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Envidia del fútbol

Por: Marta Merkin.

La verdad, envidio a los hombres. A veces la envidia me paraliza, otras me enoja y da lo mismo si el enojo es con ellos o conmigo. Esto no me pasa con un hombre en particular sino con casi todos los que conozco. Mi envidia no es de la que tanto habló Freud. En ese caso bastaría con convertirme en una mujer fálica. Lo mío es diferente.

Yo sé cuando comenzaré a envidiar; reconozco los síntomas con la misma anticipación que un jaquecoso cuando sabe que en dos horas le dolerá la cabeza, y sin embargo… no puedo evitarlo.

Porque lo que yo les envidio a los hombres es el sentimiento que les despierta el fútbol. Si algo se interpone entre ellos y el televisor cuando miran un partido, son capaces de inclinar su cuerpo, aún en sentido contrario al que permiten sus articulaciones, para no perderse ni un segundo de una jugada.Los que miran el partido en una pizzería, pueden comer flan con crema, aunque haya un pedido fugazzeta con queso, y ni siquiera notarán la diferencia, comerán y pagarán sin protestar al mismo mozo a quien un día antes, cuando no había partido le devolvieron un café porque no estaba liviano como lo habían pedido. El mozo que seguramente estará mirando el mismo partido y por eso se equivoca en el pedido, dará el vuelto sin chistar y sonreirá aunque no le dejen propina. No es porque los hermana solidariamente el fútbol sino porque ninguno de los dos registrará lo sucedido. Ya que cuando miran un partido no existe nada más que eso: “El partido”.

Si dos hombres que no tienen nada en común se ven forzados a compartir un ascensor, podrán salir del piso 26 y llegar al subsuelo sin decir ni siquiera: buenas o chau. Sin embargo si uno de los dos tiene una radio que transmite un partido, el otro le preguntará ¿Cómo van? Y allí mismo el tono de la conversación será el de dos amigos de la infancia, llena de sobreentendidos, de jergas herméticas y de gestos casi cariñosos.

A la hora de los partidos no hay ricos ni pobres, no hay hijos y entenados, no hay de izquierda o de derecha. Cualquiera puede decir “jugamos”, sin ni siquiera ir a la cancha, cualquiera puede sentir “ganamos” aunque jamás se haya calzado los botines.

Se acuerdan las jugadas de otros tiempos y dicen: entró de chanfle, le pegó con la zurda, la metió de pechito, recordando emocionados, como si estuvieran volviendo a ver la trayectoria de alguna pelota.

Se quejan de que fue un gol horrible, o exclaman: ¡Qué golazo! En situaciones tan parecidas como que en las dos la pelota entró al arco.

Es por eso que viendo a los hombres mirar el fútbol siento una inevitable sensación de envidia.

Y no es por sentir que me quedo afuera del fútbol sino por presentir que me estoy perdiendo algo de la vida que debe ser muy agradable disfrutar.

Es como tener una adicción que no hace mal. Es como hacer una única cosa a la vez y no tener culpa. Es sentirse parte de algo de donde nunca nadie será alejado sin su consentimiento. Es un lugar adonde uno puede llegar solo o acompañado. Es el tema del que uno puede hablar sin temor a equivocarse, aun frente a sus enemigos. Todo eso junto es lo que a mí no me pasa. Todo eso junto es lo que yo envidio.

Seguramente hay mujeres a las que les gusta el fútbol. Si además de gustarles pueden disfrutarlo como ellos, pueden perderse o desaparecer cuando miran un partido, puede contener la respiración o hablarles a los jugadores como si los conocieran… entonces, a ellas también las envidio.

 

Publicado en: Literatura de la Pelota, edición especial de la revista La Maga, octubre de 1996

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