Columna LÍDEROtros

La cenicienta y los guayos de colores

Por: Orlando Buitrago Cruz

Mi primera rabieta de tipo político la tuve a los seis años, fue en la clase de español, cuando cursaba segundo de primaria. Se me desencadenó después de leer con ojo crítico el cuento de la cenicienta. Me parecía que en esa historia subyacía un simbolismo perverso según el cual  el zapato era la  personificación de su dueño y de su clase social. (Así dice textualmente en el cuaderno ferrocarril que mi madre guarda como recuerdo junto mi carnet de vacunación).

Recuerdo que promoví una huelga pidiendo la destitución de la maestra acusándola de intento de alienación. Eso era natural en muchos niños de mi generación, todos teníamos dentro un pichón de comunista, que se alborotaba cuando llegábamos a la condición de adolescente universitario, al compás de las notas de Piero y Mercedes Sosa… luego, una vez graduados, pasábamos a militar en las juventudes del partido liberal o del partido conservador, y hoy, ya cincuentenarios no queremos saber de política, y no le creemos a ningún sinvergüenza, venga del sector que venga, bien sea del centro, de la izquierda o de la derecha… por eso nos refugiamos en el fútbol, pues tenemos certeza que de cualquier sector de la cancha brotará una alegría, pues hasta un central por bruto que sea, puede llegar a marcar un gol con la cabeza, lo cual es una encantadora contradicción.

No puedo negar que por culpa de la cenicienta quedé con cierto  trauma con respecto a los zapatos, condeno enérgicamente por sus implicaciones sociales (como podrán notar todas las condenas suelen ser enérgicas).

Sin duda los zapatos son ante todo un símbolo, de hecho, su ausencia o estado de deterioro, pueden ser reflejo de cómo le está yendo a un ciudadano con la seguridad democrática, la prosperidad democrática, o con el mote que  el gobernante de turno le haya puesto a su periodo.

 

Los zapatos fueron en un tiempo macabro símbolo de libertad pues para marcar diferencia, a los esclavos se les obligaba a caminar descalzos. También ha sido diabólico símbolo de poder desde la aparición de la clásica imagen del cazador posando su pie calzado sobre el animal abatido.

Algunos modelos de zapato tienen significado más amable: tienen significado sexual, tal es el caso de los suecos que según algunos expertos denotan el deseo o el derecho a la posesión de otra persona… y las chancletas supongo que son el símbolo de alguien que huye de otro que lo persigue en suecos.

La sociedad del fútbol como cualquier otra, construye sus propios códigos, y fue así como en algún momento, sin motivos de peso, se quiso satanizar a los guayos de colores. El jugador que se atrevía a usarlos corría el peligro de ser estigmatizado como vago, perezoso, fantoche, afeminado o todas las anteriores.

Al jugador con guayos de colores nadie se lo imaginaba tirando un balón contra el marcador electrónico, pues eso es cosa de varones, en cambio era asociado con aquel que podría sacar un remate de dos pesos que llegaría como pétalo de rosa a las manos del arquero rival.

La verdad nunca logré entender cuál era la joda con los guayos de colores y me preguntaba si en realidad eran tan sintomáticos, o si la animadversión era producto de la educación machista de la que fuimos víctimas los de la generación nacida a mediados del siglo pasado, a la cual pertenecen la mayoría de los comentaristas que todavía marcan en sendero de la opinión en Colombia.

Los cerebros del fútbol han sido moldeados en distintas épocas: unos en la del “Dorado”, otros en la de Brand, Ortiz, Cañón y Ernesto Díaz, otros en la de Gacha y los Rodríguez, y los de ahora son de la era Internet, Barcelona y Real Madrid… Para los de las épocas Gacha hacia atrás, las del calzado eran cosas de viejas, y en ese sentido los varones solo podíamos hablar de zapatos negros o carmelitos, y en cuestiones de modelos solo nos correspondían los puntudos o los chatos (alguna vez, y solo por un corto tiempo, nos dieron una palomita con zapatos plataforma para poder poner al vuelo el pantalón bota campana), los que se salían de esa horma hubiesen sido carne de cañón para un tipo como Monseñor Ordoñez.

Otra tara que teníamos alrededor de los zapatos era la relacionada con el día del estrene: todo el mundo se daba cuenta, te querían pisar y te echaban sátiras porque estrenar era síntoma de que a lo mejor algo hubiese podido mejorar en tu vida.

Por mi tormentoso pasado con los zapatos, les tengo cierta resistencia, mucho más aún a los nuevos que se ensañan con el empeine…  pero ante todo me produce roncha la carga social que los acompaña, sin embargo, teniendo en cuenta que los zapatos también ha sido el símbolo del caminante, tanto así que en muchos lugares se solía enterrar a los muertos, con zapatos, para ayudarles en su partida al otro mundo, comedidamente solicito que cuando me llegue la hora, me velen con unos guayos rojos y blancos, de los cuales debo ser despojado en el momento de la cremación, para ser donados a algún futuro crack en una escuela de formación.


 

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