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La poesía del tablón

Por: Horacio Salas.

Macedonio Fernández había dicho algo parecido en una frase que habla de cierta impotencia de los intelectuales con la que me identifico tanto que la puse de epígrafe en mi último libro: “Ya que no puedo hacer una copla ni un proverbio comparables a uno cualquiera de las docenas que inventó el pueblo, no me queda más camino que hacerme escritor de muchos volúmenes”. Mis muchos libros no son otra cosa, supongo, que el reflejo de esa imposibilidad.

Las coplas futbolísticas se pueden cantar porque tienen la rima sonora y la medida precisa para que una barra se entusiasme, aliente, ensordezca, azuce a los contrarios, festeje, homenajee, se alegre, se enorgullezca, como cuando el último 11 de septiembre la hinchada de Independiente le dedicó a Ricardo Bochini un cantito alusivo a la efeméride: “Escuchen esto/ escuchen esto/aplaudan a Bochini/en el Día del Maestro”.

Quienes hemos debido vivir muchos años fuera del país  y por otra parte amamos el fútbol y su contexto, cada vez que nos sentábamos en una cómoda butaca de una cancha europea para saborear un encuentro, sin cantos y con aplausos, con estallidos tal vez, pero sin coplas, muchas veces nos sentimos una suerte de espectadores de criquet. La carencia de rima y de medida de los cantos de aliento nos imposibilitaba engancharnos.

Extrañábamos aquello de “Si, si señores /yo soy (en mi caso de Boca, claro) de Boca/yo soy de Boca de corazón/porque este año de la Ribera/de la Ribera/salió el nuevo campeón… (…)

 Los más viejos aun recuerdan los años en los que el taponazo del puntero derecho Mario Boyé definían partido con tal contundencia que le agenció el mote de “El atómico”, en las semanas posteriores a Hiroshima y Nagasaki, en 1945.

Sobre los compases de una canción de moda, la hinchada xeneize cantaba entusiasmada y jactanciosa: “Yo te daré/te daré niña hermosa/te daré una cosa/ una cosa que empieza con be/ Boyé.

A veces se trata sólo de desalentar el canto de otra hinchada. Al contundente “River campeón” de una parcialidad enfervorizada por algunos triunfos, la respuesta puede ser irónica: “River campeón, River campeón/ de la bolita y el ping pong”.

El poeta anónimo aprovecha muchas veces canciones de moda para adaptarlas a las necesidades coyunturales. Eso ocurre cada domingo en las canchas, y también se han matados dos pájaros de un tiro: el aliento futbolístico y la militancia política se han mezclado en más de una oportunidad especialmente en tiempos de proscripciones peronistas.

A los pocos días del  golpe militar del 55 la hinchada de Racing se desgañitaba cantando: “Los muchachos racinguistas/todos unidos triunfaremos/y como siempre daremos/un grito de corazón: Racing campeón, Racing campeón”

(…) Pese a la crisis y la declamada tristeza de los argentinos el chisporroteo continúa domingo a domingo en los estadios, sobre los compases de las nuevas canciones. De alguna manera y sin saberlo estos modestos vates anónimos siguen -aunque de manera homeopática- la tradición de los payadores, capaces de improvisar espontáneos retruques sobre la vida, la muerte, la soledad y el tiempo.

Quizá porque aunque no lo advirtamos- y a pesar de todo- cada argentino guarda un poeta en un rincón del corazón.

 

Fuente: Literatura de la Pelota, edición especial de la revista La Maga, Octubre de 1996

 

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