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Soy feo, me gustan las feas, y qué !

Por: Orlando Buitrago Cruz.

Si algo me sacó corriendo de las transmisiones de señal Colombia durante el tour de Francia fue el patriótico complejo de inferioridad del narrador. Cada vez que Quintana daba un pedalazo al frente, comenzaba a dar alaridos para recordarle al televidente que nuestro ciclista no era grande, atlético, mono y de ojos azules, que por el contrario,  el muchacho era chiquito y negrito,  y a eso había que sumarle que era campesino. Palabras más, palabras menos,  según el narrador, el mundo tenía que estar asombrado, porque alguien con tantos lastres encima, estaba plantando  la bandera de una Republica Banana en las cimas francesas.

Ese recital de patrioterismo antropológico en el fondo terminaba siendo un irrespeto para con el deportista y para con los campesinos a los que la sociedad suele mirar por encima del hombro, pero que son herramienta exquisita para armar retóricas pintorescas: como por ejemplo, cuando algún oligarca hijo de terrateniente dice en sus discursos que es campesino, por el solo hecho de que nació en algún  pueblo cercano a las haciendas de su papi.

El relator de la versión criolla del tour de Francia me transportó a la época del despojo cuando los conquistadores escribían cartas con intención peyorativa y racista cada vez que se referían a los nativos (muy famosas las “Cartas de relación” escritas por Hernán Cortés en México).

Para la antropología con visión colonial somos los salvajes, primitivos, arcaicos (eso en el fútbol vendría a ser algo así como un clásico matón volante de primera línea), y para la antropología más benevolente somos el tercer mundo (eso en el fútbol vendría a ser como los equipos en los que pueden pasar más de tres quincenas sin pagar), pero sea cual sea la mirada siempre hay un solapado racismo y etnocidio.

En medio de la emoción pasó desapercibido el complejo de subdesarrollo del narrador, que a los gritos, como si se hubiese desatado la rebelión de los inferiores, exaltaba al David negro chiquito y campesino dándole en la cabeza a un poco de monos grandotes y de ojos azules.

Resulta entonces, que la naturaleza nos jodió, pues con la facha que nos gastamos no podemos disfrutar de cosas como por ejemplo la de ser galanes en Hollywood, ni de hechos tan placenteros (y esto es solamente otro ejemplo) como el de protagonizar una película pornográfica… pero para colmo de males, ahora tampoco podemos ser ciclistas.

¿Qué tiene de malo o de extraordinario ser campesino? ¿Qué tiene de malo o de extraordinario ser negrito y chiquito?… por desgracia no soy campesino ni negrito, pero si soy talla SMALL  y esa partecita del alarido era la que más me sacaba la piedra.

Además, que yo sepa, nunca hemos tenido ciclistas de élite proveniente de la nómina de socios del Club los Lagartos, o del seno de un hogar cuya cotidianidad transcurra en un cómodo apartamento de los Rosales, así que no entiendo el exagerado asombro.

Todavía siguen apareciendo artículos y columnas alabando a Quintana y en la mayoría el lugar común es que además de campesino tiene pinta de debilucho, cosa que nos tiene con la calva de punta a muchos nacidos en Bogotá, que no sabemos montar en bicicleta pero morfológicamente tenemos mucho de NAIRO Alexander.

Soy chiquito y orgullosamente feo. Como diría Salud Hernández, me importa un pimiento que nadie sea capaz de poner sobre su mesa de noche un portarretrato con un foto mía.

Desde que aprendí a leer tuve conflicto con los estereotipos de belleza. Lo primero que leí de corrido en mi vida fue un poema que hablaba de una mujer de piernas torneadas, e inmediatamente me las imaginé como si fueran la base de un comedor Luis XV. La dama en mención tenía labios de fuego y a mi creatividad infantil lo único que se le ocurrió fue recrear una sesión de besos con una vieja que no se sacaba el cigarrillo de la boca, y para rematar, tenía ojos como centellas, cosa que me obligó a dormir con la luz prendida durante una semana en la obligada compañía de mi abuela… ese fue mi primer y único contacto con la poesía y de ahí en adelante por el resto de la vida me lancé a los brazos de la Nena Jiménez, sus chistes fueron en mi caso una prolongación de las canciones de cuna.

Soy Chibcha, gordo, chiquito, feo ¡y qué…!  No me da pena pasear en pantaloneta por los alrededores de la piscina con botella de cerveza en mano (hasta ahí llego porque no sé nadar), me importa un bledo que se me vean las cicatrices, y si algún día logro arrebatarle la novia a un mono grandote, eso me parecerá apenas normal visto desde la apariencia anatómica, lo que me parecerá asombroso será el poderlo hacer con tan bajo presupuesto (el mío está tan de capa caída que parece que hubiese sido saqueado por los NULE… ¿A propósito qué será de la vida de esos duendecillos traviesos?).

Soy feo y me  gustan las feas, es mucho mejor tener una novia fea, pues a una bonita lo más seguro es que llegue un bonito y se la lleve, con la fea puede pasar lo mismo, pero a uno no le dará tanta lastima, y hasta llegaría a alegrarse  porque a la china se le enderezó el destino.

NAIRO QUINTANA es un gran colombiano (ese si es un gran colombiano) y listo,  no hay porque minimizarlo para decirle al mundo que nos sentimos orgullosos de él.

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