Columna LÍDEROtros

Los matices de River, campeón de América

Por Gonzalo De Feliche.

Periodista Deportivo argentino.

Luego de 19 años, River Plate se consagró por tercera vez en su historia como ganador de la Copa Libertadores al golear a Tigres de México bajo una torrencial lluvia en el Monumental de Buenos Aires. Lucas Alario, que arribó hace un mes a la institución, convirtió el gol del triunfo y fue el héroe de la noche. Sánchez de penal y Funes Mori redondearon el resultado. Los “Millonarios” retornan a la cumbre deportiva del continente.

En un peculiar desarrollo de torneo debido a su pésima primera fase (donde fue el peor clasificado), y al papelón de su eterno rival en la Bombonera que provocó la suspensión del partido, River fue desempeñándose de menor a mayor en las series mano a mano. El mensaje identitario que pregonó su entrenador, Marcelo Gallardo, se armonizó con la decisión de sus dirigidos y los rasgos del equipo se caracterizaron por los valores infundidos.

Discutir si la justicia en el fútbol existe siempre provoca dicotomías, entra en juego absoluto la subjetividad y las perspectivas particulares de pensar al deporte. El único parámetro que determina si un equipo es justo ganador es el resultado. Ante esa premisa no hay refutaciones y River ganó cuando había que ganar. Otro eje de debate, tanto en la vida como en el fútbol es cuánto columpia la fortuna en el éxito o en el fracaso: al “Millonario” le alcanzó sólo un triunfo para pasar a octavos de final y le bastó un partido y medio para tachar a Boca, el mejor de la Copa con puntaje ideal en fase de grupos. Es dificultoso adjetivar esas circunstancias poco habituales, pero lo cierto es que a River, hechos nada frecuentes en este tipo de certámenes se alinearon en su favor.

Ni el más optimista pensó en un horizonte inmortal luego del empate de River en Perú ante Juan Aurich. Fue a México frente al mismo Tigres y perdía dos a cero faltando doce minutos: allí aparecieron Rodrigo Mora y Teo Gutiérrez para aferrarse a la esperanza; su rival en la final venció al equipo incaico y permitió el ingreso de su verdugo a octavos de final. En la siguiente instancia, Boca Juniors, que venía invicto y a paso demoledor en la Copa, que lo derrotó por la ligar argentina, parecía un elemento invulnerable. Sin embargo, el propio público xeneize se encargó de clasificar a su adversario de toda la vida, en un papelón inverosímil, un acto irracional al arrojar gas pimienta en los ojos de los futbolistas visitantes. Después Brasil: Cruzeiro lo sorprendió en su casa pero reveló su temperamento y valía para superarlo categóricamente. Guaraní de Paraguay fue el contrincante en semifinales, un equipo aguerrido que eliminó a Corinthians y Racing Club. River lo atropelló con su prestigio.

Tigres fue un digno partenaire. Invirtió una enorme suma monetaria para ser campeón, pero la solidez de un equipo lúcido, entero, hambriento, compacto, con carácter, con idiosincrasia, se enalteció para desplomar sus aspiraciones. La realidad es que en las finales dobles se especula demasiado: se juega de una manera de visitante, de otra con la localía, más agresivo y replegado en rodeo ajeno y más atrevido y pujante en el propio. River lo comprendió, por eso es el campeón. No sólo comprendió la final, advirtió el instante de cada circunstancia que le tocó afrontar, acertó la inteligencia para amoldar las situaciones a sus necesidades.

Párrafo aparte para el hombre de la consagración. Lucas Alario llegó en julio a River desde Colón de Santa Fe. En primera instancia, el departamento médico del club lo descartó por no superar la revisión, pero por insistencia de Gallardo firmó su contrato y el mismo Alario le dio la clasificación a la final en Paraguay y el trofeo en Buenos Aires.

Para destacar el trabajo elemental de Marcelo Gallardo, el eje práctico del renacer de River Plate. Desde su llegada, expuso su moción puntual: ganar. Conocedor de la casa, semilla del granero “millonario”, inculcó los hábitos que configuran la estampa del club. Elaboró un esquema de fortaleza para todas las líneas, modernizando lo tradicional: laterales con presencia, centrales férreos, volantes mixtos, un cerebro y delanteros con olfato. Relacionó la estrategia con valores definidos combinando responsabilidad y desfachatez y los resultados hablaron por él. Copa Sudamericana (también eliminando a Boca Juniors), Recopa y, ahora, Copa Libertadores en apenas un año y dos meses. Al igual que Ángel Labruna y Ramón Díaz, como jugador y como entrenador, laureó de satisfacción a la institución que lo formó como deportista y como humano.

Cuando lo colectivo personifica la señal del mandamás y se antepone a lo individual, nada puede frenar su recorrido al objetivo. River fue un equipo íntegro, sin titulares ni suplentes, sin estrellas ni estrellados. Concibió una nueva identidad y se graduó de monstruo. Logró un apetito ganador complemento en comunión desde lo institucional a lo deportivo, cimentando lentamente aquel derrumbe de 2011. Hace apenas cuatro años descendió y naufragó en la segunda categoría del fútbol argentino, en una realidad equívoca a su historia.

Diferentes tintes forjaron la tercera consagración de River en la Copa Libertadores. Los anteriores logros del equipo argentino los obtuvo venciendo a América de Cali en 1986 y 1996. Aquellos años de gloria se rememoran en un presente ideal que lo ubican nuevamente en la cúspide del prestigio continental.

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