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Cuento de fútbol / La Primera Victoria

Por: Mauricio Cabrera.

La sola idea de construir un equipo de fútbol medianamente competitivo rayaba en la osadía y se sumergía en la locura. El reto de entrenar a un grupo de niños que no sufrían las carencias de una escuela de gobierno, pero que tampoco gozaban las bondades de una institución educativa con instalaciones suficientes para la práctica adecuada de un deporte resultaba arduo y hasta cierto punto cómico. No jugaban en las calles, eso había que dejárselo a los sectores con el nivel de poder adquisitivo más bajo; no disputaban partidos en canchas empastadas, el espacio y las facilidades claramente eran insuficientes. Su única actividad en lo referente a golpear una pelota se efectuaba en un espacio de cemento que no excedía los doce metros de largo por diez de ancho.

Las porterías cambiaban de apariencia de acuerdo a las circunstancias. En ocasiones, las mochilas de los más chicos, casi siempre de tercero de primaria, servían como postes. En algunas otras, las piedras del ínfimo jardín que se encontraba al final del patio cumplían con esa función, pese a las constantes quejas de los porteros en turno. Cuando por una u otra razón no se encontraba material alguno para el armado de las vallas, los nacientes futbolistas recurrían a la compra de una bebida en un envase de plástico. Lo que trajera en su interior era lo de menos. El contenido rápidamente se consumía o se tiraba al suelo. El descanso duraba treinta minutos. Desperdiciar cada segundo entrañaba un costo sumamente elevado para los jóvenes.

Ya con la cancha preparada para el inicio de las hostilidades, el partido daba comienzo. Usualmente, cada escuadra contaba con seis elementos, cantidad más que suficiente para que el escenario luciera poblado en extremo. ¿Y el balón? No se trataba de un esférico profesional, ni mucho menos. El lugar de concreto en el que diariamente se efectuaban las hostilidades no tenía tribunas; a cambio, estaba adornado por las ventanas de vidrio de los salones de la planta baja. Así, los alumnos tenían que conformarse con una pelota, de esas que viajan dominadas por el imponente andar del viento. Pese a las precauciones tomadas, los cristales rotos y la escasa altura necesaria para volar el inestable objeto redondo arruinaban con suma frecuencia el festín futbolístico. Si uno de estos casos se presentaba, los estudiantes recurrían a los envases no sólo como parte de la portería, sino también como balón. El espectáculo era agradable para la vista de los ahí presentes, maestros y niñas, pero muy poco productivo para los guerreros que tomaban parte en la batalla. La historia se repetía una y otra vez, a excepción de los días en los que la engorrosa contingencia ambiental provocaba la cancelación del ritual balompédico.

La clase de educación física no variaba de forma significativa. El maestro, quien a la postre sería el entrenador de la primera y única selección de futbol de ese colegio, ordenaba a sus pupilos la realización de ejercicios intrascendentes. Movimientos de calentamiento, abdominales y sentadillas conformaban gran parte del tiempo que el programa académico reservaba para dicha materia. Si bien les iba a los ansiosos alumnos, en los cinco últimos minutos de la sesión recibían el visto bueno del profesor para repetir la misa de los recesos. La única diferencia, mas no por ello insignificante, radicaba en la presencia de jugadores del sexo opuesto. A las limitantes de la cancha se añadía la imposibilidad de patear con fuerza; de lo contrario, no faltaba la “odiosa” compañera que diera al traste con la siempre importante contienda.

Tan soñadores como todos en la infancia, los estudiantes les rogaban a sus mentores por una oportunidad para competir en torneos de alto nivel, entendiendo por exigencia elevada celebrar un partido como dios manda: en una cancha con medidas equiparables a la profesional y con porterías comunes y corrientes, que tuvieran dos postes laterales y un travesaño. La negativa de los catedráticos era rotunda. Más por sinceridad consigo mismos que por una aversión al deporte más famoso del mundo. Finalmente, y tras soportar la cotidiana insistencia de los niños, la dirección le solicitó al maestro de educación física que buscara un enfrentamiento ante otra institución educativa. A la semana siguiente, el esperado anuncio llegó: la escuela celebraría un cotejo amistoso frente a un colegio de la zona para evaluar si tenía los alcances requeridos para entrar formalmente a una justa balompédica. Sólo tenían nueve días de preparación por delante.

El trabajo anterior a la contienda estuvo muy lejos de ser el apropiado. La única labor realizada fuera de lo usual se llevó a cabo en el Bosque de Chapultepec, y fue organizada por los padres de familia. El profesor tenía ocupaciones más importantes, como dirigir a una verdadera selección colegial. La cita para el primer entrenamiento formal fue un sábado a las diez de la mañana. El encuentro con el rival estaba acordado para el miércoles siguiente en el Parque de la Juventud. A la cita llegaron apenas ocho integrantes. No es que los demás, alrededor de cinco, hayan querido ausentarse. Lamentablemente, en la niñez las acciones no dependen únicamente de los propios deseos, sino de la disposición y ánimo de los mayores. Basta con que una de las partes, madre o padre, esté en desacuerdo para que el infante salga perdiendo. De nueva cuenta, las condiciones no eran convincentes del todo; sin embargo, por lo menos tuvieron la oportunidad de tirar y tocar un balón de verdad. También en las puertas había una pequeña ventaja: los troncos, a diferencia de las mochilas, se asimilaban en mayor medida a un poste.

Los niños no aprendieron absolutamente nada; como de costumbre, terminaron sumergidos en la simpleza de una actividad que no necesita grandes virtudes de quienes la realizan para ser disfrutado. Los escasos padres, que llegaron con la intención de enseñar, acabaron sucumbiendo ante la seductora idea de gozar el juego por el juego mismo, sin hacer paréntesis en la táctica y la estrategia. Eso les corresponde a quienes perciben un sueldo por entrar en contacto con la pelota.

En el día previo a la singular confrontación, los nervios se apoderaron de los jóvenes. Antes de salir a su recreo de media hora, dibujaron un terreno de juego en el pizarrón y diseñaron un esquema perfecto visualmente hablando, tanto que al momento de pasarlo a la práctica fue imposible de igualar. El último “interescuadras” fue una fiel repetición de la trama escrita con anterioridad. Si acaso, las entradas bajaron de intensidad considerablemente. Nadie estaba dispuesto a sufrir una lesión que le impidiera tomar parte en el duelo del mediodía posterior. Y recibieron las últimas indicaciones de la dirección: sin permiso escrito de los padres no podrían abandonar las instalaciones de la escuela.

Las clases matutinas perdieron cualquier tipo de interés para los alumnos. Los maestros lo supieron entender y acabaron permitiendo la relajación de sus discípulos. De cualquier forma, quedaba muy en claro que el conocimiento académico era lo menos importante para los niños, al menos en ese momento. Se les hubiera podido comentar acerca de la Segunda Guerra Mundial, del descubrimiento de América o de cualquier otro suceso de gran repercusión para la humanidad, pero en la mente de esos jóvenes no existía más que un rectángulo “verde”, finalmente jugarían en cancha de tierra, y un balón, ese sí, como Dios manda.

La llegada al complejo en el que se efectuaría la contienda se convirtió en asunto curioso y digno de contarse. Los dichosos seleccionados, que eran prácticamente todos los niños que cursaban de tercero a sexto de primaria, tuvieron que repartirse en dos de los automóviles del director y en el transporte público. Pensar en el arrendamiento de un autobús para transportar al equipo fue una opción rápidamente descartada por las autoridades del colegio. Como era de esperarse, los más chicos viajaron en transporte particular; los demás, se trasladaron en el siempre incómodo microbús. El contingente fue encabezado por dos maestros, quienes condujeron, y por una profesora, misma que se hizo cargo del grupo de mayor edad. Veinte minutos más tarde, a las diez veinticinco de la mañana, la naciente representación escolar arribó al lugar indicado, donde ya se encontraba su director técnico, es decir, el responsable del área deportiva. Restaba poco más de media hora para el inicio de la confrontación. Tiempo de afinar detalles…

Mientras la ansiedad recorría el cuerpo de los niños, los integrantes del conjunto rival, mucho más acostumbrados a la competencia organizada, llegaron con únicamente diez minutos de antelación. Con ver las miradas de unos y otros bastaba para identificar cuál de los contendientes era el favorito. Los primeros, inexpertos en esa clase de encuentros, no dejaban de observar a sus enemigos. Unos lo hacían por curiosidad; otros, por temor. El más sensato aprovechó la ocasión para preguntarse qué tan escandaloso sería el marcador cuando el árbitro diera por finalizado el partido. Los miembros del conjunto rival, en cambio, ignoraban a sus oponentes. No por falta de respeto e interés, sino más bien porque preferían concentrarse en sus propias capacidades.

La cita era impostergable. El árbitro del cotejo solicitó la presencia de los capitanes de ambas escuadras. De inmediato, uno de ellos acudió, sobra decir que se trataba del representante de la escuadra con mayor experiencia en dichas circunstancias. El otro conjunto acabó enviando junto al hombre de negro al que estaba más cerca de la situación, mismo que en condiciones normales difícilmente habría sido elegido por sus compañeros para asumir la capitanía. Ni siquiera el volado favoreció a los debutantes; fueron los del rumbo de Mixcoac los que obtuvieron el derecho a poner en acción el esférico. Todos a sus posiciones.

Segundos antes del silbatazo inicial, el parado del equipo blanquiazul, el de los novatos, estaba perfectamente trazado. Su director técnico les indicó que debían jugar con una formación que incluyera cuatro defensores, cuatro mediocampistas y dos delanteros. Cada elemento se situó como ficha de ajedrez en la posición indicada. Al menos en un principio, parecían tener idea de lo que iban a realizar. Pero esa percepción se derrumbó en cuanto la pelota se puso en movimiento.

El cuadro rojo, así vestía el rival, se lanzó al ataque y cerca estuvo de mover los cartones en el primer minuto de juego; sin embargo, un deficiente disparo impidió que la de gajos se incrustara en el ángulo inferior derecho. La amenaza terminó convirtiéndose en realidad apenas unos instantes después. El despeje del arquero fue defectuoso; el artillero escarlata aprovechó la oportunidad y acertó el golpe que anticipaba la masacre. La primera mitad culminó con una ventaja de seis goles a cero a favor de la causa roja.

La pesadilla se consumó en la parte complementaria. La representación de azul y blanco lució completamente destrozada en el aspecto anímico. El tropiezo era más que predecible, pero la forma resultó demasiado cruel y despiadada como para tener ánimos de regresar a la cancha. Los jóvenes, aunque no hablaban al respecto, sabían que con una demostración futbolística tan limitada no tendrían argumentos para solicitar la entrada a un torneo colegial.

Debut y despedida. Todo indicaba que ese era el futuro irremediable de la improvisada selección. La teoría se reforzó al observar el marcador final, que indicó el triunfo de los rojos por diez tantos a cero. Mientras el equipo triunfador caminaba con una sonrisa burlona en el rostro, los derrotados volvieron a su escuela, ubicada en San Pedro de los Pinos, en medio de temas variados de conversación, entre los que no se incluyó al traicionero futbol.

El entrenador, sintiéndose responsable de la terrible masacre sufrida por sus pupilos, acudió a las oficinas del Parque de la Juventud para inscribir a su equipo en la competencia. Sabía que sus posibilidades de sobresalir eran mínimas, por no decir inexistentes; sin embargo, no podía permitir que los niños perdieran la ilusión de jugar y ganar, de ser los mejores.

Las burlas no se hicieron esperar. En cuanto solicitó la ficha de ingreso a la justa, el encargado lo miró y le advirtió que se preparará para sufrir goleadas de escándalo. Guardar silencio fue la única salida del timonel escolar, que hallaría consuelo en las representaciones de las diversas entidades en las que laboraba. Llenó con atención los documentos pertinentes, los puso en manos del odioso empleado y siguió su camino. Al día siguiente, sus dirigidos recibieron la agradable noticia.

El tiempo de preparación para el Torneo Infantil Benito Juárez, así se llamaba la competencia a la que fue inscrita la escuadra blanquiazul, fue no mayor a los treinta días. Durante este periodo, los alumnos se dieron el lujo de soñar con una actuación que los ubicara en las posiciones de privilegio. Una vez más, los entrenamientos fueron esporádicos y poco productivos. Las sesiones de práctica se vieron limitadas a un par de cotejos realizados completamente al vapor en el Bosque de Chapultepec. Sólo a uno de los compromisos acudió el profesor de educación física, disfrazado de director técnico. La única mejoría visible no se apreció en los argumentos futbolísticos. Los padres de familia, contagiados por la ingente ambición de sus vástagos, adquirieron uniformes de mayor calidad para el equipo.

La ausencia de la imagen del colegio en la indumentaria de la “selección” no importó en demasía. Mientras que los pequeños futbolistas querían uniformes elaborados por una marca reconocida, los directivos de la escuela no mostraban mucho interés en ser asociados con una escuadra que, casi con toda seguridad, perdería sus partidos por marcadores dignos de no creerse. Las autoridades se limitaron a solicitar que los colores blanco y azul fueran respetados.

El partido inicial de los del rumbo de San Pedro de los Pinos en la competencia escolar no cambió radicalmente en lo que a anteriores resultados se refiere. El equipo de enfrente terminó imponiéndose por diez goles a cero. La cantidad total de anotaciones se distribuyó en proporciones iguales para ambos tiempos. Cinco en el primero y cinco en el segundo. Pero el marcador final lejos estuvo de robar la atención. No así un incidente que sorprendió hasta al propio silbante de las hostilidades.

El reloj indicaba sesenta minutos de acción cuando el delantero centro del conjunto blanquiazul fue pillado en posición adelantada. Los reclamos de la madre del mismo no se hicieron esperar. Hasta ese instante, todo ingresaba en el terreno de la lógica; sin embargo, la cotidianeidad se rompió sin previo aviso. El artillero que fue atrapado en fuera de lugar, evidenciando un claro e inimaginable desconocimiento del reglamento, abandonaba lentamente la cancha. El árbitro lo miró con desconcierto y sorpresa, esperó unos cuantos segundos pensando que la vista le jugaba una mala pesada, pero no: sus ojos no lo engañaban. Fue necesaria la intervención de compañeros y rivales para hacerle entender al “experimentado” jugador que estar en fuera de juego dista mucho de ser una tarjeta roja, aunque en el estricto sentido de la palabra pueda hallarse cierta similitud. Ni pensar que el espontáneo artillero era el que mejor uniformado se encontraba. Zapatos de futbol, espinilleras, calcetas, en fin… lucía como un auténtico profesional de las canchas. Las apariencias engañan.

Las ilusorias aspiraciones de clasificar a la siguiente ronda se esfumaron en el segundo compromiso. Obligado a obtener por lo menos un punto para seguir con vida, el cuadro blanquiazul hizo lo que pudo frente a un oponente que fue superior de principio a fin. La principal novedad es que la derrota no se produjo por diez ni por doce goles en contra, sino por dieciocho. Más tardaba el cuadro debutante en poner la pelota en movimiento que en sacarla de su propia puerta. Al término del cotejo, miembros de otros equipos acudieron con los de azul y blanco para informarles que quienes los acababan de victimar eran los campeones defensores y les afirmaron que los marcadores holgados no eran un escenario nuevo en la competencia. Después de sufrir tamaña deshonra, no hay consuelo que surta efecto.

El cierre de la primera ronda llegó. El equipo de San Pedro de los Pinos se veía las caras ante el Colegio Álvarez Bravo, que estaba prácticamente clasificado a la siguiente ronda. El empate le era suficiente para asegurar el boleto. La confianza en la mente del rival de los blanquiazules resultaba evidente. La siempre fría e implacable estadística señalaba que no tendría mayor complicación para alcanzar el ansiado pasaporte a las instancias definitivas. Los minutos iniciales del partido hicieron pensar que era cuestión de tiempo para que el conjunto rojinegro vulnerara la valla de los de azul y blanco; sin embargo, la de gajos se negó a entrar en repetidas ocasiones.

El reloj siguió su marcha. Los nervios aparecieron y la pelota fue cambiando de propietario. Sorpresivamente, los jóvenes inexpertos y poco capaces en materia futbolística empezaron a tocar el esférico, y hasta se dieron el lujo de arribar a tres cuartos de cancha en un par de contragolpes. Lo inesperado sucedió: el silbatazo que indicaba la finalización de la primera mitad se presentó sin que los cartones registraran movimiento alguno. Cero a cero que sabía a triunfo en el paladar de los que acostumbraban perder por goleada.

Al iniciar el periodo complementario, el estratega del Colegio Álvarez Bravo ordenó tres modificaciones. Pese a que la paridad en el marcador le otorgaba el acceso a la siguiente ronda, no estaba en absoluto complacido con el funcionamiento de su escuadra. En especial, si tomaba en cuenta la ínfima calidad del contrincante. Los de San Pedro de los Pinos se mantuvieron con los mismos hombres. No por voluntad propia, sino porque carecían de elementos en el banquillo. Los once que iniciaron estaban obligados a terminar la batalla

Aún no transcurrían los quince minutos de la reanudación cuando el poste blanquiazul se estremeció con un venenoso disparo del ariete enemigo. En los momentos posteriores, continuó la feroz embestida de la representación del Álvarez Bravo, pero la de gajos simplemente se negaba a poner en marcha el tanteador. Daba lo mismo atacar por la derecha, por la izquierda o por el centro. El balón no quería besar las redes, y de hecho nunca tuvo contacto con ellas más que por la parte exterior.

El tiempo expiraba sin remedio alguno. La igualada inicialmente desagradable para el técnico rojinegro no lo era tanto en el ocaso de la confrontación. A fin de cuentas, su equipo estaba clasificado a la siguiente ronda. Ya preparaba su reprimenda para los jugadores, cuando un disparo completamente chorreado del nueve blanquiazul, el mismo que confundió la tarjeta roja con el fuera de lugar, fue atrapado a dos manos por el guardameta. La clasificación es un hecho, pensó para sí mismo. Sin embargo, un silbatazo del árbitro señalando el gol de los de San Pedro de los Pinos alteró el panorama de forma dramática.

Los reclamos fueron consecuencia inmediata. El juez central se mantuvo sereno y argumentó que la pelota había pasado la línea de meta cuando fue capturada por el golero. ¿Acierto o equivocación del hombre de negro? Nunca lo sabremos. Lo cierto es que fue de esta forma como la primera y única selección del hoy extinto colegio se inscribió en la lista de triunfadores.

Un mes más tarde. El Colegio Álvarez Bravo y la escuadra que propició su eliminación del Torneo Infantil Benito Juárez se vieron las caras en el mismo escenario. El resultado ya no tuvo espacio para sorpresas.

Los rojinegros se impusieron por ocho goles a cero a los de San Pedro de los Pinos. Pero el recuerdo de aquella tarde en la que el balón decidió que la victoria perteneciera a los derrotados tradicionales quedó grabado por siempre en la memoria de quienes participaron en dicha confrontación. Finalmente, en el deporte -como en la vida- vale la pena luchar, porque siempre está viva la posibilidad de ganar cuando menos en una ocasión.

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