Columna LÍDEROtros

Recordando a Andrés Escobar

Una muerte absurda

Por: Rafael Villegas.

Florencia invita a soñar. Es una ciudad de museos, calles empedradas de otro siglo, iglesias monumentales, historia recorriéndolas,  y un ambiente casi que edificado para el arte y  el  amor… Por esas calles al pie del rio Flórense, los gitanos levantan sus toldos para vender cualquier baratija a precios de Europa a los turistas que embelesados por la belleza no reparan en gastos.

Hasta esa ciudad llegamos en 1993 con la fabulosa selección Colombia, dirigida por “Pacho” Maturana. Éramos por aquellos días ciudadanos del primer mundo del futbol. Veníamos de hacer una gira por Arabia, invitados por el rey Fath, un enfermo  por el balompié. De las calles misteriosas y agitadas de Jedah y Daharan habíamos pasado a este remanso de paz italiano.

Allí en Florencia, tuve mi mejor charla con Andrés Escobar. En un hotel cinco estrellas con adornos de madera que parecían sacados del siglo anterior en medio de la modernidad del fin del siglo XX.

Aquel día lo conocí en su dimensión de hombre. De su dimensión como futbolista ya conocía el mundo, su nombre sonaba por doquier y era el más seguro  compañero para Franco Baressi en el Milán dirigido por Arrigo Sachi; por aquel entonces el  mejor equipo del mundo. Algo así como el  Barcelona de hoy.

Andrés era un hombre sencillo en toda la extensión de la palabra. Tranquilo, reposado y sereno, que con su sonrisa de dientes grandes y ojos cerrados hacía desaparecer en un santiamén cualquier resquicio de nerviosismo propio de una competencia.

Conversamos de sus planes, y aunque no confirmaba la información de su traslado a Italia tan pronto terminara el mundial, si dejaba ver la ilusión que llegar a la gran “societa” del futbol mundial le producía.

Me habló de la pérdida de su madre en temprana enfermedad, de su padre orgulloso de sus hijos, de su hermana que como madre tomó las riendas de la casa, de su novia, de sus amigos, de Nacional, de Calasanz su colegio,  de sus recuerdos infantiles de muchacho flacuchento y débil. Todo en medio de nostalgias y sonrisas.

Me contaba cómo había iniciado de centro delantero en el colegio, y un técnico novato, Carlos “Piscis” Restrepo  lo colocó de zaguero central.

Era la ilusión y la esperanza hechas hombre en este muchacho espigado y fuerte que se había convertido en  figura de la selección desde aquella tarde en Wembley cuando marcó de cabeza el gol del empate a Inglaterra que tenía como arquero al legendario  Peter Shilton.

Lejos estábamos de imaginar que como en la obra de teatro que es la vida, hay dicha y felicidad al igual que tragedia y llanto.

Llegamos triunfadores sin haber ganado a EEUU 94; en medio de las cámaras y reflectores Colombia vivió una aventura cinematográfica antes e iniciar los juegos. Éramos favoritos,  hasta para el rey Pelé que como futbolista fue lo más grande; como pronosticador, de lo peor.

La historia ya la conocen, perdimos frente a Rumania, caímos con EEUU y solo ganamos al final a Suiza cuando ya no servía.

La tarde que enfrentamos a los gringos, el sol estaba en su máximo esplendor, nos hicieron jugar al medio día en medio de un clima extremo que solo invitaba a beber agua o tomar gaseosa.

El estadio de Pasadena estaba lleno de turistas y gringos de sombrero, camisas coloridas  y gafas oscuras, quienes en muchos casos no sabían de qué se trataba el juego. Nosotros con el corazón en la mano, alimentábamos la esperanza que con un triunfo frente a los monos del norte borráramos la amargura que nos suministraron Hagi y sus  compañeros de Rumania.

Pasaba el tiempo y lo impensado sucedió en un balonazo largo,  por rechazar, Andrés Escobar mandó la pelota al fondo de las piolas dejando a mitad de camino a Oscar Córdoba. La imagen está intacta en la memoria, Andrés quedó tendido en el piso, las manos tomaban su cara  como queriendo despertar de una tenebrosa pesadilla.

Allí la ilusión se quebró en mil añicos, como una obra de arte de cristal  cuando se  rompe;  en cámara lenta van cayendo esquirlas que brillan como reflejando los estertores de la  tragedia, sin dejar espacio para la reacción, solo para el dolor y la rabia.

Uno de nuestros mejores hombres se había equivocado en una jugada fortuita de esas que tiene el  futbol.  Perdimos el juego y la amargura se apoderó de nuestra razón que no entendía como con semejante equipo salíamos eliminados en la primera ronda del  mundial.

El equipo se disgregó y Andrés quiso regresar a casa a pesar de que tuvo la oportunidad de quedarse paseando en EEUU.  Su grado de responsabilidad lo conminaba a poner la cara frente a la gente que lo quería. Allí en Medellín se sentiría tranquilo y en paz.

La mañana de su muerte la noticia se regó como pólvora en las sedes del mundial, nosotros no lo podíamos creer. Las informaciones que llegaban del país denunciaban que un sicario, una palabreja bien conocida en el país,  lo había asesinado gritándole improperios por el autogol, algo sencillamente absurdo en cualquier sociedad, menos en la nuestra enferma de odio, irrespeto  y desapego por la vida.

Esa mañana, recordé aquella charla en Florencia con él y el llanto desfiló por mis ojos al  pensar cómo los sueños se destruyen ante la brutalidad humana que jamás podré entender. Hace 21 años, Andrés fue absurdamente asesinado y todos lo seguimos extrañando.

@lidervillegas

rafael.villegas@colombiasports.net

 

¿Te gusta nuestra página? Síguenos en:              

http://www.facebook.com/colombiasports

https://twitter.com/colombiasports

 

 

email
Anterior

Selección Colombia Femenina, con el reto de los Juegos Panamericanos

Siguiente

Los datos del sorteo de la Copa Águila