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Que ganar un partido no sea perder una vida

Por: Juan Mosquera

En: www.las2orillas.co

Supongamos esto: sumas los minutos de silencio con los que empiezan de tanto en tanto los partido de fútbol. Resulta entonces atronador ese recuerdo mudo en las tribunas al compás de trompetas tristes, necesitarías tiempo suplementario si de verdad vivieras todos esos minutos de luto en un solo encuentro. Y después de que se marcharan equipos y barras aún se escucharía solitario en mitad de cancha ese llanto de la diana marcial en memoria de los que murieron bajo la excusa de un juego que debería vivirse en paz.

No van a suspender el torneo de fútbol profesional. Eso está claro. No correrían el riesgo de que la Fifa los descalifique ya (casi) clasificados a un mundial. Empezarían los comentaristas deportivos a hacer las cuentas del desempleo que vendría por las canchas vacías, el impacto negativo en las ventas ambulantes afuera de los estadios, la pérdida de la lúdica y todo lo demás que también es cierto. Alguien en baja voz hablaría de lo que pierden en pauta las radios, los canales de tv y los periódicos, otro dirá ¿qué vamos a hacer con los derechos de transmisión de tv? El empresario deportivo no se puede dar el lujo de quedarse sin vitrina para “mostrar al muchacho y poderlo vender” (si, suena a esclavismo y a veces eso es). Hay tanto en juego por fuera del juego que muchas veces el marcador es lo que menos importa al final del juego. Hay otros números que importan más.

Hoy es domingo y hay partido en mi ciudad. En la tuya también. Pronto alguien podría venir a aconsejarte que, sin importar si te gusta o no el deporte, te abstengas de usar prendas con colores que puedan confundirte con un hincha. Es por tu bien.  En la calle te miran con la sospecha que puede despertar ser, literalmente, del otro equipo. Ya no es solo que no volviste a una tribuna por miedo al vandalismo, lo próximo es que mejor te quedes en casa si hay fecha en el rentado. El calendario empieza entonces a marcar otros días de guardar. Y no son de fiesta.

Escucho a los comentaristas decir que el problema no es del fútbol, que la muerte por cuenta del color de la camiseta sucede a kilómetros del gramado, que eso ya no toca a los estadios. El dirigente deportivo con un exceso de prudencia puede decir que eso no está en manos del equipo. Y tienen razón. Pero tener razón no es lo mismo que no tener responsabilidad. Lo que sucede en nuestras calles es problema de la sociedad, cierto, y la solución empieza por empezar a decir que la solución está en todos y no solo en los demás.

Al margen de sanciones, de tribunas clausuradas, de estadios cerrados, de multas millonarias, de jugadores que empiezan una gresca que otros usan como excusa para encender una hoguera que termina en sangre viene bien buscar un punto y aparte para un reflexión conjunta. Paren el balón. Ténganlo ahí. Que las barras expulsen a los vándalos, que la ley procese a los criminales, que los jugadores recuerden que son ejemplo, que los directivos sean justos, que todos entiendan que el país sucede adentro y afuera de la cancha, que no existe una república independiente del fútbol que deba mirarse con otros ojos y juzgarse con otras normas a las de todos los demás. Que los comentaristas y narradores sepan el peso de sus palabras cuando se mezclan con el licor embriagante de las pasiones. Que los padres sepan que ya no es el locutor sino el hijo que afuera solo es hincha el que corre el riesgo de que se cumpla en él lo de “y no me esperen en la casa”. Debemos tomarnos un tiempo para pensar y actuar. ¿Cuántos muertos más hay que esperar?

La misión exacta del fútbol hoy es recuperar la alegría. Y lo digo en todo sentido.

Ene estos días viene bien recordar las últimas palabras que publicó Andrés Escobar en julio de 1994: “Pero, por favor, que el respeto se mantenga… Un abrazo fuerte para todos y para decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto, porque la vida no termina aquí”.

Que un grito de gol no sea grito de batalla.

Que ganar un partido no sea perder una vida.

Que jugar sea jugar.

Porque la vida no termina aquí. Un buen hombre, noble jugador de fútbol ya lo dijo antes.

 

@lluevelove

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