Columna LÍDEROpinionOtros

Sigue creciendo el cáncer del arbitraje

Columna impublicable

Por: Wilfrido Franco García

El arbitraje… !uy! el arbitraje. Ese cáncer corrosivo que cada día toma más fuerza en las decisiones. En los triunfos, las victorias, los títulos y los ganadores de trofeos. El fútbol además de ser un deporte injusto en muchos de sus procederes, por el mismo acontecer del juego, tiene el aditamento nocivo de arbitrajes que no están para asegurar justicia, sino para sentenciar injusticias.

El cáncer sigue creciendo y llegando a todos los puntos del planeta, porque no es potestad de los irregulares árbitros colombianos. No. Se cuecen habas en todas las ollas del mundo. Y eso entonces, lo utilizan los manipuladores de la verdad y los pregoneros radiales, para escudar las injusticias con otro banal argumento: “Es que los árbitros no son malos solo acá. Eso pasa en todo el mundo”.

La cuestión se añade a dos argumentos mediocres: “Lo que hoy te quitan, mañana te lo dan”, como sí el fútbol fuera de reponer resultados a través de hacer trampas en el próximo partido o en el siguiente campeonato. La justicia se debe dictar inmediatamente a la luz de la verdad y de los sucesos. El otro argumento baladí es: “Es que son humanos y como tal se equivocan”, pero igual, siempre en contra de los débiles y favoreciendo a los poderosos. O se equivocan tanto que terminan por convertirlo en una prédica normal y acolitado por tanto dizque “analista arbitral” que fue peor árbitro que el juez de turno al que critican. El discurso se acaba, pero la injusticia arbitral crece a ráfagas en los campos de juego donde campea la ilegalidad, el desafuero y la infamia.

En Alemania, el Bayer Leverkusen celebra un gol invisible. Por un costado de una red rota, ingresó el balón. Un tanto inventado como aquel de los ochenta en Bogotá para Santa Fe sobre Pereira que otorgó el árbitro cucuteño Manuel Castro, un hombre imbuido en alucinógenos y que no dirigió sino ese cotejo en primera división. Nunca se dictó justicia, con la trampa ganó el cardenal. Leverkusen ganó 2-1 en su vista al Hoffenheim en un partido por supuesto totalmente viciado. Así se quedó. Ni siquiera como sucedió alguna vez en la misma Alemania, se repitió el juego. El tramposo celebró y el equipo de la aspirina ganó, no importando el método.

En Italia, últimos minutos de juego, Juan Guillermo Cuadrado borda el césped con gambetas improvisadas y llenas de potrero. Penal inobjetable en contra del Nápoles. El árbitro toma una decisión. Increíble. Expulsa a Cuadrado por “simular” y no da el penal. Ganó el Nápoles de Armero 2-1. Totalmente injusto y encima, aumenta el robo con una roja inmerecida para el jugador colombiano.

En Colombia, Deportivo Cali gana con un penal inexistente. Sergio Romero se lanza en el área como un nadador invisible. Jorge Luis Sierra, guajiro para más señas, decreta el fatídico punto. Duda y duda. Consulta con el nariñense Cristian de la Cruz. Los dos se ratifican en el error. Se comen el engaño del delantero y con ello gana el azucarero. La radio y la prensa que está al servicio de directivos y de camisetas, hacen eco “de la gloriosa victoria y de la clasificación anticipada”. No importan los métodos. No interesan las trampas. Acá, el fin sí justifica los medios.

En España, subyace la cultura de la trampa arbitral. Así ganaron el mundial (revisen los videos de los partidos jugados en Sudáfrica). La cultura “Barcelona” tiene que ganar. A las buenas o a las malas. Es una imposición mediática y comercial. Mano en el área culé, potestad del árbitro dirán, Khedira reclama, el árbitro lo calla en el “Nou Camp” porque su “potestad” no da para decretar penal. Depende de quién es local, a quién afecta, a quién favorece. Mejor dicho, depende del marrano. Luego otro. Falta en el área desde atrás sobre Cristiano Ronaldo. Penal y roja. Ni lo uno ni lo otro. Pero ganó 2-1 Barcelona. Todos felices. La cultura de la trampa que España tiene desde tiempos ancestrales, rige el mundo de las victorias y los resultados.

En Brasil, Sao Paulo vence al borde del tiempo a Atlético Nacional. Fue 3-2. Cuando el partido estaba igualado a uno, un claro penal que la TV repite, halan del cuello a Fernando Uribe en el área. El árbitro peruano Víctor Carrillo, ignora la acción. Ganó Sao Paulo y era lo que importaba. Sao Paulo es más poderoso, tiene más marketing y es más comercial que cualquier equipo colombiano.  Sigue creciendo el cáncer. El arbitraje como quiere impone a los ganadores. Es el cuento del partido entre el cielo y el infierno. San Pedro tenía los mejores futbolistas del mundo: Pelé, Maradona, Beckenbauer; pero el diablo tenía todos los árbitros. Ganó el infierno.

 

Contacto: wilfridof48@gmail.com

email
Anterior

Deportivo Meta, en las semifinales de la Liga Argos Futsal

Siguiente

Brayan Hernández, promesa del ciclismo colombiano, quiere ser como Nairo