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La culpa no es del fútbol

Por José Pablo Feinmann

El 28 de febrero de 1994, en la isla de Capri, Jacques Derrida, Gianni Vattimo y algunos otros pensadores de fuste se reunieron para dialogar sobre un fenómeno que no estaba en discusión: el retorno de las religiones. Insisto: la cuestión no era averiguar si habían o no retornado las religiones. Esto era un hecho: sí, habían retornado. La cuestión era preguntarse por qué. De modo que aquí puede encuadrarse -en una primera y superficial mirada- la cuestión de las calles y veredas desiertas de la Argentina cuando juega la selección.

Si Nietzsche dijo: “Dios ha muerto”, no importa: existe el fútbol. Si Fukuyama dijo: “La Historia llegó a su fin”, no importa: el fútbol sigue. Si Lyotard dijo: “Han muerto los grandes relatos”, no importa: el único gran relato de hoy, el que verdaderamente existe es el que hace Víctor Hugo cada vez que narra los avatares de Ortega y Batistuta. En verdad, uno puede lucirse con estas cosas y hasta parecer ingenioso y hasta creer que enuncia la verdad. Si han muerto Dios, la Historia y la Revolución, ¿cómo no va a haber fútbol?

Sin embargo, ¿por qué no se paraliza Buenos Aires, por qué no se ralean sus calles y veredas, por qué el desierto no crece en la ciudad cuando se juega un mundial de hockey, de polo o de ping pong? Porque el fútbol es un maravilloso deporte. Sirve para pensar. (Por ejemplo: en el segundo tomo de la Crítica de la Razón Dialéctica, edición Losada, Sartre le dedica casi cien páginas al análisis de un partido de fútbol para explicitar las relaciones dialécticas entre la particularidad y el todo.) Sirve para divertirse. Para emocionarse. Para comunicarse. Y mil cosas más. Hasta sirve para que uno lo juegue y baje de peso sin pastillas ni dietas crueles.

Quiero decir: no sería aconsejable olvidar, en medio de la tentación de los análisis trascendentes y serios, que el fútbol es el más maravilloso deporte que el hombre haya inventado sobre este mundo. Y que un Mundial es –o debería ser– la mejor posibilidad de verlo bien jugado. Y que, en medio de la devastación de las identidades y los estados nacionales, todavía esa celeste y blanca que llevan nuestros millonarios muchachos nos entrega la sensación provisoria de ser un país. Que no lo seamos o que para serlo haga falta mucho más no es culpa del fútbol.

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