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La cátedra de Osorio

 

Columna Impublicable

Por: Wilfrido Franco García

Les calló la boca. Y no de cualquier manera. Es campeón y por segunda vez. Para dolor de muchos, la cuenta seguirá sumando. Juan Carlos Osorio Arbeláez, tenía que ser risaraldense; un bravo, un ganador. Duro de matar que llaman. No eludió responsabilidades, no se marchó a mitad del camino a pesar de las ofertas claras y grandes que tuvo, no se intimidó ante la cofradía paisa que lo atacó a mañana, tarde y noche con la sevicia del enemigo. T

odos en contra, con contadas excepciones como la de Luciano González. Se quedó en su pecera y creyó en lo suyo; no cobró, no se humilló en el agravio, ni se regodeó en el triunfo. Ni afirmó con voces agresivas que era el campeón, como lo hacen los Gómez, los Umaña o los Comesaña. Siguió siendo el caballero que siempre ha sido. Les calló la boca a los venidos de Santa Marta o de Bucaramanga. A los paisas recalcitrantes y majaderos, y a los otros que alardean de saber más que los otros. Hizo la simple y se impuso a un equipo que sin duda tenía le mejor nómina en Colombia, pero que por jugar a la soga y al ternero, se quedó sin la soga y también sin el ternero, pues terminó físicamente reventando.

Y como Juan Carlos Osorio, para más señas, fue inicialmente y ante todo, Preparador Físico, midió el asunto de las valencias, lo aeróbico y lo anaeróbico, no por mera cuestión de joda fue su rotación. Y entonces en Bogotá, midiendo la capacidad física y la fortaleza de su equipo, encontró un sistema intimidante y una nómina descansada, para matar por principios futbolísticos y por superioridad física a un rival reventado orgánicamente y con un Omar Sebastián Pérez, en el peor momento de su rendimiento. Total, lo planificado por Osorio, porque no fue asunto del albur o del azar, simplemente redundó en la décima segunda estrella verdolaga.

De esa celebración pocos podrían hacer parte. Jugadores que se estrellaron continuamente con sus propias limitaciones, hinchada que abandonó el barco cuando se hundía y como noveleros de pueblo volvieron para apoyar solamente en la final; periodismo de parroquia que no analiza sino a través de regionalismos baratos y de odios arteros, y directivos que pretenden decir que tienen la mejor nómina del fútbol colombiano, cuando saben qué cantidad no es sinónimo de calidad. La estrella número doce de Atlético Nacional le pertenece a Juan Carlos Osorio. Los demás celebran, montándose en el carro de la victoria y sin tener un ápice de agradecimiento, con un técnico que soportó vendavales siniestros que pedían su cabeza en la hoguera del olvido. A todos terminó callándoles la boca con resultados y nuevos elementos. Algunos los verán y sabrán de certezas. Otros sangrarán por la herida y dirán frases incongruentes y mezquinas como “Ser campeón no dice nada”. ¿Y entonces para qué se juega?  

 Contacto: wilfridof48@gmail.com

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