Columna LÍDEROtrosPrimera B

Se puede renunciar a ser hincha del América?

Por Diego Carbonel.

Decepción. Enamorarse conduce siempre al desencanto: es inevitable. Por eso amar un equipo de fútbol es un juego de despeñarse cada cierto tiempo. El problema es cuando los totazos no paran. Ahí sí la relación se torna infernal, de pesadilla, patológica. Así estamos los hinchas del América de Cali: decepcionados, avergonzados y enfermos

Esta horrible noche que vivimos hace 11 años (con excepción del equipo de Umaña del 2008) me ha hecho pensar cosas que jamás razoné. Por lo menos en primera persona, como: ¿Por qué uno se hace hincha? ¿Cómo se produce ese encantamiento con un equipo? Preguntas que desembocan en la fundamental, para mi caso: ¿qué me gusta del América? ¿Por qué lo sigo de manera apasionada?

Todos tenemos una historia. Ellas hablan de hechos y circunstancias en la que nos presentaron o nos encontramos con el equipo. Por ejemplo, el personaje decisivo en mi vinculación futbolera fue mi padre: se definía el campeonato de 1982, yo tenía seis años y él apostó mil pesos a favor del rojo del Valle que se enfrentaba a Millonarios.

Recuerdo que me preocupé tanto de que mi papá perdiera ese dinero (que yo creía era una fortuna) que sufrí todo el juego que pasaron por la televisión. Hoy ya sé que no era tanta plata; que las maldiciones y los gritos de mi viejo obedecían al ritual masculino de ver fútbol: en él se bebe cerveza, se apuesta y se insulta… Pero ya la magia había surtido efecto: los escarlatas ganaron ese partido en el Campín, para dicha de un padre y su hijo.

El ritual no me disgustó, porque pese a la tensión del juego, era más la algarabía y el festejo, que la tristeza. Además, eso me permitía compartir en un cierto plano de igualdad, con los mayores.

Con esa iniciación, no pude evitar seguir al equipo que –además- se coronó campeón y no paró de cosechar títulos hasta 1986.

Comencé a coleccionar reportajes de prensa, a recortar fotos de los periódicos y no tardé en entrar al mundo de la radio deportiva. América sonaba todo el tiempo: triunfaba en el torneo local hasta con la suplencia (Los pitufos le llamaban porque eran bajitos: John Edison Castaño, ‘Pony’ Maturana, ‘Pipa’ de Ávila) y en el exterior se batían como leones hasta llegar a las finales de la Copa Libertadores.

Ya para esa edad otras cosas me producían fascinación del equipo: su figura del diablo en el escudo (éramos católicos en casa, pero con ideas progresistas), la belleza de su uniforme con ese rojo encarnado (nunca pude tener una camiseta de niño) y la leyenda de la “maldición del garabato” ponían a mil mi imaginación.

Fue una época linda: me creía parte del equipo. Hablaba con orgullo de sus victorias, de su poderío y de la calidad de sus jugadores nacionales y extranjeros (Falcioni, Bataglia, Cabañas, Gareca, Willington). Todos comandados por una leyenda vida: el médico Gabriel Ochoa Uribe.

Tuve que crecer y llegar al bachillerato para entender que esa prosperidad futbolística era directamente proporcional al éxito del Cartel de Cali. Claro que eso no me apartó del club ni me convirtió en hincha vergonzante: asumí en ese entonces –y sigo sosteniendo ahora- que la sociedad colombiana se narcotizó, en todo, fútbol incluido.

Ya en la universidad empecé a estudiar el fútbol: pero con el equipo no me metí. Eso era asunto aparte. Por ese tiempo ya la familia Rodríguez Orejuela era perseguida y sucedió lo peor: el equipo entró en la “Lista Clinton” que lo transformó –de la noche a la mañana- de un equipo de alcurnia a uno mendicante. Y la tragedia: América se volvió leproso. Nadie quería saber de él ni patrocinarlo. Muchos futbolistas de renombre rechazaron propuestas.

Yo seguí alentando desde la distancia (lo acompañaba cuando jugaba en Bogotá). Nunca pude ir al Pascual, en esa época hasta me costaba trabajo comprar la lateral en el Campín. Ya para entonces, tenía una representación social más elaborada del equipo: me encantaba que fuera de Cali (y no del centro hegemónico de Bogotá ni del disputante centro de Medellín).

Me seducía su aire popular (eso que llaman “pasión de un pueblo”), que no fuese arribista- clasista como el Deportivo Cali, ni racista: era un club de negros… de Pacífico como Zape, Ampudia, Jersson González, Willington y Rincón.

Ahora sé que esos imaginarios, esas representaciones son, simplemente eso: todos los equipos asumen su YO identitario por contraste con OTRO construido: Millonarios se proclama “capitalino” por oposición al “provincialismo” de Nacional. River se enorgullece del fútbol de depuración técnica, diferenciado de Boca que es “garra y huevos”. Santa Fe se identifica con lo popular y el sufrimiento mientras Millos (desde nombre y color en adelante) se afirma como sofisticado- cosmopolita y –hasta hace poco- “el más veces campeón”.

El Cali siempre se asoció a la aristocracia (de hecho, es el único club del país) mientras cuando jugaba América “las calles de la ciudad eran seguras”. Esas frases hechas, con contenidos que se recrean y reinventan todo el tiempo, nos sirven de argumento para justificar nuestra institución de acogida. Para racionalizar lo irracional.

Así es que con todo y que el 2014 fue otro año para la amnesia. Con todo y que sus directivos se superaron así mismo en sus torpezas y que sus jugadores no honraron el orgullo de vestir la camiseta… con todo eso seguiré prendido a “la mechita”. Es que no tengo otra manera de vivir. Ya es imposible.

 

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