regiones glúteas sobre el duro cemento igualador.  Todos gritan el gol, todos denuncian el orsai, todos agravian al juez.  Cuando suena la pitada final, el entusiasmo forma coros, bate parches, sube al cielo.  Nadie percibe que, a partir de aquella pitada, las distancias sociales han sido restablecidas.  Eufórico, enronquecido y amnésico, el obrero vuelve a su casa colgado del 143; también el senador vuelve a su confort carrasqueño, pero lo hace en el impresionante colachata, cuya privilegiada adquisición él mismo se votó.  Después de aquella inofensiva, brevísima igualdad de 105 minutos, todo vuelve a la normal, consagrada injusticia.

Pero el pueblo queda exhausto, desahogado, vacío.  Su voz, enronquecida por los goles, los penales errados, las expulsiones injustas, ya no está para reclamar reformas agrarias, cambios de estructura, justicia social.  La cuota de agresividad se le agotó en sus diatribas a los jueces linesmen, y es muy poca la que le queda para renegar de quienes realmente lo explotan, lo engañan, lo estafan, en rubros por cierto más graves que un penal no cobrado.  Su capacidad de denunciar se gastó en los controvertidos orsais y ya no le queda ánimo para marcar a los responsables de menos inocentes infracciones.  El político con su extraña y sórdida lucidez que da la demagogia, ve claramente el sentido usufructuable de esas fatigas y las remata convirtiéndose él mismo en dirigente deportivo.

Hay quien dice que ahora va poca gente al fútbol.  ¿Será buena o mala señal?  Parece que ya no alcanzan el incentivo de la tarde de sol, el interés de los puntos en pugna, el presumible brillo de las “vedettes”, el amenazado título de invicto.  Todavía es prematuro extraer conclusiones.  El deporte, como tal, es el gran inocente de esta historia.  Sería realmente saludable que el pueblo practicara y presenciara el fútbol como distensión, como higiene física y mental, como entretenimiento.  No es en cambio tan saludable que lo practique o lo presencie como principal razón de su vida, como el sólo orgullo nacional, como única válvula de escape, sucedánea de más plausibles tomas de conciencia.

 El cándido, inocente fútbol no tiene la culpa de que los líderes nacionales lo haya promovido más y mejor que al subversivo Reglamento Provisorio de 1815.  De todos modos, no es muy estimulante pensar que la misma gente que hoy asume la más violenta defensa de Peñarol o de Nacional no sea sin embargo capaz de indignarse cuando nuestros prohombres fabrican sus privilegios, o cuando el Tío Sam inspira las aquiescencias de nuestros consejeros y agravia nuestra economía con medidas de estilo colonial.

Es posible que muchos (el fútbol tiene su buena red de intereses creados) consideren que hablar en estos términos configura un sacrilegio de esa cultura física.  Pero en realidad nuestra intención es más modesta.  En un momento en que la crisis golpea cada vez más fuerte, la desocupación extiende su vigencia, la corrupción invade nuevas zonas y el gobierno parece cada vez más incapaz y atomizado; en este instante de desgraciado y confuso que vive el país, el pueblo debe prestar a cada tema la atención que se merece, la importancia que realmente tiene. Dentro de ese panorama, el fútbol no parece ser el tema más urgente.

(Publicado en el diario Época, 20 de octubre de 1964)

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