Columna LÍDEROtrosPrimera B

Otro infierno para el “Diablo”

Por: Wilfrido Franco García.

Lo siento mucho por Jhon Jairo López y Oreste Sangiovanni. Y por la hinchada roja. Ellos son los que menos velas en el entierro tienen. Todos, incluyéndome, menospreciaron a Jaguares de Córdoba el rival de la final del primer semestre. Muchos y la gran mayoría comentaron que tras la inesperada eliminación del Atlético Bucaramanga a manos del equipo costeño, la final del semestre para el América, sería simplemente soplar y hacer vidrio o “Papita pa’l loro”. Jaguares no era rival alguno para el rimbombante América que había goleado en casa a nóminas absolutamente superiores como el Deportes Quindío y el mismo Llaneros de Villavicencio.

Pero casi definitivo, como un sello indeleble y una cicatriz imborrable en el pecho escarlata, quedó aquella dura afronta del 4-1 en el estadio Municipal de Montería, al que muchos llaman “El Horno” y fue donde asaron las esperanzas del América que nuevamente tendrá que hacer como en el póker, barajar y volver a dar. Los mediocres jugadores rojos, exceptuando a Rivera y tal vez a Viera, son los directos culpables de este sonoro y estruendoso fracaso. No hay otra palabra para definir una derrota del eterno América ante un equipo casi que desconocido. A Jaguares de Córdoba todos los méritos. Con el gran arquero Diego Martínez, lo único rescatable del fútbol actual en el departamento del Quindío. Grandes fueron Humberto Marquínez, Denis Gómez, Mauricio González, Alexis Ossa y sobre todo, el tumaqueño de 19 años, Hárol Preciado que se llevó el oro y el moro. Preciado campeón y Preciado con quince tantos, máximo artillero del cuadro costeño y del torneo de ascenso. Preciado de las entrañas del Pacífico y de la cantera del Deportivo Cali (como para acabar de componer), fue junto al golero quindiano Diego Martínez, lo mejor del campeón.

América, otra vez fue más de lo mismo. Promesas de equipo grande y mentiras de equipo chico. Un sartal de ingenuidades. Un equipo que ganaba a veces por la mínima diferencia o porque individualmente Yamilson Rivera era capaz de desequilibrar el marcador. En esta columna se escribió y se llamó “Yamilson dependencia”. Un cuadro que ante rivales tan limitados como el colero Dépor F. C. o el penúltimo, Deportivo Pereira, apenas pudo ganar o empatar. Partidos que daban grima y que se analizaban siempre desde el crisol del resultado, pero nunca desde las maneras y los medios.

No se creó un estilo, ni se estabilizó un sistema. No había funcionamiento de equipo. No existían las grandes diferencias. Los extranjeros, exceptuando a Viera, fueron meras fichas de compañía que nunca marcaron diferencia: ni Brazales, ni Suárez, ni mucho menos el argentino Velásquez, fueron refuerzos de verdad para un torneo que sigue siendo demasiado complicado y que muchos, incluyendo al América, siguen mirando por encima del hombro. Tienen que ser muy mediocres los tales españoles para venirse desde Europa a jugar a la de por sí, desconocida B de Colombia. Y ello, de cabo a rabo, lo constató el Jaguares cordobés con un rotundo 5-2 en el global.

Y eso que el árbitro Ulises Arrieta en Montería le quitó un legítimo tanto al cuadro de Alberto Suárez quien le ganó la partida del ajedrez al técnico López. De poco sirvió la calidad de Yamilson Rivera, de nada valió el esfuerzo de un técnico muy trabajador como López o el pundonor en otros juegos, no en la final, del uruguayo Alexis Viera. De nada importó que América tenga una inmensa hinchada que con las botas puestas, lo acompaña a donde vaya así haga ridículos como el de Montería. De poco valieron los esfuerzos monumentales de Oreste Sangiovanni, en medio de la crisis económica. Menos que una prestigiosa firma alemana, vistiera con bellas pintas a los mediocres jugadores, mercenarios de siempre. Finalmente, un Jaguares enardecido con fútbol y grandeza, mordió al diablo y lo mandó de nuevo a los mismísimos infiernos.

P. D.

Sigue la lista de lesionados para el mundial. Un mundial que se jugará al borde de la explosión nacional en un país de enormes desigualdades sociales y con muchos futbolistas fatigados y cansados. Sin Falcao, sin Ribery, sin Aldo, sin Montolivo, sin Víctor Valdés, sin Shirokov, sin Saborio, sin Gundögan y sobre todo sin Marcos Reus, llamado a ser gran figura del evento, el fútbol sigue perdiendo estética por el afán del dinero.

Nairo Quintana grande, gigante, inmenso. La cara buena de los colombianos buenos. No de aquellos politiqueros de turno que se aprovechan de los triunfos de los deportistas a quienes siempre miran con desprecio y solo reconocen para tomarse fotos en el pódium de campeones. Todo porque son tan humildes, como el pueblo al que sigue explotando y engañando.

wilfridof48@gmail.com.

Foto tomada de www.eluniversal.com.co

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