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Frase del día

Manuel Alcántara es un poeta, escritor  y periodista español nacido hace 84 años en Málaga, el 10 de enero de  1928.

Alcántara se ha desempeñado como periodista deportivo, especialmente en boxeo, escribió muchos años pra el diario Marca. Alguna vez dijo con respecto a este trabajo que su función como cronista era “literaturizar el boxeo”.

Aquí uno de sus artículos:

Un negro llamado Joe

Publicado el 25 de Julio de 1973 en ARRIBA

El ring puede ser un cadalso o el tingladillo de una farsa. Con guantes de crin, bajo la constelación de los focos, los púgiles son la versión actual de los gladiadores. Sangre, sudor y golpes. Poco a poco los boxeadores van adquiriendo el perfil de las monedas desenterradas y van hablando con mayor dificultad, como si les rebotasen las sílabas en el paladar y no se acordasen muy bien que acaban de contarnos lo mismo hace sólo un momento. Para ellos el ring ha sido un cadalso. En cambio, para los que luchan sin guantes de seis onzas, el drama se vuelve comedia. Son muy fuertes, muy ágiles, muy espectaculares, y saben dar trechas como en el circo y quejarse muy bien, pero no acaban balbuceando y pueden luchar dos veces por semana. Para ellos el ring es el tinglado de una farsa todo lo meritoria y atlética que se quiera, pero farsa. Los luchadores pueden romperse un hueso sin querer, porque todos son muy amigos y forman una gran familia, pero no precisan que se les practique un encefalograma.

Bajo los focos hay un hombre que vuela y, esperándole con los pies bien asentados en la lona impregnada de resina, un hombre que está dispuesto a hacerle más dura la caída. El primero es como un ángel rebelde y violento y el segundo como un forzudo de barraca, pero ninguno de los dos nos interesa. Nos importa sólo el tercer hombre. Un negro llamado Joe…

Fue desde los campos algodoneros de Alabama a la cúspide del boxeo. Joe Louis Barrow conquistó, en mayor medida que ningún otro boxeador, la gloria cuadrada del ring. Doce años campeón mundial. Veinticuatro defensas del título. Avionetas, castillos, divorcios, yates, dólares, miles y miles de dólares. ¿Quién podía resistirle? «El bombardero de Detroit», con su cara de poker y sus músculos de goma, fue el rey del k. o. A sus pies cayeron todos los boxeadores de su época, todas las esperanzas blancas, todos los aspirantes al trono. Y Harlem era una fiesta.

El tiempo. Sólo el tiempo le pudo ganar por puntos. Luego vinieron los «managers», los «gansters», los acuerdos privados, los repartos dictados por el jefe del clan. Más tarde fue el Fisco. Quiso volver al cuadrilátero cuando era sólo su propio fantasma, la caricatura de aquella estatua de brea invulnerable. Volvió para pagar a sus deudores, pero eran demasiados y el viejo bombardero reclamaba su urgente desguace. Total: Joe Louis ha vuelto a ser un negro pobre. Réquiem por un peso pesado.

Ahora es fácil verle por los cabarets de Norteamérica, en una tarima que se parece al ring y bajo un foco que también se parece a aquellos que iluminaron sus victorias. El público, entre número y número, le pregunta cosas de sus tiempos. Que si se acuerda de cuando noqueó a Camera o a Baer, que cómo fue la revancha con Schmeling, que qué hubiera pasado si se enfrenta a Marciano teniendo veinticinco años, y otras cosas así, siempre las mismas. El público le sigue queriendo y con esas «actuaciones» él va ganando algunas monedas. A veces le cuesta trabajo recordar y balbucea un poco, pero la gente no va a oír a un orador, sino a mirar de cerca al viejo campeón…

Ahora Joe Louis se ha hecho árbitro de lucha libre. La vida es muy dura y nadie puede vivir de antiguas glorias y álbumes de recortes amarillentos. Y Joe Louis, ¿quién se lo iba a decir?, ha vuelto a subir al ring del Madison Square Garden.

Fuente: Fundación Manuel Alcántara
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