Columna LÍDEROtros

La pasión tricolor

Columna Impublicable

Por Wilfrido Franco García.

No reviste ningún análisis el partido de la selección Colombia que maneja José Néstor Pékerman contra un equipo de sonido asiático. Dan grima los rivales con los cuales se entrena el combinado patrio para la próxima Copa América de Chile.

Tampoco reviste ningún análisis, el próximo récord de máximo artillero del seleccionado colombiano con el cual investirán muy pronto a Falcao García, cuando a Arnoldo Iguarán le quitan los goles que anotó en franca lid, enfrentando cada año dos o tres partidos, o en duras competencias reales ante rivales fuertes y no frente a equipuchos de barrio u oncenos de países que ni en el mapa aparecen. Pero algo va de la memoria a Wikipedia. Algo va de los tiempos idos, a los modernos. Algo que se llama respeto, y que hoy, en la corrompida sociedad colombiana, no se practica. Puede más el internet, que la historia.

Más allá de los resultados, o de lo anecdótico de los goles de Falcao, dizque menospreciado y mancillado por Van Gaal, lo que vale la pena rescatar es la pasión que genera la selección, hoy en día. Nunca antes, con la excepción de aquel inolvidable 5-0 en Buenos Aires en 1993 ante los argentinos, una selección ha despertado tanta pasión como la actual. Se vive el coletazo del mundial de Brasil, que parece ser para nosotros nunca ha acabado y se mantendrá por siempre, en los anaqueles de la memoria perpetua de nuestros mejores afectos.

Conmueve ver a la señora que pinta canas hace una década, a la viejita del bastón, al señor calvo y gordo, al muchacho de aretes extraños, a la pelada bonita del barrio, al moreno alto de la galería, al señor acomodado en su BMW con pinta de dueño de la ciudad, a la vecina escueta del lado, al modesto reciclador disfrazado de mugre, al chofer cansado de la buseta, al decano de la facultad, al panadero de otra región, a la señora que atiende su miscelánea, a la niña de rulos rubios, al bebé de meses de nacido y hasta a algunas mascotas, enfundadas orgullosamente, con la casaca tricolor.

Es la verdadera pasión colombiana que vibra en cada momento, como reafirmando nuestra nacionalidad, a través de un hito que se mantendrá perpetuamente.

El gol de James Rodríguez ante Uruguay todavía se corea en medio de la felicidad un pueblo que se identifica con su selección, mucho más que con otros símbolos. Los semiólogos deberían estudiar este avasallante fenómeno.

Las jugadas de Cuadrado, las atajadas de Ospina, las proyecciones de Zúñiga, las coreografías de Armero, la lucha de Sánchez y los goles de Jackson son el pueblo y para el pueblo, sin distinción de razas, poder económico o religión. Viven en su corazón. Palpitan a través del amarillo original, del azul de réplicas, del rojo novedoso o hasta del blanco o el salmón que sirve para los entrenamientos.

La camiseta de la selección une al pueblo como un estandarte de lucha y felicidad. Es totalmente fiel ese sentimiento. No tiene tapujos, ni resquemores. Es totalmente sincero. Nada genera más pasión que el equipo de Pékerman, así juegue frente un equipo de sonido oriental y Falcao, como Messi, sea feliz haciendo goles a los equipos chiquitos.

Contacto: wilfridof48@gmail.com

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