Columna LÍDEROtros

Las tragedias que se olvidan

Por: Javier Borda Díaz

Casi me matan en un accidente de tránsito y llevo más de un mes sin poder caminar. Eso ya es historia. El tiempo que pasa es inclemente con todos, pero entre tantas posibles tragedias que nos pueden pasar, es necesario que usted se dé cuenta de una muy triste: no tener voz para hacerle saber al mundo de las injusticias que padecemos.  

En la enfermedad el primer gran problema es la pobreza. No poder ser atendidos por los médicos que merecemos es una de las penas más grandes que aguantamos sin ira, algo increíble en tiempos de constante indignación. En las salas de Urgencias de los hospitales usted puede comprobar que la necesidad sí tiene cara de perro. Allí es posible detectar lo arruinada que está una sociedad. El cuadro nos muestra ancianos entubados sin camillas, llantos sin consuelos ni medicinas y, entre muchas otras afrentas, eternas esperas solo para pasar al consultorio.  

¿Por qué hago esa referencia? Porque en medio de esa tétrica escena a la que he tenido que acudir sin remedio, curiosamente me he sentido reconfortado. No poder caminar por culpa de un imprudente al volante me ha diezmado, sin duda, pero también me ha permitido valorar mi destino. Durante estos días he visto dos cosas muy graves de las personas en los hospitales: la impotencia y el conformismo ante las dificultades. 

La gente no se queja y calla sin atenuantes. Lo peor es que lo hace incluso al borde de la muerte, lo cual nos enseña que estar vivo sin pelear es un suicidio. Por otro lado, muchas personas asumen la (buena o mala) atención en los hospitales como un favor y no como un derecho. El agravante es inhumano: algunos médicos se aprovechan de la situación para tratar al paciente como se le venga en gana. En mi caso, por ejemplo, un estúpido doctor de corbata en Idime no quiso ayudarme a subir a una camilla porque al parecer no era digno de su cargo. “No quiero subirlo”, fue su respuesta.  Otro, en la fundación Santa Fe, fue incapaz de ayudar a mi hermana a empujar la silla de ruedas en la que ando mientras ella hacía toda su fuerza para avanzar.  Prefirió dar la espalda y hacerse, además de pésimo caballero, más incompetente.  

Lo anterior no es grave, son solo detalles que molestan. Sin embargo, todos sabemos que la atención desmejora con el descenso de los estratos. Sabemos hasta de hospitales que funcionan sin agua. Por eso, cuando pienso en los desconocidos enfermos, me enerva que tengan que padecer el dolor mientras se sufre por la mala atención y que no posean la voz que atrae a los medios para contar sus penas. Guste o no, salir a quejarse en televisión es una forma de alentar el castigo social y de acercarse un poco al desenlace de los problemas.  

Yo tuve la fortuna de contar con esa gran solidaridad y la valoro, así no haya tenido mayor efecto en las autoridades y en la conciencia de los culpables. No voy a pasarme la vida quejándome, lo he hecho en anteriores columnas, así que no repito más pruebas de la incompetencia que nos rodea. Lo que me queda muy claro en esta época de convalecencia y recuperación es que este país no es de justicia, es de aguante. No cabe duda de que en esta tierra la mayoría debe callar sus heridas porque las denuncias sirven de poco.

 

Así va esta historia 

No me creo un samaritano, que quede claro. Siento mi tragedia más que la de los demás. Aún no puedo caminar y la pierna derecha, sobre todo, me duele tanto que me ha hecho llorar de día y de noche. Lejos de ser una persona religiosa, maldigo en ocasiones, aunque desde la calma confieso que esta situación me ha llevado a clamarle a Dios por paz y paciencia.  

Después se pagarán las deudas, me digo a cada rato. La prioridad es volver a caminar, todo lo demás no es tan importante, me repito. Trato de no enfurecerme cuando recuerdo que el culpable del choque sigue campante. Anhelo que mi abogado logre toda la justicia que pueda.  Ya no espero remordimientos de conciencia.  

Algo finalmente me inquieta: la atención de tantas personas que supieron de mi accidente sigue firme en muchos casos, pero va mermando en otros tantos. Está bien que así sea porque el mundo no debe detenerse jamás. Cada quien debe seguir su camino al paso que más le convenga. Hay días para los demás y otros solo para sí mismos.

 

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