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Mis dos primeras novias

Por: Orlando Buitrago Cruz.

El diario de mis amores y desamores comenzó a escribirse en 1966, horas después de la quinta vuelta olímpica de SANTA FE, yo tenía 8 años. Ese día decidí que nunca tendría novia.  Hubo una escena familiar que me llenó de pánico frente al tema.

Misael, un hombre de ¡qué te digo yo!, 30 años a lo sumo, fue a cumplir con un rito que llamaban pedir la mano, y en este caso era la de mi tía Alicia. Yo supuse que se trataba de la derecha, porque en esos tiempos, utilizar la izquierda estaba prohibido, los zurdos estábamos proscritos, y nos llamaban “manicagados”.

Lo cierto es que el  pobre Misael  parecía parado frente a un pelotón de fusilamiento. Con cara de palo lo miraban: mi abuelo, mi papá en calidad de hermano mayor, y mí tío Teo, que por ser el menor de todos debía plegarse a los veredictos de los dos anteriores.  Mi abuela también estaba presente pero no contaba para nada en el proceso.  Su papel se reducía a rezar para que a su muchachita le fuera bien, y que si lograba casarse, el marido no fuera a salirle karateca desquiciado.

Mi tía,  a quien ya le decían la solterona, se limitaba a mirar con pánico escondido tras los gruesos lentes de sus gafas.

En el momento de la escena yo conducía  mi flamante Volkswagen  halándolo con una cabuya. De pronto, frené mi auto  en seco, miré con compasión a Misael, y me dije: – Eso nunca me va a pasar. Jamás tendré una novia. Me niego a someterme a semejante postración, yo voy a ser sacerdote.

Pero definitivamente la carne es débil, eso del celibato es muy jodido. Un año después me enamoré perdidamente de una niña del barrio, que era casi idéntica a una que había visto dibujada en un libro de cuentos. Lo que me parecía más curioso aún, era ambas se llamaban Blanca, lo único que tenían distinto era el apellido, el de la niña del libro era NIEVES, y el de la niña del barrio era Rodríguez. En ese entonces, yo ya era conocido en el barrio como el popular “PONY”, arquero del mejor equipo de banquitas (fútbol con arcos muy pequeñitos) del barrio Simón Bolívar: Yo era el indiscutible guardavallas titular  del deportivo SATUPSOL (léase al revés).

Con Blanquita tuvimos una relación bastante larga para nuestra edad: durante más de un año ella me mandó saludes, y yo la mandé saludes, con una amiga que teníamos en común… nunca la tuve cerca, pero me imaginaba que tenía una voz muy dulce. Sin embargo, un día decidí terminar mi relación con Blanca. Lo hice por temor, pues tarde o temprano tendría que enfrentarme al señor Rodríguez y a sus hijos mayores, tal como le tocó a Misael con mi abuelo, mi padre y mi tío. Decidí entonces regresar al sacerdocio.

En 1969, sucedió algo que me modificó los circuitos (en ese tiempo no existían los chips): el hombre puso en pie en la luna (Hoy me pregunto si ya pudo poner los dos sobre la tierra). Cuando vi en televisión la imagen de NEIL ARSTROMG posando su bota en suelo lunar, renuncié al sacerdocio, y decidí que sería Astronauta.

Pero ser Astronauta tenía un problema: los astronautas si podían tener novia, lo más seguro era que tuvieran una, pues esos personajes de seguro eran muy asediados por la mujeres. Eso quería decir que algún día me enfrentaría al pelotón de los suegros y los cuñados… Después de una larga reflexión, decidí asumir el riesgo, tome una decisión de vida: me convertiría astronauta y algún día tendría novia.

Al comenzar los setenta, me encontré por segunda ocasión con el amor. No recuerdo su nombre, solo recuerdo que le decían “Melcocha”, por el tono de su piel, y por la manera como se contorsionaba al hablar. A pesar de que vivíamos a solo una calle de distancia, gran parte de nuestro romance fue por carta. Su hermano era el cartero, cargo que aceptó a cambio del puesto de arquero titular en SATUPSOL: por ser el titular de “Melcocha” acepté ir al banco de suplentes de mi equipo.

Mi cuñado resultó ser más tronco que yo,  por su culpa nos la pasábamos de goleada en goleada… Y saber que hoy en día no se necesita un cartero, y  no tendría que resignar la honra de SATUPSOL (recuerde, léase al revés), pues la banda ancha de cuatro megas no te pide contraprestaciones.

La mesa de noche de “Melcocha” se llenó cartas en papel de esquela, en sus libros nunca faltó el pétalo de una rosa que le había entregado a hurtadillas, en alguna de las pocas veces que había logrado colarme en su casa con el pretexto de ayudarle a hacer una tarea, porque yo era buenísimo para las matemáticas.

La rosa para “Melcocha” casi siempre había sido hurtada del antejardín de su propia casa, y más de una vez escuché a mi suegra maldecir: “Si llego a descubrir al HP que me roba las rosas le arranco las gónadas”… La vieja no imaginaba que su trofeo de guerra lo tenía bien cerca, y tampoco imaginaba que era un trofeo tiernito, aún en proceso de formación.

Por esos tiempos el gen del mujeriego se me quiso alborotar. Comencé a jactarme de que una muchacha y una guitarra nunca me iban a faltar:.. Pero nunca aprendí a tocar guitarra, y mis muchachas deben andar por ahí en un geriátrico, sin que hayamos llegado a conocernos.

Fueron sueños de los gloriosos años 60 y 70, de los cuales solo disfruté de dos novias: Blanquita con quien jamás hablé pero disfrute de sus saludes, y Melcocha de cuyo nombre no puedo acordarme pero que por su culpa sufrí el dolor más grande que puede experimentar un futbolista: ir al banco de suplentes.

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